Dicotomía es lo que siento cuando se trata de ti. Esta necesidad animal de correr a tus brazos, mezclada con la orden certera de la cordura de escapar en dirección contraria. ¿Apostar el corazón? ¿se puede amar sin amar?
Cierro los párpados y ahí estás tú, mirándome con ojos de cazador, manteniéndome en la espera dilatada de un segundo eterno. Avanzas lento, provocando que mi cuerpo se congele sin poder moverme sino hasta sentir tus dedos en mi cintura, a tus brazos arrullándome y tus besos despertándome el deseo. Pero no te encuentro. No apareces. Ya casi olvido tu olor.
Me abruma el silencio entre los dos, siento como si la tierra se expandiera dejándonos en polos opuestos sin tener cómo volver. Me desespera esta guerra continua en mi interior entre lo que debo hacer y lo que realmente quiero hacer. Te quiero a ti, pero no debo. Debo alejarme, pero no quiero.
¿Qué fue lo que pasó conmigo? yo no soy así. Nunca debí haberte ido a saludar ¿por qué lo hice? Sentí una fuerza magnética que me llevaba inevitablemente a ti, como un golpe de ola que arrasa con todo; así se fueron mis inhibiciones y de pronto, estaba inventando una conversación para no dejar que te fueras.
Pasan los días y no te he vuelto a ver, me consumo en la angustia de la abstinencia. Anhelo tus manos en mi piel, torturándome, devorándome, tomando poderío de mis pensamientos, apagándolos lento, con cada beso dejado en mi cuello, con cada susurro lascivo, con el palpitar de tu corazón cuando descanso en tu pecho.
La locura llega disfrazada de oscuridad conquistadora de los recodos del lugar donde me encuentro, sin saber bien dónde, si es el cielo con sus ángeles o el infierno con el diablo sirviendo un martini para acompañarlo en la espera que él también espera, por si algún día lo dejan volver a ser hermoso y perdonado. Beso, beso con sabor a locura, a eso sabe tu boca, por eso me es tan familiar, la locura a veces, es más cuerda que la falsa indemnidad de la neurosis.
Los días pasan aglutinándose entre ellos cuando no estás aquí, irrelevantes como un grano de arena en el mar, pero contándose tantos, que comenzaron a desviar las aguas hacia el abismo, donde los leviatanes rugen en desesperación por el dolor que infantil en mi interior, y sufro en silencio, lloro sin derramar lagrimas, grito sin emitir sonido, muero sin dejar de vivir, muero envuelta en tus caprichos. ¿Dónde estás?
