miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA INVOCACIÓN




Había salido a caminar después de salir del trabajo y la noche estaba particularmente propicia para engendrar melancolía. Los vientos que destruyeron techumbres ahora eran remansos suspirosos meciéndome el cabello y tras tanta lluvia se abrió el cielo limpio, brillante en exuberancia sobre todo al reflejarse en el bamboleo de las aguas. El frío era un detalle. Con las manos en los bolsillos y el abrigo abotonado era invencible ante la inclemencia.
Cinco luces aparecieron bordando el horizonte como si alumbrasen el punto donde se cae al vacío. Eran los buques zarpando de nuevo.
No me gusta la tranquilidad del mar. Sigiloso, asechando, recogiéndose en sus adentros. No es fecha para mareas como esta.
Regresé a casa por inercia, ya era muy tarde para andar vagando sola y después del temporal, los alumbrados dejaron de funcionar bien. Están las mismas cinco luces estacionadas en el mismo lugar, pero dos se acercaron hasta fundirse en una. “Nosotros” Pensé.
Puedo recitar de memoria el número exacto de filos que tienen las rocas y en cuáles se esconden las sirenas. Hay veces en que en la laguna de en frente, una que otra queda atrapada, muere y se convierte en espuma incólume.
-          ¡Levántate de una vez! – Le grité al aire un poco más allá de la histeria. De verdad no me gusta su parsimonia.
Prendí un cigarro como todos los días en la noche, se había vuelto un hábito aunque variante según los ánimos. El humo se escapaba en el momento en que dejaba mi boca, estaba y ya no, no daba tiempo para ver el fututo en los arabescos bailarines en la nada.
Nunca había visto el cielo tan reverberante y nadie creería que la noche anterior de estaba desbarrancando el mundo por la rivera de los miedos. Tanto ruido. Tanto caos. Tanta oscuridad.
Me quedé un par de horas ahí quieta, ajena al pasar de los minutos, embelesada en pensamientos absurdos sobre futuros inventados y tan improbables como la asunción en vida (no hay que perder la fe), mientras que  en un descuido, me secuestraron la cordura al ver caminar entre las rocas un recuerdo añejo parecido al que me rompió el corazón, abriéndose paso entre las arremetidas incontables del mar en la concavidades de los roqueros.
Caminaba directo a mí, mirando fijo con sus ojos cargados de sulfuro al expeler el rencor acumulado por tantos años buscando venganza. Aún no entiendo porqué nunca habló.
Imponente, perversamente hermoso e inmune a la senectud, se acercaba peligroso, haciendo que un escalofrío delicioso y tenebroso se arremolinara en mi espalda. Era la misma sensación que tuve la última vez que nos encontramos en una casualidad.
La figura de pasos firmes hacía retumbar su avance en la tierra, aplastando lo que encontrara bajo sus pies, seguramente también quiera aplastar mi cuello para satisfacer sus ganas de cobrar con dolor su dolor, pero no, porque de ser así, llegaría despacio y en paz, desatando pudores y ansiedades inconclusas, despampanante como un príncipe encantador de sonrisa enceguecedora, curador de las heridas perpetuas y las cicatrices deformadas por las mañas del tiempo y cuando haya reconstruido la historia , desgarraría mis carnes, abriéndome las suturas para devastarme  por completo. Sí, haría eso, por lo menos yo lo haría.  Una muerte agónica y postergada en un suspenso. Las cosas se pagan en esta vida.  Yo ya pagué mi deuda con él al exponerme  en el estado más vulnerable cuando, entre risas, se confiesan pesares para que luego, le tirara a los perros lo que dejó de mí: Un cuerpo descorazonado, lleno de llagas y reservado para sus manos… Manos sin conocer.
Casi lo siento respirándome en el cuello, insinuando el cumplimiento de la consumación echada en falta, me cuenta entre besos que no alcanzan a tocarme la piel,  acerca de la necesidad de desnudez desafiando  a los cabales, aunque regocijando al instinto por apaciguarse profundo en el placer.
Si con sólo tomarme de la mano, paralizaba mi respiración, no imagino lo que hubiera hecho al aventurarse al misterio de un cuerpo sin experiencia…
“Ven – Me dice malicioso. – Ven. Esta es la fuga en réquiem para los amantes. Ven.”
Bajé las escaleras de la terraza hipnotizada por los candiles escarlata que alumbraban la incertidumbre, mientras me quitaba la indumentaria conforme me acercaba a él. El frío continuaba siendo un detalle.
El agua empezaba a lamerme los pies cuando los fogones enormes y el danzar de las brujas en la arena, me trajeron de regreso a la realidad.  Ese magnetismo incontrolable de lanzarme al mar me agarró desprevenida y en dos segundos las olas reventaban arriba de mi cabeza. Libertad al fin…
Ya no pisaba el fondo. Eso nunca fue un problema, entre más hondo mejor.
Desde la orilla escuchaba un murmullo tenue como un zumbido de abeja “Debe ser mi imaginación.” Pensé. Seguí otro poco más adentro. Estaba tan cerca de alcanzar las luces detenidas en el horizonte. El murmullo continuaba, pero no tenía voluntad de prestarle atención. “Al carajo con el ruido” Volví a pensar y no sé si fue en voz alta.
Debutaron las marejadas en la escena ¡Ah pero qué tanto! Hay que saber leer sus cambios para estar a salvo.  Se intensificaba el murmullo, pero porqué si estaba yéndome más cerca de la perdición que de la familiaridad de una vida a medio vivir. Pasaron las sirenas jugando con las algas flotantes, agitando los brazos en el aire, llamándome para conversar. Trenzaron mi pelo con las algas y me regalaron una corona de coral rosa. “Acompáñanos hija de Poseidón, la tregua es cumplida. Alégrate.”  Cerré los ojos, agradecida por el término de la guerra invisible entre las fuerzas comandadas por el destino quisquilloso. “Cierra los ojos – Me dijeron. – nosotras te llevamos a casa. Ya anduviste demasiado.”
El murmullo no se oía, las olas se apaciguaron y la noche se hizo cálida. En alta mar aparece la calma. No lo iba a saber yo. Dormí,

