miércoles, 22 de febrero de 2017

ESCLAVITUD






No ha salido de mi cabeza. Me atormenta su ausencia, como sintiendo su vigilia permanente sin saber si es real o es un invento mío por aburrimiento o falta de anécdotas nuevas para escribir.

Cada día, sagradamente, sin un horario fijo, pero de preferencia al anochecer, aparece su recuerdo recriminándome por la soledad, tan familiar estos años, que agota mi existencia, por tomar las decisiones erradas, doblar mal en las esquinas de cada camino por donde transité, por no haber escuchado en su momento y ahora, resignada a vivir del fantasma habitante en mi conciencia.

Dos años … Esta semana se cumplen dos años desde su retumbante “no me busques más” que me rompió el corazón, dejándome a la deriva al perder lo único que pensé sería incondicional: Él.
Reniego de su nombre tratando que duela menos la latencia del fracaso. A puertas cerradas puedo escribir con amor, pero a la luz del día, no tengo la licencia de hacerlo… No puedo.
No diré ninguna palabra amarga en su contra.
No diré ninguna palabra dulce a su favor.

Algo me mantiene inquieta, a la espera, pese a que trato de ignorarlo, palpita, corroe, molesta y hace mariguanzas, impidiéndome olvidar. Tengo la convicción de volver a verlo, de tener una especie de absolución, aunque todavía no sé dónde fue que cometí el error. Quizás no entendí sus intenciones. Quizás perdí la razón, porque para ser franca, no tengo ni una puta idea de sus huesos y yo espero, sin garantías de nada, a sabiendas del desperdicio inherente de una vida, que bajo ningún prisma, ha sido bien aprovechada, como si la destrucción fuera parte importante de su esencia.
La desperdicio en la espera ¿Por qué? Nadie sabe.

Imagino sus manos desnudándome, su piel estremeciendo la mía, su voz gimiendo mi nombre, mordiéndome los labios al besarme.
Tormento… Tormento es saber que pudo ser real, en un día y lugar específico, resguardados por el sol de una tarde tranquila de marzo, seis años atrás ¿Pero qué sabía de la vida hace seis años? ¡Cómo le explico eso si no me quiere ni ver!

He escrito más para él que las páginas del libro a medio terminar desde el colegio ¡Y llevo 462 páginas por Dios!… Dios sabe que es verdad todo lo que digo, cuánto es que le extraño y lo prolíferos que son mis sueños con su silueta dando tumbos de cuando en vez. Quizás cuánto durará todo esto.

Se levantó un viento añejo, parecido al de finales de octubre, moviendo las copas de los árboles cuando el calor no podía ser más asfixiante, adormeciendo mis pesares ya casi convertidos en concreto seco. Te recordé todavía más, pero el sueño hizo lo suyo, secuestrándome lejos, permitiendo el descanso aunque fuera un momento.

Me fatiga tu falta.
Me pierdo en fantasías contigo al lado.
¿Dónde estarás?
La muerte debería ser por piedad.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

viernes, 10 de febrero de 2017

EXHUMACIÓN






Las noches eran febriles. Alguien me perseguía. De algo debía escapar.

No conseguía descanso, sólo ojeras arrastrando hasta las rodillas, malhumor y párpados pesados cargados de concreto.
Miedo de cerrar los ojos  y ser atrapada. Estaba convencida de no salir con vida. Tarde o temprano.

Imágenes sórdidas de parajes oscuros polutos y siempre llenos de corredores infinitos, poblaron de pronto cada aspecto parecido a un sueño, con coincidencias distorsionadas  hasta lo familiar amalgamadas con el extravío del conocimiento: En medio de nada. Ni muy soñando, ni muy consciente. Perdida.  

Noche tras noche la misma tortura, con voces reconocibles entre los recuerdos de viejos amigos olvidados por el correr de los años, advirtiéndome el peligro de quedarme quieta.  “Huye” “Escóndete” “Te busca” se repetían, retumbando el resto del día al disolver los limites de la cordura, para llenarlos con especulaciones sobre el significado de bajar escalaras sin llegar a un verdadero final: Muerte.

