lunes, 11 de julio de 2016

ATRAPADA EN EL CUMPLEAÑOS

Atrapada en un taco.  Poco más de treinta minutos para avanzar un metro.
En el túnel de la autopista, autos a todos lados y el inevitable olor a combustión entrando por las rendijas del aire. A este ritmo moriré intoxicada antes de dejar el atochamiento. Hasta la señal de la radio se perdió entre tanto concreto ¡Gracias al cielo por los reproductores de música! Y al libro polizón en mi cartera, aunque a la larga no me sirvió de mucho: Un rato leía un párrafo, después pasaba el cambio para avanzar, volvía a leer y mi mirada quedaba prisionera del parabrisas sin ver nada, sin cansarse de no parpadear. Mente en blanco. Avanza Francisca. 
Pensé en ti. Pensé en lo mucho que me gustaría que en vez del abrigo blanco puesto en el asiento del copiloto, estuvieras tú tomándome la mano o leyéndome el horóscopo, quizás tú conducirías y yo cantaría dedicándote versos. No sé si ya aprendiste a conducir. Tengo hambre, con este calor mataría por un helado de menta. 
Pensé en el edificio nuevo construido cerca de mi departamento, cerca de todo, a la mitad del mundo, enorme, con la suficiente luz como para vivir tranquilos y un espacio virgen perfecto para la biblioteca. Entre tus libros, los míos, la llenaríamos en un dos por tres.

Pondríamos un diván inmenso donde perderse entre besos camuflados bajo la excusa de ver una película un sábado en la tarde cuando no haya nada por hacer, luego de ir por el café, un par de croissants, o bajar el bistró por una pizza cuando ataquen los antojos
.
Pensé qué se sentiría despertar prisionera de ti, ahogada en tus ojos, famélica de tus labios, cubierta de nada salvo tus manos. No quiero un televisor en el cuarto. Mejor una radio.  Sí, una radio que oculte los suspiros elevados al cielo cuando se desata el caos tras el contacto ponzoñoso de tu piel y mi escarcha, y que sirva de reloj por esa vieja costumbre de medir el tiempo en canciones. Hace 4 millones de canciones te conocí amor mío.


Yo cocino. Tú lavas.  Pero no me pidas queque. Jamás lo aprendí a hacer. Cualquier otro antojo te lo concedo y hasta te lo invento para satisfacerte. Con lo que me gusta la cocina, feliz me olvido del cansancio. Recuerdo, de cuando éramos jóvenes que te gustaba el merengue que te preparaba para los postres de invierno. No comías nada más que un merengue italiano con cascaritas de limón, o de cuando  en un arranque locura te cociné un almuerzo con pasta, ajos y mantequilla. Habían días en que era lo único que teníamos.  Éramos estudiantes pobres. 

  Un Sauvignon Blanc, tus besos y mis manos, Harina por todos lados. La comida no era lo que terminamos cenando. 

¡Arrancadas a la playa! Siempre que podamos o al campo o a donde quieras, lo importante es arrancarse. Tengo ganas de una locura pensada hace tiempo, pero sin concretar porque me faltas todavía. Han pasado unos cuantos años desde, que en una de mis fugas, descubrí una playa donde ni los espíritus de los náufragos han ido a parar. Imagino extinguirse en el deseo de hacer el amor a la orilla del mar cuando el día despierta nublado y la necesidad de consumación aparece rondando entre los cuentos soplados en el viento. Tú y yo y el reventar de las olas bautizando la maravilla de renacer tras subir al cielo, descender a los infiernos y resucitar al tercer día. Creo que eso nos falta: Tres días de resurrección ¿Te apetece? A mí sí.
Te ofrezco también, al regresar a la casa, un par de erizos recién arrebatos del mar y cuenta la leyenda que mis pisco sour son los mejores de Pichilemu, prender la chimenea y conversar en la alfombra. Si en ese momento se te ocurre sorprenderme, acepto sugerencias, aunque no habría mejor que tu pecho para descansar después del amor. Buena idea. Quesos, jamón y un Riesling, dicen que el vino es mejor en tus labios. 

¡Decoremos a tu gusto! Yo me conformo con floreros en el fondo con conchitas de mar, velas en los rincones, un bar en una esquina para los viernes en la noche luego de llegar del trabajo, un lugar donde guardar mis cuestiones de tejido y pintura y la ambientación del dormitorio. El resto es todo tuyo, incluyendo este proyecto de muchas personas desdobladas en un mismo cuerpo y todas las noches del año, excepto una. Me dejas sin planes del 23 de junio, porque es cuando se reúne el aquelarre para bailarle a la luna. Este año me quede conversando con un extraño bajo la higuera. Simpático el tipo, me regaló brevas  tan dulces como la miel.
.

Pasa el cambio. Avanza. Freno de mano. Seguimos.

Algo nuevo: Los zapatos. Algo viejo: El vestido de graduación ¡Tan lindo! Algo azul: El collar de zafiros comprado con el primer sueldo cuando me dio por ser chef.
Ceremonia en las rocas debajo de la casa de los viejos en Pichilemu. Ahí aprendí los secretos del mar, qué mejor para aprender los secretos de una vida juntos. Por eso quiero raptarte a esa playa, porque el mar tiene que dar su venía. Es un trato que tenemos los dos.

-          ¡Fran! ¿Dónde estás? – Amiga desesperada llamando por celular.
-          Atrapada en un taco en la Costanera Norte, Diana. En una hora más estoy por allá.
-          Fran... Van a ser las siete. Nos íbamos a juntar a las cinco.
-          ¡Perdón! Tuve mucho trabajo en el Hospital. Todos decidieron enfermarse hoy, pero te lo compenso.  ¡Yo pago la cena!
-          ¡Esto es histórico! Francisca invitando la cena – Evidente el tono sarcástico, como si nunca le hubiera invitado algo… Estúpida. – Hoy 11 de julio, cerca de las siete de la tarde, ocurrió el milagro. – Se rió a carcajadas. – Amiga, bromita. Sólo trata de apurarte. Ya llevo dos Bitter franceses por esperarte. Al tercero no respondo. – Siguió riendo.
-          Ya llego. Pídeme uno con coñac. Nos vemos. Te quiero.  – Contestó y colgó. Ahí quedé. Estoica - un Bitter no será lo suficientemente fuerte, desempolvaré el recurso de Tom Collins... varios. 