Calor de fuego me despertó. Estaba tirada en cueros al lado de los fogones, ya las brujas de habían marchado y de las sirenas ni rastros. Regresaron los ojos escarlata vigilantes desde la negrura de los despeñaderos.
-          Mírame. Despierta. – Estaba a sólo unos pasos.  – Mírame.
-          ¿Qué quieres? – Pregunté todavía estando acostada en la arena. - ¿Por qué no te has ido?
-          ¿No me oíste llamando?
-          Nunca llamaste. Era un recuerdo hablando antes de morir. ¿Qué quieres? – Ya estaba de pie, con la piel dorándose a las brazas.
-          Quiero volver el tiempo circular. Regresar a las profundidades. Pagar la deuda.
-          Está hecho.
-          Vuelve a casa. Libertad por libertad.
-          Ya no nos volveremos a ver, estás consiente ¿Verdad?
-          Aún no entiendo qué es lo que tiene él que te retiene aquí.
-          Lo mismo que a ti no te dejaba regresar al mar: Una deuda. Hasta la próxima vida, viejo amigo.
-          Hasta el siguiente amanecer. – Sus ojos sulfurosos se extinguieron como el fuego muerto por el rocío. Ya no lo vi.
Se acabó. Hubo silencio en el mundo y en mi cabeza enmudecieron los demonios. Tenía que emprender marcha porque estaba próxima la venida del amanecer, quedando oscuridad por liberarse todavía y era la última oportunidad del destino de doblegarme.  ¿Por qué siempre es más oscuro antes del albor?

El agua dejó de serme familiar, como si la sal me resquebrajara la piel, me dio miedo la marejada y de un momento a otro, los cánticos de las sirenas se apagaron al fundirse con la amnesia del exilio. Sentí el cansancio en las piernas camuflado con el hormigueo de un millón de agujas clavándose en cada paso. No sé en qué momento me metí en la cama.

Al siguiente día se confundieron los límites de lo pasado con un sueño sobresaltado y preferí dejarlo como una quimera malparida antes de regresar a la locura al buscarle un porqué a lo absurdo. Era más sano.
Café, avena, diario con las noticias, audífonos puestos, abrigo y maquillaje. Se cerró la puerta y en la calle estaban prendidas las luces del alumbrado.
Siete cuadras caminadas y ninguna vez me tentó el horizonte para mirarlo. El Kráken había hablado con él, le contó de nuestros saldos cumplidos, de que por celoso me siguió a tierra cortándome las aletas y yo por despecho le arranqué las branquias, así ninguno podría pisar terreno conocido hasta habernos perdonado. Ni él debió amarme, ni yo seguirle la corriente, porque en una de mis huidas con las sirenas, conocí a la perdición que me hizo enraizarme en la lejanía.
Nueve cuadras. Él en frente y yo mirando. Él sonríe y entiendo que valió la pena la renuncia.

Su plan resultó, su invocación resultó y después de tantos intentos fallidos por encontrarme en esta encrucijada, yo había respondido a su llamado. Era hora de hablar de negocios, exigirle la devolución de mi corazón y ponerle precio a su alma.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER  
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