lunes, 23 de mayo de 2022
EL FAMOSO RUMOR DISTINTO
lunes, 21 de febrero de 2022
PARA TI, EL MUNDO.
La ansiedad se hace constante con la promesa tácita del cambio de destino la cambiar de año y se me hace inevitable pensar que quizás se acabará mi condena y tras las luces, verte aparecer.
Siento en las entrañas la acomodación del mundo para parir una coincidencia dentro de todo el caos después de juntar al alfa y al omega; los ángeles cantan el réquiem de una era marcada por tu ausencia.
Se levantan premoniciones y entre los sueños se revelan maliciosos los quebrantos de mi vida, una vez más, dictados por ti.
Hace eones te fuiste y aún hoy, las pequeñeces del día a día, de alguna u otra forma, explican el porqué de tanto.
Tener un corazón en la mano es poder. El poder consume y se lleva a la cordura a lugares inexplorados, para dejarla perdida incluso, del ojo vigilante de Dios. Yo tuve tantos corazones en mis manos, que hubo un momento en que me acostumbré a la sangre tibia desfilando por mis dedos. El resto ya es historia contada.
El devaneo de las aguas con el viento, las gaviotas con sus rituales de apareamiento, hasta el sol muriendo despacio sobre el horizonte, suplica por noticias tuyas, por tus brazos enraizados a mi espalda y la promesa eterna de sexo al anochecer, solo que no estas.
Una vida estancada por capricho, la penitencia paupérrima de pagar con dolor tu propio dolor, pese al desconocimiento de la causa para sus afanes: aquí estoy, estática… esperando.
Aquí estoy, congelándome inmóvil mientras las horas pasan raudas dejando sal en las heridas que, pese a todo, no puedo curar, hasta que vuelvas ¿cuándo?
Cada deseo lleva tu nombre, cada sonrisa deja entre suspiros la cadencia de tus frases, cada noche, el último pensamiento va dedicado a ti.
Es insondable el tamaño de mi arrepentimiento, tanto que hice un mar solo de lágrimas para poder ahogarme cuando la soledad decide atacar. Ahí no es posible que exista, pues cada lágrima es un recuerdo tuyo.
Hay un futuro en pausa esperando por ti. Hay hijos por concebir cuando regreses. Cientos de cuentos con finales felices que quiero escribir para ti y tanto amor por entregarte como tiempo sin ti he vivido.
Volvamos a encontrarnos, a conocernos y a enamorarnos. Hagamos borrón y cuenta nueva e imaginemos, que este lapsus, nunca existió.
ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
jueves, 18 de noviembre de 2021
BITÁCORA DEL CAPITÁN, DÍA 4
ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
LÍNEAS EN BLANCO
Mi mano inmóvil sobre líneas en blanco, y el tormento coqueteándome a lo lejos… tanta cercanía y un desperdicio de tantos días sin verte. ¿nosotros? ¡NOSOTROS! Nunca lo fuimos y, aun así, al cerrar los ojos, cada noche, imagino a tus manos cobijándome. ¿Escuchas eso? Es el sonido de mi vida agotándose, yéndose en pesadumbre por entre las olas de un mar de lágrimas. Tanto te amo que es difícil respirar... tanto te extraño que la vida misma me es indiferente. Tanto tengo y nada me sirve.
Otra primavera sin tus besos…
Otra noche sin tu cuerpo cosechando deseo.
Las flores… el cansancio, la fatiga…
La búsqueda incesante de tu nombre en todos lados.
¿Cuándo la ambivalencia usurpará desidia inservible, odiosa, de nuestros destinos?
¿Cuándo un año, un día?
Cuándo un año, un día…
Sin querer volví a deletrear tu nombre y seguramente nunca lo sabrás… nunca entenderás… nunca volverás.
Caos, desesperación y angustia. Aniquilación, holocausto y desastre… en cada noche, en cada sueño y nunca, nunca, ni por si acaso, una coincidencia. El mundo, a veces, es muy grande.
Sangre escapa por mi boca. El corazón olvidó cómo palpitar y mis pulmones se rehúsan a extraer oxígeno, la gravedad rompe mis huesos y año tras año: ausencia.
Me acordé de ti, y perdí mi vida.
Yo me enamoré de ti y te espero.
Te espero, aunque hayas desaparecido.
ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
viernes, 10 de septiembre de 2021
EL ADIÓS
Los años pasaron inconsecuentes a lo pensado en un inicio,
quizás los mismos cimientos estaban mal hechos; era como construir entonces,
sobre pilares de arena y despacio, se fueron formando grietas dolorosas de
ausencia y lejanía. De pronto, ya no contaba días, sino décadas. Ya no contaba
lágrimas, sino océanos.
El tiempo era cruel, regalándome olvido durante periodos largos,
para después traerlo de golpe cuando más feliz estaba y así, mantenerme sumida
en la espera de una coincidencia que nunca llegaba, expandiendo al mundo a un
universo tan grande que volvía imposible volver a vernos.
Fui gastando mi juventud en la añoranza paupérrima de pensar
que tal vez, al doblar la esquina estaría esperándome como antes solía hacer,
de creer que la voluntad de desaparecer era menos fuerte que la de regresar a
la escasa felicidad compartida. Más de alguna noche, me dormí entre súplicas
cargadas de desesperanza por parar el dolor. Más de alguna noche, soñé con él,
desvaneciéndome a la mínima expresión que un corazón podría ser capaz de
soportar. De repente, redescubría el amor y la lujuria en el amparo de sus
brazos, y amanecía llorando al no poder seguir por la eternidad habitando en un
sueño. Respirar dolía. Vivir dolía.
Se fueron extinguiendo peligrosos los veinte, mientras los
treinta bamboleaban una mano al final del pasillo, para burlarse de mí por
permanecer atada a un amor nacido en los quince. Tomé conciencia recién del tránsito fugaz de
media vida marcada por él.
Ya no recuerdo su voz, pero el sentimiento que me causaba
esconderme en su abrazo, sigue latente, como si lo hubiera hecho esta mañana, y
me quedo estacionada en el suspenso dilatado de aferrarme a su
calidez y ser feliz, hasta que por supuesto, caigo en cuenta, de que, al llegar
a casa, no habrá nadie.
Siempre hubo un vínculo malicioso uniéndonos desde la
primera mirada; nos conocíamos tan bien, hasta el punto de adivinarnos los
pensamientos. Era cosa diaria, tan profunda y sin necesidad de verle los ojos
para conocer el porqué de cada pálpito de su corazón. Venía en sueños a besarme
la frente cuando tenía miedo o su voz vagaba vehemente en mi cabeza cuando la
angustia azotaba. “Delilah, no llores” …
En secreto anhelaba camuflarme en sus rincones y amalgamar
mi deseo con el suyo. En secreto, lo amé hasta la locura y siento, sin embargo,
que ese amor, no ha muerto del todo. En secreto, diseñé una vida a su lado que
se desdibujó en la espera taciturna del “momento ideal”. Tarde entendí que, por
esperar, se me fue la juventud y con ella, su figura a lo lejos. Hice todo lo
planeado, sin permitirme la licencia de cometer algún error; salirse de la
línea, no era opción, debía ser todo perfecto, a los tiempos precisos para
invocar a una puta casualidad, a un cruce forzoso de caminos, insistir tanto
que aquel que controla el destino, se aburriera y nos dejara de una vez, descubrirnos.
De nada sirvió.
Le pedí al viento un último favor “llévale mi mensaje esta
vez” y una brisa cargada de pétalos rosados acarició mi pelo “dile que la
espera se acaba dentro de dos semanas. Si no aparece en ese tiempo, que no lo
haga en esta reencarnación ni en las próximas cien.”
ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
viernes, 18 de junio de 2021
CADÁVERES DE MARIPOSA
El amor había desaparecido,
así como el remordimiento por entregarlo de ofrenda a los caprichos del mar.
Volví a estar en calma, con los pensamientos atiborrados de ansiedad
desprendida desde el aburrimiento... una cabeza ociosa, es peligrosa.
Pasaron los meses y la vida recobró el sentido
gris de un destino solitario, frío glaciar en mi piel debutando nuevamente y el
instinto adormilado por el invierno en el horizonte.
Respirar seguía siendo un riesgo, andar con la
cara descubierta, igual. Las muertes eran cosa cotidiana y ya no causaban miedo.
Ahora respirar era tan angustiante como el no hacerlo.
Los sueños se poblaron de conversaciones añejas,
había un dejo de nostalgia asociada a un nombre, quizá familiar, quizá
intermitente, quizá maldito desde el principio de los tiempos. Quizás…
Soy cambiante. Mi propia esencia es agua. Agua
tranquila en la superficie y turbulenta donde ya la luz no es capaz de entrar.