Lunes 11 de julio… Cerca de las siete de la tarde, pegada en un taco, después de haber planeado una vida entera en esta fantasía cruel de no asumir todo esto, me faltó una cosa: Feliz cumpleaños, amor mío, dónde quiera que estés.




ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

lunes, 4 de julio de 2016

QUANDO RITORNERAI



Ya no te echaba en falta. Me había resignado a caminar descorazonada por el mundo repitiéndome hasta el cansancio no mirar atrás, ni a los lados, ni al cielo insolente para no encontrarte en una esquina un día de estos.
Sería caminar mirando al frente con un objetivo por perseguir, que de ninguna forma serías tú o lo relativo a ti, porque si había fracasado en la cruzada por recuperarte era evidente la falta de criterio de mi parte para cosas de este estilo. Entonces sería exitosa.
Esa fue la consigna a seguir lo que me restaba de tiempo, después de que llegaras desbaratándome el orden, dejándome caos, tempestad y lágrimas vinagres…

Ya no te aparecías intermitente por aquí y había días que olvidaba recordarte, tampoco seguí rezando por ti, porque como todo en el planeta se trata de hacer las cosas rápido, poner tu nombre en mis plegarias era una pérdida del tan valioso e increíblemente escaso tiempo para dormir.

Dejaste de sonreír en mis sueños y pese a que se hicieron tormentosos e inconstantes, se bamboleaba el descanso en mi cabeza inquieta porque ya no tenía al catalizador de sus quimeras, que si bien le dibujan un mendrugo de risa a la conciencia, al entender la condición de fantasía de los recuerdos que aseguraba suyos, comenzaba a desmoronarse la moral tras morir de pena.
Era un sueño plagado de sobresaltos, pero no por tu causa, sino por las trampas y chinches tiradas al piso por el demonio alojado en el rincón al lado del ropero en mi habitación.  Ahora que mi atención no tenía dueño, podía reclamarla para él y asustarme. Sin embargo, lleva tanto tiempo en ese rincón y lo ha intentado tanto que ya hasta me cae bien. Hay días en que conversamos.

No he vuelto a soñar.

Ya no me preocupaba mirar el reloj afligida por su carrera acelerada, falta de tregua y no verte regresar. Ya no había nada que ocupara mi pensamiento, excepto que el tiempo no iba a alcanzar para terminar de leer lo que resta por estudiar.
No dolían los minutos, ni los días, porque eran minutos y días menos para llegar al objetivo.
La mortificación del tic-tac afanoso, venía condicionado a tu nombre.

Ya no recordaba tu voz. Había logrado exorcizarla de mi sistema reemplazándola en todos los vacíos que dejó con el sonido del mar al recogerse. Fue tan fácil aguantar el peso del mundo en mis brazos.
Un murmullo de agua se instaló en mi cabeza sin nunca dejar de sonar, arrullando a los arrepentimientos que no tenían nada mejor por hacer que contarme entre susurros el error más grande capaz de cometer. Se acabaron. Comenzaba a desvanecerse lo lóbrego de tu vibrato al cantarme versos de amor eterno.

Era feliz de nuevo.

Si volviera a tener tus ojos en frente, de seguro no los distinguiría de la muchedumbre porque cegué a los míos cuando decidiste romper mi corazón por vengar al tuyo.
Estaba decidida a no perderme en el universo indómito oculto tras el brillo casi celestial de tus ojos caoba, por muy tentador que fuera. No otra vez.

Deambular ciega era mejor.

Ahogaba el ocio continuamente peligroso cuando de olvidar se trata, entre libros de difícil entendimiento, criterios diagnósticos, tratamientos y la contemplación obsesiva del mar para sentirme segura de los ataques silenciosos del inconsciente. Sin ocio no hay divagación, sin divagación no existe peligro.

Era otro día sin nada en particular, salvo por el frío glacial que gusta de anidarse en el tuétano, el día cuando respirar no significaba jadear por una brisa de oxigeno, cuando las estrellas cintilaban porque esa era su función y no para llevar mensajes de amor codificado, fue ese día, al caer la tarde que sentí la rotura del lazo invisible hilado con diamantes y condenado a mantenernos unidos desde el mismo instante de la concepción. Pensé que la libertad dejaría un sabor amargo por los recodos, pero no, era igual a cuando se recuerda un menester pasado por alto, un “Ah, verdad, eso era”.
Él era libre, yo era libre, la vida se supondría benevolente y preñada de las posibilidades entregadas por el albedrio nunca más preso de tus manos. Era libre.

Ya no era necesidad conocer tu paradero, ni menos salir a buscarte por si al dar la vuelta en la esquina, coincidiéramos, así que hice lo que se hace cuando no hay nada por hacer: Servir una copa de vino, armarse de cigarros, tomar un libro y salir al jardín a mirar el cielo. Toda la vida funcionó para traerme paz. Fue la última vez que paseaste por aquí.
Ahí estaba, con el presentimiento resucitado en palpitaciones azarosas del destino, convencida de que hiciera lo que hiciera, el magnetismo tuyo seduciría al mío y le haría el amor desde lejos, siempre de lejos, porque juntos nunca pudimos.
Al caer la tarde, justo cuando el sol daba sus exhalaciones terminales, deseaba que los sueños abandonaran Nunca Jamás para que antes de morir, pudiera entregarme a ti.
Todos los días, hasta ese día, era igual, pero como pasaste itinerante, cargué en tus hombros la condensación de nosotros y de los vástagos de ilusiones para que al partir, también itinerante, te la llevaras. Resultó.

Ya no me eras familiar y tu nombre se convirtió en bruma disipándose fugaz con los vientos vaticinantes de una vida retomada donde la dejé siglos atrás, cuando era una niña insulsa que no sabía que con un saludo la desgraciaría el amor al entregar el corazón sin notarlo. Ahora forjaría uno con arcilla y conchas de mar, cosa de que si me lo robaran, no se perdiera tanto como el último que tuve y para que quién fuera el ladrón tuviera presente que ese corazón más que a la tierra y a su gente, le pertenece sólo al mar.

Ya no te conocía… Dios sabe que no te conocía.

Ya no me importaban tus eternos devaneos desplegados para comprobar tu valía. Entiendo por fin, que tus inseguridades eran mayores que la mías y yo que me sentía protegida bajo tu abrigo. Gracioso si se piensa.

Ya no tenía qué escribir.


Sumida en lo cotidiano, escuchando una canción sin significancia para llenar el silencio, mientras sacudía el polvo de la mesita de luz, una frase en un idioma particular que necesariamente se asocia a ciertos años, vino y lo derrumbó todo: “Quando ritornerai”. 



