martes, 19 de abril de 2016

LA TEMPESTAD

Lo único que se logra oír es el retumbar de la lluvia en los techos.  No hay nada más.
La luz se ha ido hace un par de horas con la excusa de traer salvación pero ya nadie cree que vuelva. De a poco se van apagando las esperanzas.
¡Hay tanta agua alrededor y tanta sed de sus besos!
La noche se presenta igual que las anteriores: Fría, con lluvia y más lluvia, aunque hoy tiene los galardones que le ofrecen los candelabros prendidos por la casa creando constelaciones diminutas y al alcance de la mano, otorgándonos lo que el cielo nos prohíbe: Luz.
¿Se encontrará bien?
Me pierdo en el danzar de las llamas dejándome hipnotizada con sus corcoveos seductores donde me muestran la figura de un hombre acercándose ¿Vendrá a cobrarnos la vida?
Los cristales se escarchan amenazando con quebrarse en miles de partes, pero todavía dejan ver que desde afuera emana una luz particularmente siniestra iluminando el firmamento imprecisamente pero completo y nadie logra encontrar de dónde proviene. Solo está ahí. Alumbra. Y por las fechas no puede ser la luna. Quizás Dios no nos odia y nos dice “Ahí tienen su esperanza. Aférrense a ella.” O tal vez todo lo contrario, es un vaticinio de que el tiempo se agota conforme sigue avanzando el reloj y la cosa se pone peor.  Ninguna de las dos opciones parece confiable a estas alturas y temo por la salvación de mi alma. La duda, cuando aparece, infecta cada pensamiento en concepción febril tras llenarse de desesperación y el encierro constante no mejora la situación. Sería mejor que me quitaran el aliento la próxima vez que vuelva a dormir pues la figura del hombre, altera el sentido del orden aquí dentro. En mi cabeza. En cada minuto. Él.

Aparece un olor a castañas asadas inundando el aire. Por un segundo me encontré de nuevo en su cuello, tantos años atrás, pero segura de cualquier mal.

¿Habrá recibido mis cartas?

Un rayo toca el piso e incendia la tierra dos segundos para luego, extinguirse en un recuerdo que dejó cicatriz para siempre. En el exterior se desató el llanto tras la pérdida de sus municiones.

¡Ahora hay música en los cielos! Los truenos marcan la cadencia de la sinfonía improvisada, poniendo a cantar a los queltehues la amenaza circundante a sus vidas tras la destrucción de sus nidos y la lluvia siempre detrás. Trueno, tras trueno, tras trueno como paroxismos en avalancha de su nombre en mi cabeza cuando enfermo de nostalgia.

¿Volverá por mí?

Hasta las nubes se están cansando de llorar ¿Cuándo lo harán mis ojos?

Presiento la aniquilación tempestuosa de cuanta alma vague en la intemperie, como si los demonios jugasen a disposición en los jardines esperando, asechando para poder robar lo que vinieron a buscar. Puede ser que ellos conozcan las respuestas a mis preguntas. Puede ser que vengan con el hombre.


Hasta el momento, lo que he podido sacar en conclusión es que o me matan los demonios o me mata la lluvia o me mata él si no vuelve a mis brazos. 

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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