Perturbación tomó poderío de mis pasos y miedo de doblar las esquinas al creer que los sueños se pueden hacer realidad (o, en su defecto, no se cumplan). Castigo. Punición. Latencia.

Habitaba un porvenir desabrido de un dulce condimentado con exceso de pimienta y la figura de una esencia en su minuto conocida, pero ahora esquiva, puesta en la punta de la lengua, sin poderla llamar, por saber de quien se trataba y sufrir la amnesia involuntaria del intervalo que ocupó su nombre, hacía mariguanzas para quedarse escondida en el rincón más lejano de mi conciencia.
“¿Qué quieren de mí?” “¿Quién es?” “Alguien, por alguna razón, me está llamando…”
“¿Por qué no le veo los ojos?” Dormí.

Había bruma volviendo sepia el alcance de la vista, con esa escarcha dorada que queda después del amor entre la luz de un farol alumbrando la calle y las gotas de agua estacionadas en el viento. Nadie alrededor, con excepción de uno o dos queltehues cantando la venida del apocalipsis.
Caminé por un largo corredor ceniciento, empañado de recuerdos y el olor a castañas asadas esparciéndose, segura, desempolvando viejos devaneos con la cadencia que pensé, había olvidado tras el desuso, pero que continuaba firme como el primer día.

Sin parpadear y  con esa media sonrisa donde se ocultan los deseos impuros, junto con la divinidad misma, atravesé el corredor con la parsimonia justa, desbordando galardones de sensualidad. Caminé tan largo trecho sin vacilar un segundo.
Detrás de mí, alguien seguía mis pasos. Casi podía sentir su respiración agitándose sobre mi hombro… El calor del vaho… El sabor de la boca que lo expelía. No importó.

Cayó l anoche en un descuido y batucadas de luciérnagas reemplazaron la obnubilación del atardecer cargado con bombas de añoranzas.
¡El cielo estaba en todas partes!  ¡Las estrellas cobraron vida! ¡Romance llenándome los pulmones!  ¡El miedo yéndose al carajo!

Entonces las voces materializaron rostros y los rostros comenzaban a bailar un vals apolillado en medio del pasto rebosante de salpicaduras de una posibilidad.

El universo a media luz y desde sus tumbas levantándose los cadáveres de momentos mejores comandados por los vestigios roñosos de lo que quedaba de mi corazón.

Ya no sentía frío. Mi desnudez había desaparecido por un vestido amarillo hasta el piso y guantes de satín.
Me tomó de la mano.
Lo reconocí.
Le vi los ojos.
No habló.

También había escapado del confinamiento lúgubre que por voluntad propia asumió lejos de mí, repleto de soledad y brío.

Se esfumaron las cenizas con el paso de un viento huracanado con la duración de un suspiro y los helechos empezaban a colonizar las paredes pintadas con cal de los pasillos que transité. Yo flotaba en una serenidad echada en falta. A salvo.

Bailamos hasta que los primeros indicios del amanecer amenazaban con enceguecer a las luciérnagas y aquellos que advertían peligro en un comienzo, descubrían sus coartadas, verdes de envidia y sulfúricos por el fracaso de su misión en hacerme flaquear por temor. Bailamos por todo lo que estuvimos lejos. Bailamos por todo lo que nos faltaba por hacer. Bailamos porque pese a la decrepitud de los años, de las heridas hechas en el fervor del rencor, de las suplicas por libertad y olvido, del veneno procurado por las serpientes envidiosas, ahí estábamos, los dos, otra vez.

Desperté.
Volví a reír.
Y frente a mí, el día en su máxima reverberancia, con los azotes de las olas sobre los roqueros como si no fuera a existir un mañana, la espuma cubriendo la extensión del horizonte y mi corazón palpitando con fuerza tras obtener la absolución. Estiré los brazos al cielo, sintiendo el golpeteo de la sangre en mi pecho. Lo había encontrado.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 
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