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER. 

sábado, 2 de julio de 2016

LA RAÍZ IMAGINARIA



Escuché su voz.

Ocurrió lo mismo que con los olores, por muy añejos que sean, levantan reminiscencias desde el panteón donde se habían extinto.
Jamás olvido un sonido.
Son tantos los años que llevo afinando mis odios para la percepción de los cambios en el reventar de las olas en las rocas por si acaso existe peligro y deba salir corriendo, que los rumores de las voces me evocan recuerdos a la primera.

No estoy segura si son tres o cuatro años que no he escuchado palabra suya, pero su particular timbre de tenores con ese ronroneo cargado de sexo camuflándose entre las vocales mientras instan a las consonantes a hacer el amor antes que la frase se esfume en el aire, es casi imposible de pasar por alto.
La verdad, nunca supe si las vibraciones impresas en su hablar parsimonioso, se debían al miedo que mis ojos encontraron al ver los suyos de cerca, tan difícil como la esencia misma, o se parecía más a la forma de seducir que se inventó para aprovecharse del subconsciente de alguna mujer vulnerable. Ahí radica la cuestión.

Cuando dejamos de hablarnos por razones conocidas sólo por él, debido a la supresión causada por esa amnesia selectiva que siempre acaba olvidando lo que no se suponía, pero que esta vez, sí hizo el trabajo encomendado, estaba segura, abismantemente segura (y a salvo) que en lo que me restara de vida, no lo volvería  a escuchar y pasó.

Tras el ausentismo de su figura en estos parajes , y no sólo de forma física y tangible, sino también en fantasías levantadas por la efervescencia de la sangre cuando ataca la lujuria, en sueños incólumes donde bailamos un tango hediondo a naftalina, en mis plegarias diarias por la salvación del alma de mi gente, los que siguen conmigo y los que se fueron a hacer patria al cielo, en mi cama que nunca conoció, el ausentismo de sus manos en mis muslos, regresó de improviso en lo bizarro de mis utopías, reclamando poderío donde no le pertenece.

Ya había amainado la tempestad y el cielo se abría, corrían vientos frescos de los que revitalizan al espíritu y apareció la luz en mi oscuridad. Lo revolvió todo el muy condenado. Tenía el niño que desfilar por mis sueños.
Había sido un dormir intermitente, febril y complejo seguido de la diva perpetua del insomnio, sin embargo, se aburrió rápido de mí, dejándome exhausta para asegurar la profundidad del descanso. No tuvo que haber pasado más de una hora.
Era una escena donde no tenía nada que hacer metido en el medio, casi como si se asomara Mel Gibson cantando en La Sirenita, pero por esas maldades que sólo las necesidades más ocultas provocan, en este sueño me tocó llamarle por teléfono sin siquiera saber porqué su número había aparecido de forma espontánea  en mi celular, le marqué y al segundo tono contestó diciendo “¿Aló? Hola ¿Quién es?”  Yo no fui capaz de pronunciar palabra.

Cuatro palabras, un recuerdo punzante, la hambruna a causa del deseo inconcluso, mi cabeza siempre masoquista, la seguridad de tenerlo entre mis brazos y bajo las sábanas desnudándome los pudores en un futuro ni tan lejano y concluir, por fin, la exaltación del instinto comenzada hace siete años.

La sumatoria de todo y la aparición de esta ecuación armada para explicar la razón de un capítulo tenebroso, de la forma que fuera y después de haber recorrido todos los caminos posibles dentro del laberinto de posibilidades por si el destino se volvía afable entregando una oportunidad para de una vez y por todas, enterrar al amor tan jodido que nos desgració la existencia, seguía resultando en inconclusión con raíz imaginaria 


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

miércoles, 29 de junio de 2016

LAS CARTAS EN BLANCO


Creo que la melancolía de las fechas está afectando siniestra porque hiere donde sabe que va a sangrar.

Ya no recuerdo la última vez que al acordarme de algo, me provocase escalofríos, sin embargo, con esto y aunque el instinto me está fallando cada vez más al no haberse cumplido la profecía susurrada cuando la desesperación ataca, las esperanzas arraigadas en cualquier parte, renacen y florecen en mi piel como dedales de oro en un campo cuando soplan vientos de septiembre.
Asumo que el problema es y siempre ha sido enamorarse de fantasma tan nítidos como lóbregos y volátiles. La falta de carácter, y no hablo de ese carácter forjado a la fuerza, sino del que se trae desde el nacimiento, el de la esencia misma, es el culpable de todo. 

El día que se termine, cuando la cabeza se me vaya a perder y no vuelva a escribir y con eso, no poder a enamorarme de fantasmas, será el día en que ya no pueda concebir otro suspiro, porque de ilusiones se alimenta mi alma al llevarse mejor con los personajes de mis escritos que con los personajes plantados en la vida. Incluso se ha dejado enredar por algunos de ellos con la magnitud catatónica de un volcán en explosión.

Mi postremo descubrimiento, el derrumbe del puente entre tus pensamientos y los míos, me tiene volando bajo,  al anhelar un simple beso regalado entre las copas de los árboles cuando duermen y hace frío, en una vuelta malévola de un vals, entre sueños y ganas consientes de no querer despertar.

¡He vivido tantas vidas en esta vida! Duele la soledad y este síndrome de abstinencia sufrido por mis labios; hay tantos abrazos sin entregar que comienzan a pudrirse y para desintegrarse, les resta un segundo. Hay tantos “te quiero” sin decir que se están atosigando en el fondo de mi garganta repleta de humo y de telarañas por no haber vuelto a cantar. Siguen sin haber escalofríos recorriendo mi piel, ya escarchada con el paso de los días sin estremecerse por una caricia entregada porque sí.

(…) Esa noche las cartas de su destino quedaron en blanco (…)
¿Y si las mías nunca tuvieron algo escrito? Hoy retumba esa frase de “100 años de soledad”… Curioso…

No tengo el valor para tirar las cartas en la mesa y echarles un vistazo, por somero que sea. Ya no. A la mala aprendí que con esas cosas no se juega, pero que conozco tan bien al punto que aparecen sin quererlo, proyectadas en mis ojos. ¡Yo no pedí esto! Tiene que ser la melancolía de las fechas…

Las cartas sí están en blanco… 

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

lunes, 20 de junio de 2016

ENTRE TEATINOS Y CATEDRAL.




