jueves, 14 de julio de 2016

LA PROMESA DEL INFIERNO





Hay algo que no logro entender: Si sólo fue un beso, un mísero beso producto del fervor lascivo del exceso de alcohol en la sangre, la agitación nefasta de la música en descontrol y la complicidad guardada quién sabe desde cuándo, si fue eso y nada más ¿Por qué sigo sufriendo las secuelas de lo que no se concretó? ¿Por qué no consigo descansar y gasto el tiempo pensándole y en cómo volverlo a besar, cómo hacer que esto transmute y que se vaya o que se quede, pero pronto una opción?
No encuentro tranquilidad en ningún lado, en ningún momento y creo formas autótrofas de desterrarlo, pero únicamente logro que vuelva y se aferre más donde no puedo controlar… ¿Por qué el destino afana en hacerme trizas el corazón?

“Pídeme y te daré por herencia las naciones y como posesión tuya, los confines de la tierra” Salmos 2:8

Justo cuando he decidido renunciar, en la misa de las doce, como llamado de atención o como un mensaje camuflado para ajustarse en un momento preciso, aparecen los Salmos.
Pido y no llega, será porque solicito mal o agoté el límite de peticiones permitidas en una vida completa, se olvidaron de mí o continúo prendada de cosas que, a sabiendas de su calaña dudosa, me obstino en poseer a como dé lugar. Comienzo a convencerme que sí agoté mi cuota de peticiones.

Justo ahora que siento que ya no hay vuelta atrás mientras pierdo la conciencia fantaseando con lo que no va a ocurrir con quien no resultó, me abofetea esto. Quizá tengo que pedir cualquier otra cosa, o estoy malinterpretando todo… “Los confines de la tierra” ¿Es el infierno? ¿Me quemaré por egoísta? ¿Me condené?

Puede ser que me haya escapado en un éxodo olvidado en el tiempo, cuando los ángeles habitaban en el calor de las brazas mezcladas con los vapores de sulfuro y los demonios bailaban al compas de cánticos divinos mientras rezaban de rodillas y entre medio no existía la humanidad. Puede ser por eso que soy como un pez fuera del agua.
Siempre he sabido de la carga de un alma vieja, muy vieja, por esa sensación de conocimiento adquirido a través de la experiencia que no se condice con la edad que se dice tener. Quizá sea por el alma vieja los continuos déjà vu o el poder escuchar los pensamientos ajenos.
Puede ser que mi alma sea fugitiva y procedente de donde manda el Cola ´e flecha y por eso hacen oídos sordos allá arriba. No me quieren oír y yo me aburrí de suplicar migajas por compasión. Se me van todos a la cresta y se termina la cuestión.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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