Hay demonios bailando en lo profundo, sedados por el ajetreo de un
corazón carente, escondido bajo 10 centímetros de hormigón armado.
En el silencio reina la locura... en mi reino
no hay ruido...
La ambivalencia eterna entre
conocer las posibilidades de un futuro tenebroso y aun así querer lanzarse a
los brazos de la desgracia, es un peso que cargo, y es por la misma
ambivalencia de un alma vieja paseando en una era dispar. El masoquismo cala
hondo cuando los siglos pasan sin sentido, por el mero afán de anhelar querer
sentir algo, aunque sea dolor… ¡AUNQUE SEA DOLOR! Dolor fue lo que trajo el tránsito iracundo
de un amor inconcluso.
La costumbre patológica del
saboteo anticipatorio me dejó donde estoy ahora. Meses habían pasado en la
posición estática de ser espectador de una historia que debí protagonizar; en
la inocencia de la juventud pacté con el mar a cambio de amor “Te
entregaré 100 almas, por unos cuantos años en la tierra. Te traeré 100 almas,
como pago por la mía” … cómo librarse.
El último romance entregado
como ofrenda, dejó cicatriz en donde no puedo sanar. Desde entonces, vivo en
piloto automático, con un gusto amargo en la boca por condenar a la felicidad a
morir a manos de lo que más quiero. El mar es vengativo. Yo lo abandoné, entonces
a mi pago será el abandono.
Ya el sueño había caducado
muchas noches antes del desquicio completo, no existía energía de reserva a la
que pudiera echar mano, mientras que el ardor crónico de la piel, se volvía insostenible.
Delirum tremens. Angina pectoris.
En dos segundos tenía en
frente la carretera, el sol encegueciéndome cuando se ocultaba tras los
cerros y cayó la noche poco antes de llegar. Un perfume dulce fue lo que me recibió al
abrir la puerta y el llanto no tuvo torniquete. Ese perfume que hasta hace poco
que se quedaba impregnado en mi piel después de hacer el amor, el que me traía
calma cuando los tormentos decidían despertar, el que ya no estaría nunca más,
fue el gatillante.
Caminé descalza por el filo
de las rocas sin importarme el daño, ni la sangre, ni que ya comenzaban a
brotarme las escamas. Grité.
- - ¿Hasta cuándo? ¿¡HASTA CUÁNDO!? ¿por qué no
deja de doler? ¿por qué, si yo te mantuve sereno a costa de mi propio suplicio,
me torturas así? – un reventar estrepitoso de una ola silenció mi llanto. -
¡Dios, contéstame!... una señal… es todo lo que pido… una señal…
Las lágrimas de las sirenas, son capaces de dar vida.
Una lagrima tocó el agua. Cinco minutos después vi a un hombre nadar hasta la costa, lo reconocí de
inmediato y estiré mis brazos para adorarlo todo lo que no pude. Me miró,
sonrió y se fue. Tomó la mano de otra mujer que esperaba en un estacionamiento
un par de kilómetros más al sur.
Por primera vez sentí miedo…
de un porvenir sola, de una cama perpetuamente vacía, de volver a tener una
mano oscilante en el viento sin respuesta.
Cómo fue que me convertí en
esto, en un despojo de emociones y sentimientos incomprensibles, cuándo fue que
mi corazón cambió de dueño. Habían pasado casi 10 años. Las sirenas no aman ¿Por
qué yo sí?
El cielo comenzaba a
aclararse con la promesa del amanecer entrando raudo por el este. Nunca estuve
tan desnuda como en ese amanecer… los miedos debutaron en mis pensamientos
durante horas ¿Quién era? ¿Dónde me perdí? ¿Por qué el provenir levantaba
inseguridades?
De frente al horizonte, con
los pies en sangre y las escamas ya secas, respiré hondo, abrí los brazos y
dije “Yo soy el mar. Yo soy la inmensidad. Yo soy hija de Poseidón”.
Las olas se embravecieron,
el viento rugió y el hombre que había salido del mar se hizo espuma en aquel estacionamiento dos kilómetros
al sur.
Regresé a esa casa que
inició la caída del castillo de naipes y de pronto, no hubo rastro de nada, solo cadáveres de mariposas, cerca de las ventanas, como queriendo escapar antes de
morir de hambre, sed y frío. Esa era la
señal… a mí nadie me puede aprisionar.