Acababa de despertar cuando en el pecho sentí que algo no estaba bien. Algo en el mundo había cambiado. La pregunta era ¿Qué?
Y así pasó el día, sin ninguna cosa peculiar y cuando ya casi iba llegando a casa, cuando ya se puede respirar el hálito de la seguridad, del café humeante y las pantuflas calentitas esperando, sucedió.
Parado buscando indicaciones para llegar  donde suponía, mirando al cielo y riendo de nada, con cara de perdido, estaba sin ser tocado por el tiempo.

Hace cientos de años que no había vuelto a ver esos ojos y ahí estaba, entre Teatinos y Catedral.  

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER  

sábado, 18 de junio de 2016

LAS MIGAJAS DEL MANTEL

Alumbró un lunes con la bruma besando los retoños de las rosas que luchaban por no morir abrasadas por el frío. Parecía que el polo se hubo  trasladado a esa ciudad sin aviso previo escarchando los ventanales inmensos de una habitación que sólo Dios sabe cuántas lágrimas ha visto sacrificadas, cuántas veces en el piso se reparó un corazón ya casi extinto y cuántas veces le escupieron a la cara recriminando el silencio profesado cuando le pedía consejo. Dios no hablaba, por no menos no ahí. 
Había amenaza de dolor en el aire con tormenta viniendo desde el este. "Seguramente en la playa haría un día exquisito” Pensó.

Andaba mal algo, los átomos chocaban en sus oídos gritando la alteración en lo común del orden, desesperadamente en fuga porque tenían miedo. También lo podían percibir sin encontrarle significancia a nada de lo que pasaba a esas horas, cerca de cuando el sol está por nacer, devolviendo aunque sea un poco de consuelo al mundo tras espantar a las alimañas cobijadas en la oscuridad. Había hielo suspendido en el aire congelándole la nariz en cada inhalación, pese a que en la casa la chimenea ardía perpetuamente. Ese lunes no había menesteres por cumplir y a nadie le importaría si se quedaba enredada en las sábanas un rato más. No tenía sueño y su ritual favorito para recuperarlo era pensar en él hasta volverse a adormecer con una sonrisa en la cara. 
Todos los días lo llamaba con su conciencia con un susurro que viaja infinidades de océanos para dejarle un beso en la frente y un escalofrío apoderándose de su espalda. Así sabría que era ella quien le besaba. Siempre él aparecía en el sueño invocado a la fuerza cuando el sueño natural se marchaba al carajo, con un amor hibernado y su vida puesta a los pies de esa mujer. Ella lo esperaba para ver si se podía cambiar el curso que había tomado el destino al equivocarse en el camino y perderse lejos de su cuidado receloso. Todos los días, al despertar, a media noche cuando los ojos se rehusaban a cerrarse, cuando leía el siempre itinerante libro sobre la mesita de luz, cuando ponía la radio antes de entrar a la ducha, cuando su mente estuviera libre, la ocupaba con él.  
Ese día no llegó.
 
Ella repasó varias veces el lugar destinado para ellos, aunque fuese de mentira e imposible de concretar, existente sólo en sus pensamientos. Cuando se suponía que él debía levantarse del sofá para entrar en escena, no lo hizo. Sin embargo, lo sentía cerca, estacionado en el derredor de sus afanes, como si siguiera sentado sin lograr verlo, retenido por algo ¿Miedo? Jamás. Cómo podía infringirle miedo. 
Arrugó los ojos con todas sus fuerzas una última vez para que su cabeza expulsara las trabas disfrazadas de confusas conjeturas al no entender lo que pasaba.
Se levantó. 
El sentimiento de ausencia se acrecentaba conforme se iba desvaneciendo la juventud de la mañana haciendo que los rumores cotidianos se transformaran en intranquilidad en su estado más puro, le temblaban las manos y sentía la dicotomía entre lo real y lo inventando que ofrecen las esperanzas mal paridas. Eso de sentirlo cerca y después lejos, no sentirlo, silencio y que ahí esté de nuevo tan hermoso como recordaba, la estaba volviendo loca, porque pese a todo, a los años, a la ruptura, a los viajes gratuitos con destino a la mierda, las risas, las historias que se contaban, se aferraba como podía a la posibilidad de un " Tal vez, mañana sea el día".

De pronto, cuando terminaba de lavar los platos del almuerzo ahogada en miles de canciones sufridas, al mirar hacia la calle, lo supo. Él se había marchado a otra fantasía para complacer las mañas de la que llegó, quizás hace cuánto tiempo, a ocupar el lugar que le pertenecía.  
No era que la olvidó ni muchos menos dejó de amarla, eso imposible, pero aprendió a hacer espacio en su corazón para otras pensando que si tenía paciencia, algún día le dejaría de doler la pérdida de su Pandora.  El nombre rimbombante enmudecería, extinguiéndose lentamente en la decrepitud de la amnesia selectiva a la que la confinó y aparecería otro para levantarle alabanzas, otro que calmaría sus pesares con canciones de cuna hechas especialmente para él. Ese era su mayor deseo, que dejara de doler.

Sucumbió  ante los devaneos inconscientes de una niña senil muriendo con el pasar de los años que permaneció a su lado, pero sin tener las fuerzas para alejarse de ella porque la necesitaba para completar los vacíos que le quedaron en el alma al nacer. Inevitablemente había que hacer algo.
 
Un 25 de diciembre, cuando cayó la noche en todo el mundo y la atmósfera cargada de amor se desplegaba con el atardecer, la fue a buscar, haciendo de cuentas que aquí no pasó nada después de no hablarle por más de un año. Conversaron de lo que no se sabían caminando tomados de las manos como desde el primer día, felices hasta que el reloj en su alharaquero estrepitoso anunció que ya la noche estaba muy avanzada para seguir vagabundeando.  La dejó en su casa y nunca más la volvió a ver. Hacía tanto frío como hoy y puede ser que también haya sido un lunes... Maldito lunes.
Desde entonces ambos están inconclusos con el orgullo metido en el medio: Ella consumida en buscarle respuesta a la desaparición repentina del amor de su vida camuflado como mejor amigo, inventando escenarios para reencontrarse en momentos exactos del pasado en común, cuando las cosas marchaban a pedir de boca y el mundo era pleno, así al menos podría verlo en sus recuerdos y nadie se lo negaría. Él, huérfano de sentimientos porque nada podía superar al magnetismo que despertaron los ojos de aquella mujer, nadie lo conocería tan bien adivinándole el pensamiento incluso antes de que él mismo lo pensara. No podría rellenar los huecos en su alma desecha, pero era el precio que debía pagar si quería sobrevivir a las trampas que va poniendo la muerte circundante a la felicidad. Él no quería morir y si no daba media vuelta, moriría de felicidad.
Ese lunes ella supo que él descansaba en brazos ajenos cuando pudo dejar de ser tan imbécil, volver a buscarla y retomar la historia donde fue que la dejaron, en ese 25 de diciembre 3 años atrás.  

