jueves, 30 de julio de 2026

EL ÁNGEL NEGRO

 





Ruido, alcohol y risas y baile eterno que adormeció a mis pies obligándome a tomar un descanso y te vi. Ahí estabas y ahí también estaba yo. 

Un golpe de marea me llevó en dos segundos de vuelta a la tierra y como hipnotizada y sin vergüenza, te saludé. 

Vi entonces, los ojos más hermosos que el universo puede contener.

Poseída por un impulso animal, inventé una excusa para conversar. Yo no soy así, algo provocaste y una serie de coincidencias cobraron sentido. Una vida en un suspiro, jugar a todo o nada sin tener cartas seguras, pero como un mandato de Dios, lo aposté todo. Si lo dice él, yo lo hago.


Las decisiones tomadas al azar como el haber ido a aquella fiesta a la que estuve a punto de renunciar, o el haber bailado hasta el cansancio, teniendo que parar y verte, para reconocerte, eran un jalón de hilos invisibles atados a nuestras manos, llamándonos. Tú no debías estar ahí, yo no quería ir.


Ruido, alcohol y risas y la necesidad instintiva de quedarme anclada a tus labios. Ahí estabas tú y también estaba yo. El mundo sobró. La gente desapareció. Yo firmé la sentencia.


La luz y la oscuridad colisionaron esparciendo esquirlas de deseo hasta lugares tan recónditos como en la tundra de mi piel. El viento tibio de una noche de noviembre marcó el aviso del término de una era glaciar y el olor a azahares revoloteaba alrededor, bailaba con nosotros que, después de tanto tiempo, nos volvimos a encontrar. 

Este magnetismo proviene desde otra vida, cuando un tú y yo se fundía consecuente en un nosotros seguido de un para siempre. Un tú y un yo amarrados por la eternidad.

No tuve dudas. No tuve miedos ni reproches, estaba, sin saberlo en el lugar que me pertenecía por mandato: en tu pecho, descifrando en qué código tu corazón susurraba mi nombre. 




Se sintió tan familiar estar atada a ti que no dudé de la locura disfrazada de destino. La similitud de dos almas encontrándose después de una vida de ausencias, y varios años de diferencia. Los ojos negros de cazador, la sonrisa cargada de seducción y la electricidad que me recorrió cuando me volví prisionera de los brazos de Sansón, marcaron sin remedio, la cadencia el abandono al intelecto. Insisto puro. Dos lobos en exilio reconociendo a su igual.


Y de pronto, luces. La fiesta se acabó y con eso te perdería para siempre. 

La mano de una buena amiga tomó la mía para que regresame a la vida sin ti. La noche terminó, pero cómo si te acabo de encontrar. 


¿Qué fue lo que me pasó? ¿Un flechazo? ¿Así se siente? 

Esa noche la sangre deshieló mis sentimientos y volví a sentir como se siente el primer amor. Tac, tac, y una pausa, tac, tac y tu nombre en mi cabeza, con el recuerdo de un beso que esperó siglos para poder ser dado. 


Los dias pasaron nublándome los pensamientos de ti. ¿De qué vida te conozco? Era imperante volverte a ver, como una necesidad siniestra que debía ser satisfecha o los delirios aparecerian arrebatándome la cordura. Mi sangre hervía y la fuerza del mar se condensó en voluntad, haciéndome valiente para invitarte un trago una tarde de un sábado. No fue un sábado, fue un miércoles y la invitación la hiciste tú ¿Por qué me siento en casa contigo? ¿Has notado que pensamos lo mismo? Tu cuerpo debe calzar con el mío.  


No pasó mucho para descubrir que en tus manos habitaba el calor del deseo. No bastó mucho para entender que ya no habría marcha atrás. 


Los secretos de la noche derramados en la habitación, la promesa de resurrección despues de la muerte, un beso cargado de lujuria dilatado en el tiempo y tus dedos abriendo camino donde ya ni huellas quedaban. El sol y la luna eclipsándose, fundiendose por fin para dormir abrazados después de tanto eras. 


Mientras tu perfume se impregnaba en mis recuerdos, entendí que no era por un príncipe por quién esperaba, sino por mi efímero ángel negro. 


ESCRITO POR FRANCISCA KITTSTEINER 

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