martes, 18 de diciembre de 2012

OTOÑO INCENDIADO


Sigo en letargo atiborrada de cansancio que acumulaba en mi espalda, transformándose en dolor punzante que adormece mis ganas y anestesia a la voluntad de sequien en pie un par de horas más.

Quería ver el primer albor del 30 de mayo, pero fallé antes, concibiendo quimeras insólitas que atemorizan mi vida y la llenan de preguntas inquisidoras de respuestas que no les puedo dar.

Cerré los ojos, recité una plegaria que salvará a mi espíritu de llegar a conocer a Hades, acaricié el recuerdo insalubre que deja una canción en los oídos y que me hace pensar en él. Ya no tuve conciencia de mis actos, porque el sueño tomaba parte de mis decisiones, acercándome a lo onírico y haciéndome vulnerable ante el poder de mi cabeza trastornada con un nombre y un apellido.

Ardía todo alrededor de mis pies, pero las flores del narciso se mantenían inocuas, llenas de rocío petrificado y desplegando tonalidades desde el negro al azul, pasando por el rojo, el cobre y el amarrillo centellante de luz, los árboles carbonizados desprendían su sombra de antiguos fantasmas, chillando al caer a tierra y levantando polvaredas de historias muertas en sus raíces secas por el calor asfixiante del otoño incendiado.

No había nadie en el alcance de mis ojos, solo destrucción y danzas de llamas frías al contacto, pero sedientas de inflamación corpórea.

El sonido de los pájaros se hacía sentir a la distancia, ahuyentados por algo que los perseguía desde las copas imaginarias de los árboles quemados. Desaparecieron y retornó el silencio entre el explotar mortífero de calderas hirviendo.

Había alguien tras de mí, que respiraba de mi olor y subía una mano por mi brazo, supe que era él poseído por una clase de maldición mediada por las ondinas calcinadas de un bosque en descomposición.

Tomó mis manos y con el trinar de los dedos compuso una sinfonía de ramas caídas. Los narcisos recogieron sus raíces alentados por los mandatos de mi señor, estirándolas y tocando acordes de violines para que pudiéramos bailar.

El quejido pesadumbroso del follaje se convirtió en las palabras del deseo y mis ojos reflejaban en los de él un miedo como ningún otro.

Se alejó tomando distancia para comenzar a desenredar mi vestido hilo por hilo, mientras yo giraba extaciada en risas y encanto para él y por él.

Mis cabellos oscuros se trasformaron en  el único ropaje que protegía  mis secretos de la vista del mundo exterior, prometiendo enigmas a quien se atreviese a contestarlos o la muerte para quien se equivocase en responder a las preguntas inexistentes que circundaban traviesas agitando mi tacto y palpitar esquivo.

Del piso, las cenizas tejían vestiduras cálidas para contrarrestar el soplido gélido del tiempo paralizado  y él se acercaba temblando, mirándome fijo y dirigiendo la orquesta arbórea que continuaba tocando para nosotros.

Salieron las estrellas y la luna saludó con su resplandor añejo y polvo ancestral con el que  retorna todo a la vida y se extinguen las hogueras interminables de oxígeno, fuego y cal.

Un colchón de hojas cubrió bajo y nos recostamos abrazados, dándole cabida al jugueteo de manos inexpertas que buscaban expandir las fronteras de dos reinos distantes y convertirlas en imperio todopoderoso por una noche.

La intemperie regalaba el llanto de las nubes que bajaba por mi cintura y desembocaba en sus labios; los rayos estridentes acallaban los gemidos que comenzaban en el sexo y terminaban en la garganta con murmullos guturales de placer absoluto.

La fusión de los cuerpos hacía imposible reconocer los limites naturales de cada cual y las convulsiones frenéticas sacudían la tierra haciéndola despertar del sueño centenario.

Sus dedos recorrieron el contorno d mi silueta excitando los sentidos hasta la culmine total y desgarrando a mis palabras que salían con fuerza tratando de librarme de la cárcel del deseo a la que había sucumbido.

Desperté borrando todo lo que mi cabeza imaginó, queriendo volver a soñar con ese que causa mis pecados y que satisfizo a mi espíritu cuando el amanecer estaba próximo.

Cerré los ojos y sentí sus manos tomando las mías, pero ya no estaba… se me había vuelto a escapar.
 
ESCRITO POR FRANCISCA KITTSTEINER
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