lunes, 12 de diciembre de 2016

DE CUANDO ME HABLARON DE TI



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             - ¿¡Te comprometiste!? – Dije casi gritándole al teléfono.
-          - ¡Sí! Son palabras mayores. ¿Quién lo hubiera pensado? ¡Me tienes que organizar la despedida! – No lo podía creer… Si ayer andábamos jugando a saltar la cuerda en el liceo.
-          - ¡Dios cómo pasan los años, pájara del mal!
-          - ¿Y tú? – Preguntó inquisitiva.
-          - ¿Yo qué? La familia bien, gracias. – Me reí.
-          - ¿Y…? ¡Ya cuenta! ¿Ya maduraron?  ¡Harían bonita pareja ustedes dos! ¡Son tan similares! ¡Los dos huevones más orgullosos que he conocido en la vida! - ¿Es una broma?
-          - Cabra…. Hace mil años que no nos hablamos… Estás al tanto ¿O ya se te olvidó?
-          - ¡Eso es amor tonta lesa! ¡A-M-O-R! - ¿Ok?... ¿Dónde están las cámaras? Gol de Chile. Le ganamos a Uruguay.
-          - ¿Qué acaba de pasar por tu cabeza, pájara? ¿Qué parte de “no nos hablamos hace mil años” no entendiste?
-          - ¿Qué parte de “eso es amor” no estas asumiendo, Franky? – Mátenme aquí mismo.

“Sillón… Atájame” Pensé… ¡Qué terrible! “Amparo, tráeme la pelota antes de que sigas destruyéndome los zapatos” Le dije a mi perro y cerré los ojos. Tengo sueño.
¡Suficiente! Mejor me voy a estudiar. Hay tanto por hacer ¡Y tan poco tiempo, por la cresta!
¿Dónde quedé anoche? ¡Ah sí! ¡Síndrome febril sin foco en menores a tres meses!”…Empecemos.
20 páginas adelante y la conversación volvió a martillar en mi entrecejo. ¿A raíz de qué dijo eso? ¡Concéntrate mujer!

Últimamente, muchas cosas han traído reminiscencias de aquel personaje. Un susurro polizón en el aire que se coló entre el tráfico del terminal de buses cuando volvía a la cuidad. Las facciones de un extraño comprando el diario en el mismo kiosco donde paso por los cigarros cada tarde desde hace cinco años. La letra de una canción en inglés enviada por mensaje de texto el día de la graduación, siglos atrás y que no había vuelto a oír desde entonces, hasta que, al pasar al supermercado, la escucho retumbando por los altoparlantes y ahora, estos disparates hablados con una amiga que no veo desde Noviembre pasado, en un funeral… Creo que voy a morir.

“¿Cuántos criterios había que cumplir para que fuera un paciente de bajo riesgo?” Me pregunté para ver si algo de lo leído había encontrado espacio donde almacenarse… “Todos” Punto para mí.

“¿Qué será de él? ¿Será feliz? ¡Y a mí qué! ¡Ay sí me importa! ¿Desde cuándo tan nostálgica?... La vida entera, Francisca. La vida entera.” Me había puesto a hablar sola mientras me preparaba una taza de café y mi perro, en un ataque de furia satánica, detenía las intenciones perversas de conquistar el mundo, que traía en mente, una hija de papel arrugada. 20 Páginas más.
Cabeceaba a medida que repetía estupideces sin sentido porque ya se me habían enredado los conceptos con los arabescos traídos desde el recuerdo de unos ojos cafés, dulces, tristes, sedientos. Y ahí me quedé, perdida en el páramo lleno de escombros, siguiendo un camino de margaritas en botón, porque la primavera abofeteaba con los sopores de sueños nuevos aglutinados de porvenir. Hay coincidencias rondando el ambiente, perturbando la atmosfera que se levanta en la capital un día de semana, cuando las luces se comienzan a apagar vaticinando la extinción de un día más para que sea un día menos.
Me voy a dormir. Debo levantarme en un par de horas. La rutina no perdona.
Las oraciones correspondientes para buscar algo de paz entre tanto ajetreo. “Buenas noches Amparo… Deja de morderme el pelo. ¡Me duele hija!”

Soñé con sus ojos. Hacía varios meses no se aparecían. Esa voz. ¿Cómo es posible que todavía la escuche sonar tan clara?... Esa voz… ¡Dios! ¿¡Por qué si estaba tranquila!? ¿¡Qué pretendes!?

Una bruma de fantasmas se arremetieron entre las cuatro paredes de la casa, bailando compases en la cocina mientras hervía el agua para hacer el desayuno. Un tango añejo los hacía despegarse del suelo, mostrándome dos siluetas raramente familiares, susurrándose secretos entre risas viciadas de cariño amargo. Se parecían a nosotros, por estas fechas.
El chillido del agua avisaba que estaba lista. Dos cucharadas de café, nada de azúcar y una hoja de menta en la taza, un par de deseos guardados en el corazón y la pregunta pertinente por tus huesos “¿Estarás bien?” ¡Ya, espabila! Tienes que ir a rendir examen. Tienes que concentrarte. DEBES concentrarte.

Y así pasó el día, con vaivenes de tu nombre, como si fuera una forma masoquista de generar dolor para mantenerse despierta.
Salí del examen y comencé a caminar.
Era de noche cuando caí en cuenta que estaba muy lejos de casa y debía volver. Quizás, al llegar, prepararía un Bitter, apagaría las luces para que brillaran las del árbol de Navidad, fumaría el protocolar cigarro antes de dormir y se restauraría el orden.
Volvía distraída, abstracta, ausente, como en piloto automático ¡Por la cresta que me afecta tu recuerdo! Y no sé si era producto del cansancio, alucinaciones si se prefiere, una aparición espectral, pero creo que te vi pasar…

Sin querer, sonreí.

“Eso es amor, tonta lesa”.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER  
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