No asfixiaba su ausencia porque sabía que aunque amara a otra y durmiera en otro pecho, seguiría siendo suyo como siempre lo ha sido, y que hiciera lo que hiciera y la reemplazara con quien fuera, él le había regalado el corazón siendo críos todavía y ella no tenía intención de devolverlo.
Después de ella, sólo podría entregar a quien viniese las migajas que quedaron en el mantel. Los dos lo sabían.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

domingo, 12 de junio de 2016

EL DIABLOS SABE POR VIEJO (REMAKE)



Habita ese presentimiento canceroso de la posibilidad
Cada que veo parpadear esos ojos fulgurosos,
Pues el mundo es muy grande para reunirnos.

Pero sigue palpitando la esperanza,
Aferrada a la vida que nadie le ofreció,
Porque es muy pronto para arrancarla del pecho,
Y demasiado tarde para su exilio de los pensamientos.

Quiero dejar de creer, sin embargo, hay milagros alrededor
¡No puede ser azar la creación de esos ojos!
¡Tan divinos! ¡Tan perversos! ¡Tan terrenos!
Que cuando me ven, soy un náufrago en medio de la tempestad.




 Si ha de cambiar el destino, por favor que venga conmigo,
Porque estoy dispuesta a renegar del pasado si lo quiere,
Pese a que es ese pasado el que me trajo a éste callejón sin salida
Donde sólo alumbra la majestuosidad de esos candiles.

Lo sé, muy en el fondo, lo sé, amor mío,
Por eso espero a que arribe el alba y conciba un día,
Porque mis esperanzas, cual fénix, se levantan
Al saber que con ello, inevitablemente, te volveré a saludar.

Y si estoy tan segura, es que el diablo sabe por viejo,
Que cuando el universo conspira, no hay nada por hacer,
Y sé que conspira porque en tu sonrisa hay algo

Que insta a mi instinto a permanecer alerta.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

LA FAMOSA TRASCENDENCIA



El repaso incesante de todo es lo que me pasa.
La trascendencia perseguida sin victoria hasta el momento, la felicidad huraña, escasa y destruida por el llanto, los días marcando la cadencia sepulcral de su continua extinción y con eso, la vida, mi vida. ¿Qué estoy haciendo? 
Hay aniquilación de fuerzas para levantarme del vacío donde fui a caer y los brazos se hacen hilachas mientras trato de trepar por muros cubiertos de cardos y vidrios rotos. Cómo subir si las manos sangran. 
No hay fuerzas, no sé si volverán en algún momento o si es que estuvieron conmigo, tampoco sé si las quiero salir a buscar ¿Y si me pierdo aún más por ir detrás de ellas? ¿Y si no son suficientes? Terminarían alentando a los demonios a torturarme por fracasar. Tengo miedo. Como nunca antes.

Respirar es dificultoso porque existe el anhelo de dejar de hacerlo cada que se inflan mis pulmones, secándome la garganta, oprimiéndome el pecho por la misma insuflación de bombas cargadas con melancolía, pero sin explotar, no todavía pues no han dolido todo lo que deberían.
Parpadear cuesta cada vez más por el cansancio perpetuo que descansa en los ojos llenándolos de arenas que raspan lo hermoso de cada atardecer. Casi me han cegado y me dejan así, casi ciega, para que pueda ver lo que nunca será mío. Parpadear en la conciencia cuesta horriblemente más, por la desesperación de encontrar un destello de luz que marque la guía a seguir lejos del páramo donde me fui a perder. La desesperación de saber que si sigo sin retomar ruta, más pronto que tarde, me atrapara la oscuridad y de ahí, no se puede salir. Cuesta, porque quieren remendar el daño que han causado en sus pestañeos coquetos a las víctimas que cobraron al hacerse azabaches con un universo detrás, pero no saben cómo, dónde o cuándo... Y sí conocen perfectamente al quién y el porqué. Crueldad absoluta, sobre todo cuando una y otra vez se despliegan en cada mísero pensamiento los momentos desperdiciados por inmadurez y los comparan con todo lo que pueden: La película 1000 veces vista y nunca tomada en consideración, hasta que de la nada fue barrumbada por un recuerdo. Adiós película. La canción 1000 veces oída sin ninguna significancia, excepto la letra cándidamente armada y la melodía que me engatusó. Una canción, sólo eso, hasta que se asoció a un nombre, a un lugar, a un año, mes, contexto, clima, y de pronto, adiós canción.  Una calle. ¡Una puta calle!  ¿¡Cómo puede ser posible que una franja de cemento mal hecha me clavetee el entrecejo hasta dejarme imbécil!? Una calle...tan azarosa como las demás, tan fea como las demás, con los mismos árboles plantados fuera de las casas como todas las demás, hasta con la misma mierda de los perros, pero pasó bailando la lluvia, se levantó el petricor y venía con un olor a castañas asadas y las castañas asadas con unas manos que cobijaron las mías tantos siglos atrás. Adiós calle... Me queda únicamente quedarme en casa y esperar hasta que se me agote la paciencia y haga lo que Dios no quiere hacer. Pero no puedo, no me gusta. Es tan fría, tan grande, tan vacía... 
¿Qué estoy haciendo? 
Se volvió un sinsentido todo.

Una vida sacrificada y repleta de pena para conseguir lo que ostento y ahora, continúa repleta de pena por obtener lo que quise hace una vida atrás. Es gracioso el destino...
Una juventud desperdiciada en prepararse para la adultez que quería y la adultez me consume lo que quedaba de alegría por envidiar lo que la juventud pudo e ignoró. Tal vez, el límite no era el cielo...
Se siente extraño cuando aparecen las risas porque es inevitable preguntarse cuánto durarán. ¿Cuándo fue la última vez que aparecieron? Esto es el resultado exclusivo de cimentar mi esencia en "tener y deber", casi nunca en "querer o porque si." Si hubiera soltado un poco el cordel, si hubiera sido benevolente conmigo misma como era con todos los demás, si no hubiera sido tan estructurada desde la concepción, podría ser que las risas no me fueran ajenas. Pero esto es lo que me formé para vivir: Un mundo de arrepentimientos por pensar demasiado (y de qué me sirve ahora), la decadencia misma de la oxidación en mi piel (porque le echa en falta una caricia), la ambivalencia de todo y siempre tomar la peor decisión y la reverberación en desahucio de un futuro extinto antes de llegar, porque llegó solo (sin él).

