viernes, 11 de marzo de 2011

LIBERTAD


Ayer me acordé de ti, sólo por un momento, pero lo hice. Sentí nostalgia. No de ti, sino de nosotros.

Siento que estoy traicionando a lo que creamos por generación espontanea, y que de la misma forma, falleció. Asumo que tenía que pasar.

Trato de sacarte de mi cabeza y reemplazarte cada vez que puedo con un poco de rencor amoroso, envenenando a cada célula de mi cuerpo que osa hacer frente con rebelión inoportunas, sobre todo las del corazón, condenándolas a la apoptosis suprema del olvido.

Ahora volví a pensar en ti, por eso estoy escribiendo esto. No de hecho, buscaba entre cosas antiguas un vestigio de mi existencia, la Francisca que algún día se perdió y que hoy intenta retornar a casa cuando le han cambiado los mapas, y apareciste tú. Creí haberme deshecho de lo que te trajera de vuelta de esa caja oscura, donde te confiné hace algún tiempo, pero creo que el destino disfruta con hacerme malas pasadas vez que puede ¿su afán? El retenerte fiel.

Ya no quiero volver a verte, ni saber de ti, ni escuchar tu voz, tus pasos, tus suspiros al mirarme ¡ya no quiero quererte! Y así como aclaré mis dudas acerca de mi futuro porvenir, aclararé el odio que te profeso como máxima religión de la que soy partidaria.

Una flor, de esas que me regalaste, ya no lo serán más, las transmuto en cardos espinosos, en un bombardeo de coprolalia afónica con sonetos agridulces por palabras sabias. Los cielos se cierran escondiendo la cara a las maldiciones que te hecho encima, porque, y en serio lo digo, son hurañas y con ordenes de matar. Las canciones que solíamos oír, los chistes estúpidos que el ocio nos hacia inventar, desaparecieron, dejando el silencio que en los sepulcros suele haber.

Te obligo al averno descender, a ser consumido por el orgullo que rompiste y que era mío. El infierno es tu puesto. Y pese a todo lo anterior, no me siento culpable de odiarte tanto.

Yo hice las advertencias necesarias, que no las escucharas no es mi problema, como si lo es el daño que me auto infrinjo al romper mis propias reglas: las de no enamorarse, las de no querer hasta el colmo, que no es sano, definitivamente no es sano, las de no caer en locura pasional, las de vivir la vida que pertenece a los muertos.

Ahora, se me ha hecho muy tarde y hay mucho por hacer aún, pero me quise dar este tiempo para, de una vez y para todas, decirte lo que tenía atravesado en la garganta y que por fin, puedo digerir.

Es agradable respirar del aire puro, sin tu aroma… es agradable la vida… es agradable sentir la libertad…




ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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