La trascendencia y el miedo intrínseco a trascender, la necesidad de todo y de nada al unísono, la ceguera inconclusa y masoquista, la insuflación a la fuerza de esperanzas declaradas muertas, el mar reclamándome su tributo en lágrimas y estos ojos en huelga de lo cansados que están, echar en falta lo que no se tuvo, pero que contradictoriamente, siempre fue mío, la decadencia, el tiempo, el solsticio de invierno que se acerca a pasos gigantes y con eso, la comprobación de la profecía que me soplaron por ahí, eso es lo que ocurre.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

sábado, 28 de mayo de 2016

TOM COLLINS




- ¿Qué te traigo?
- Un whisky en las rocas, tu corazón y una mineral sin gas. 
- No puedo servirte eso Fran. Lo rompiste ¿Te acuerdas?
- Entonces un Tom Collins.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 



lunes, 23 de mayo de 2016

CUASI DELITO DE BICICLECIDIO



Como todos los días, a las cuatro de la tarde y por la siguiente hora, estaba permitido no pensar, no tomar decisiones, no planear un futuro, ni encuentros fortuitos, no amarte. Por una hora, como todos los días a las cuatro de la tarde era la bicicleta, el camino y la música lo único por lo que podía preocuparme.

Últimamente la bicicleta ha sentido la ira de la desesperación que entrega un corazón condenado a muerte, sin jamás negarle el consuelo. Hasta sus llantas se reventaron tratando de calmar mi dolor. Me da pena. No tiene la culpa, pero la paga. Ahí está, dispuesta a aguantar mis monólogos con el viento y ver mis lágrimas desfilar sobre todo cuando  pueden pasar desapercibidas con la bruma que se levanta en las tardes de mayo, en Chile, después del cambio de hora.
No hace preguntas ni menos las contesta. Anda. Me lleva. Y de alguna forma u otra, le da descanso a mi conciencia.

El camino fue minuciosamente estudiado, cosa de andar tranquila sin los disturbios que causan los autos al pasar amenazantemente cerca como imponiendo respeto por ser más grandes. Quizás así se siente dejarse caer… Amenazante.
Avenidas interminables, árboles deshojados con las constantes lluvias de procedencia intermitente, el petricor apareciendo de a poco desde la tierra que circunda a las líneas del tren, los perros que en un principio se lanzaban a morderme los tobillos, ahora se lanzan para recibirme contentos como su visita diaria que les dedica un <<¡Hola perritos!>> a la rápida. Increíble cómo cambian las cosas en tan poco tiempo…Los que en un principio te odian, con los días se alegran al verte pasar y los que en un principio se alegraban de verte pasar, ahora desconocen la existencia de un pasado en común o del cariño que se alojó en un recuerdo (Aunque vi la sonrisa que te robé hace unos días cuando nos volvimos a ver…Esto ya es crueldad, ahora que lo pienso).

La música. Mi muy amada música. No soporto el silencio. Me perturba y el ruido de tráfico, me hacen pensar e inevitablemente al pensar llego a ti. Me vuelvo vulnerable ante mis propios ataques. Creo que no hay angustia más inmensa que la que la conciencia causa al aferrarse a sus recuerdos y martirizarse una y otra vez por todo lo que pudo ser distinto. Ni el amar tanto es tan angustioso como mi cabeza cuando prolifera ¿Cómo defenderse de uno mismo? ¿Cómo inventar defensas y que los pensamientos no se enteren? ¿Cómo? Por eso hay música a perpetuidad, porque por mucho que una que otra canción me susurre tu nombre, con tu nombre viene la felicidad, aunque dure 4:48 minutos y se titule “Mientes tan bien” y sea cantada por Sin Bandera.
Sea quien sea que sea su intérprete es tu voz la que escucho sonar perdida entre las corcheas y los staccato y pese a que hay momentos, por muy extintos y resucitados, así como improbables y descuidados, en que no suena canción alguna, en mi mente siempre hay un disco tocando. No me gusta el silencio.

Hoy llovió con un sol brillando en una exhalación, efímero y misterioso, mientras mis pantalones se iban marcando de gotitas hasta quedar empapados. No podía ser mejor: La bicicleta, el camino, la música, la lluvia. La mixtura perfecta para provocar un orgasmo al espíritu, por lo menos al mío.

Miré el reloj, ya jadeando y muerta de sed y marcaba las 5:16 pm. Era hora de volver a casa, pero nunca es tarde para una última vuelta, así que desvié la ruta un par de cuadras, recalculando el recorrido para que coincidiera con la duración de una canción.
Ya cuando comenzaba el coro con su “Mírame y dime si esto no es amor” te apareciste en mi retina diciendo algo en jerigonza o no sé, pero algo, riendo tan hermoso como puede ser una sonrisa cargada de amor, con la senectud del tiempo transgredida, con los brazos abiertos suplicantes por cobijar mi espalda y antes de darme cuenta estaba de boca en el piso, con las manos sangrando, con piedras incrustadas en las rodillas, los codos en carne viva y ganas de llorar como una niña de cinco años que le teme al cuco (Sigo siendo la niña de cinco años que le teme al cuco ¿Recuerdas?).
Se puso celosa…
Se suponía que éramos las dos, el camino y la música. Le fui infiel y sólo me pedía una hora al día. Le dolió y quería mi dolor por lo que soltó sus cadenas y no quiso ceder. Me lanzó lejos, directo a la calle, anhelando mi muerte por atropello…Típico de mujer despechada.

No quiso volver a andar. Estúpida bicicleta.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

viernes, 20 de mayo de 2016

LA FAMOSA ESPERA



No hay nada que esté a mi alcance para negar lo que pienso
Porque he decidido a darme una oportunidad de encontrar la felicidad
Y creo en serio que en algún lugar de esta ciudad
Está escondido mi príncipe azul  pintado en un lienzo.

Abro los ojos más que nunca para no pasar por alto la ocasión
En que se dé la coincidencia de que te me cruces en los caminos
Y sepa diferenciar a los malos, de los amigos
Y a no embriagarme en las promesas que ofrece una canción.

Estoy instruyéndome en ser más terrenal en mis gustos elegantes,
A no enloquecerme por lo que anhelo y no puedo tener,
Porque si  pretendo amar como quiero querer,
He de adormecer a mis ilusiones embriagantes.

Si estoy aquí, ahora, será por una razón que todavía no entiendo,
Porque el destino puso manos negras donde no se podía entrometer
Y nadie le dijo nada cuando lo habían hacer,
Pero lo acepto tranquila y mientras tanto, seguiré viviendo.



Tan sólo pido que me marquen los senderos recónditos y despoblados
Para no perderme en las encrucijadas que me tientan a ceder,
Cuando tropiece con las doscientas mil piedras que me harán caer,
Y que siempre que mire a los cielos ya no se presenten nublados.

Quiero una historia de amor de las que el mundo casi nunca presencia,
Un romance que me arranque la cordura de la que tanto presumo,
Besos apasionados, caricias desatadas cuando las trabas difumo
Levantando suspiros erotizados en esencia.

Me lo merezco, porque ya he sufrido lo que en una vida, toda la humanidad,
Soportando el peso del planeta sobre mis hombros por un largo espacio,
Absorbiéndome la vida y sacando mis vestiduras despacio
Para probarme las agallas al quitarme la dignidad.



 Ya no creo que el primer amor sea el importante,
Porque me ha dejado más vieja de lo que recuerdo ser,
Con llagas en los labios y con el corazón llegando a desfallecer
Sobre la cara de un futuro venidero y asfixiante.

Se vienen mejores tiempos, con mejores cosechas,
Porque se dice que todo sucede porque tiene que ocurrir
Aunque admito no lo supe hasta verte partir,
Dejando a mis fantasías perpetuamente insatisfechas.


Hay que seguir siempre decidida y con la mirada en alto,
Como si aquí la tormenta nunca hubiera tocado tierra,
Porque si he de acostumbrarme al dolor que encierra
El destino vacío, no puedo pretender que no le amaba tanto.

(O fingir que la angustia de su ausencia no causa mi llanto)



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

sábado, 14 de mayo de 2016

LA MISERIA



Rescátame de ésta miseria de vivir buscando tus ojos en cualquiera que vea pasar sin encontrar ni rastro de mis añoranzas, esos donde el mar podía hundirse y desaparecer para siempre tranquilo. Los ojos que alguna vez robaron mi cordura.
Esta miseria de necesitarte al despertar y en cada segundo del día, todos los días, todos los años, viviendo de la esperanza disoluta de verte pasar haciendo de cuenta que el tiempo no ha transcurrido entre nosotros, que lo dicho, no se dijo jamás, que nuestras manos nunca vagaron huérfanas…Que tú sigues siendo mío.
Me agota mi propio afán por sacarte de mi cabeza de una vez y por todas, tratando desesperadamente de reemplazarte con cualquier luz que se asemeje a la tuya, pese a que sea sólo una ilusión destinada al fracaso desde el minuto en que nació. Nadie se parece a ti, por mucho que intente convencerme de lo contrario.
Rescátame de  esta miseria y regálame el futuro que nos prometimos cuando éramos críos, pero que hoy es menester recuperar. Nunca es tarde para enmendar el daño. Era ciega y ahora puedo ver. No estás.
 No encuentro consuelo en mis conversaciones con el mar porque necesito conversar contigo de la ausencia crónica de todo lo que pudimos ser terminando siendo nada, incluso cuando lo fuimos todo. No hay consuelo en mi descanso porque apareces tal como te vi la última vez con los galardones que le ofrecías a mi corazón y la luna que pusiste a mis pies. Era ciega y no supe que me pertenecía tu cariño desde que nos conocimos ni que agonizaba tu espíritu al relegarte a mi indiferencia. En ese momento no tenía nada más por ofrecer. Había piezas de mí esparcidas por todo el lugar sin poder componer el personaje que te gustó.
Anoche soñé que te volvía a ver caminando en la misma dirección que mis pies, sin rencores y con las ilusiones renovadas. Lo supe porque te vi reír. Después yo corría por un pasillo como escapando de algo que me perseguía desde el principio de los tiempos para cobrarme la vida y al acabarse el camino, un balcón desplegado con vista al océano tenía una mesa donde muchos de los que presenciaron el derrumbe de nosotros, se encontraban riendo. Tú estabas de espaldas, pero sabía que eras tú. Tú sabes por qué. Toqué tu hombro reconociendo en el tacto que ya no había el rencor que me profesabas y que tus heridas cicatrizaron sin dejar marca. Hubo un lapsus. Recuerdo las cosquillas propiciadas entre los dos y tus dedos jugando con mi cabello, ahora mucho más corto y algo más claro de lo que conociste, sentada en tus piernas porque no había otro sitio donde hacerlo, no había sitio más seguro ni más familiar. Había vuelto a casa. Era la misma que construimos entre charlas inocuas, la famosa casa submarina para que yo pudiera invitar a tomar el té a la sirenita. Desperté.

Rescátame de esta miseria porque ya extrañarte como lo hago me agota la vida y ya no estoy segura de que exista algo después de la muerte o si es que la muerte dejará de ser mezquina, conformándose  con alejarse de la felicidad para que podamos… Estoy tan cansada de todo esto que ya ni  ganas de escribir me quedan, renunciando así a la posibilidad de que algún día por cualquier razón escudriñes una de las piezas que no pude encontrar  y veas que mis intenciones son puras, que mi arrepentimiento es sincero, que ahora soy yo la que te trae la luna y que si escribo es para ti.

Renuncié a lo que más me aferraba con tal de ti, pero parece que ya no es suficiente. No sé qué más hacer. No sé dónde buscarte. No sé si ya me olvidaste o si me sigues odiando.
Te pido que me odies a que me dejes de pensar. Ódiame si eso sirve para curar tu corazón después de no haberlo cuidado cuando lo tuve en mis manos. Ódiame si te da paz. Ódiame si la melancolía te ataca robándote la sonrisa. No resignes tu sonrisa. Ni siquiera por mí.

Rescátame de esta miseria por piedad. No es de cristianos dejar en agonía a un moribundo. Ven a rescatarme pronto o ahógame en las profundidades de tu olvido, pero ahógame y no vuelvas a aparecerte en mis sueños, ni en mi inconsciencia, ni en mis pensamientos. Cierra para siempre lo que nos conecta. Libérame de ti y deshace lo que hiciste conmigo, porque no puede ser natural todo esto  y sé de lo que hablo y tú también, porque para bien o para mal, conoces mi naturaleza y  lo que llevo a cuestas y por la misma razón traigo arraigado un presentimiento con respecto a ti desde un tiempo después de dejarnos de hablar que sigue luchando para generar ruido  en mi interior, inquietud en mi andar y con los sentidos espabilados para no pasar nada por alto. Todavía quedan puertas medio abiertas y ahí estoy, esperándote  hasta el día que decidas regresar, mientras tanto seguiré respirando de tu ausencia y dedicándole una oración a tu alma complicada.  Sigo aquí, en el umbral peleando con el tiempo por insolente  al hacerme creer que 7 años tú pudieras guardar tu amor, tras no hablar hace 3, tras no hablar sin pelear hace 4, tras enseñarme a parpadear cuando lo perdí todo hace 2, por no sacar de mi cabeza lo relativo a tu nombre desde hace 1, por tenerme aquí angustiada sobre el computador desde hace una hora, por suplicar amnistía y expiación  para mis errores hace 10 minutos y por preguntarle a Dios hace 1 segundo el motivo de tanto mal… Insolente.
Ésta es la miseria… La vida sin ti.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER


martes, 10 de mayo de 2016

DE CUANDO SE ENAMORARON DE MI




Si el tiempo fuera benevolente y decidiera desdoblarse sobre si mismo justo al día en que vi sus ojos y contesté su saludo, quizás no le hubiera dicho buenos días.
Si la historia se pudiera reescribir y borrar los errores que por joven se comete y se rellenaran con lo que hizo falta para que por éstas fechas, siete años más tarde, estuvieras acá soplándome el insomnio.
Si nunca hubiéramos coincidido, tú serías un extraño pasando por la misma calle que transito con habitualidad. Tal vez no te hubiera visto, pero coincidimos cuando era prematuro.  Quizás el inglés tuvo la culpa de todo.

Había oscuridad cuando llegaron los primero aleteos de un amor suplicando amnistía y mis brazos para cobijarse pero, mis brazos tenían dueño celoso de los abrazos que pudieran entregar, pese a que tampoco eran entregados a él. Tenían dueño que me cegó la vida, quitándome el corazón desde el nacimiento. Dueño que con el tiempo…
Había oscuridad y demasiada juventud mezclada con caprichos camuflados como romance, idiotez si se quiere, horas de sobra para pensar que el futuro vendría prometedor y noches de tranquilidad vagando en el firmamento, y ahí fue que apareciste. Yo no quería, pero apareciste hablando en lengua familiar, aunque sin significancia. Desde otra vida podría ser. Apareciste.

Fue entonces que las noches se convirtieron en infinitas caminatas por las calles al azar, tú y yo, sin tapujos y sin disfraces, desnudos de pensamiento porque estábamos en casa. Tú y yo, tomados de las manos como si fuese casi un reflejo innato, sin preguntarse jamás el porqué de nada, convencidos de que desde la tierra es tierra, debíamos encontrarnos. Parece que la tierra transmutó.
Los ojos no aprendían a parpadear aún. Mi corazón latía lleno de ilusiones levantadas por el dueño celoso de mis brazos y estabas ahí, siempre ahí, al alcance de mis dedos cuando un choque de energía se desató en el instante en que toqué tu cara, como la condensación de una eternidad reducida a ti, trayendo la reconstrucción tardía de mi destino, perdido hasta entonces, para quedarme aferrada a una posibilidad. Recuerdos que no eran míos se desplegaron de pronto y apareció, por primera vez, el sentido de  pertenencia junto con el magnetismo misterioso que se une a las profecías. Había retornado a ti. Estaba a salvo, pero ya era tarde, porque era cobarde y temerosa de perder a lo que estaba acostumbrada. Tenía miedo de conocer algo nuevo, como cuando se está habituado al pan y al agua y aparece enfrente caviar y trufas. Tentador, pero no sé. 
 Dicen que es mejor diablo conocido que diablo por conocer ¡Yo te conocía! ¡Te conocía!  ¡Dios santo! Pero estaba ciega…
Parecía ser que existía algo más poderoso que la vida misma, necesitando más de una para concretarse y tengo miedo de que por esta la historia haya finito. Me niego a pensar que no te volveré a ver y que tendré que silenciar la carga que llevo en el pecho tras aguantarla como el peso del mundo, no poder pedir perdón por haberte roto el corazón ni poder contarte que ahora sé cómo repararlo, sólo necesitaba tiempo para aprender, lo horroroso es que en ese tiempo te perdí (espero no para siempre).

Deambulaba ciega, sorda y muda, atada de manos y pies y con un pensamiento fijo en la cabeza, fue por eso que no supe de tus afanes conmigo. Estaba hipnotizada por la belleza de otros ojos, los del dueño de mis brazos, sin saber que perseguía la luz del diablo, haciéndome renunciar a la felicidad por presentarse cobarde interpretando un papel. El diablo se disfrazó y me hizo caer. Me persiguió hasta quitarme el alma. En el alma ibas tú.
Pasaron los años y mi corazón incólume comenzó a desbaratarse, porque para soltar una amarra, tenía que renunciar a un poco de mi humanidad, siguiendo una trama sin fin de dolores tan inmensos que el insomnio se hizo presente, enviando imágenes de muerte y catástrofe para llevarse  mis ilusiones. Tras haber profanado un cuerpo, se pierde toda la humanidad, aunque algo faltaba. Algo no estaba bien. Ya casi no me quedaba corazón. Aprendí a parpadear entonces.
Las piezas se acomodaban noche tras noche para resolver el conflicto durante un par de años, trayendo intranquilidad por todas partes, siempre alerta y pendiente por si algún día se me era entregada la absolución de mis pecados, por si me devolvían mi alma y encontrarte de frente. Entendí que el dueño de mis brazos nunca lo fue. El dueño de mis brazos eras tú.

Tuve que romper mi corazón miles de veces para poder pagar el tuyo y saber al fin, lo que agonizar de amor significa. Tú por mí cuando niños. Yo por ti cuando viejos.
Regresan las esperanzas guardadas para el día del juicio final, y para ser sincera, no creía las tenía. Regresan mortificándome un poco más, al mostrarme entre sueños la candidez de tu sonrisa que por aquí no se aparece hace 4 años. Sin embargo, proliferan en la idea de que cuando el karma se hubiera restituido, tú leerías mis porquerías, o me verías pasar y podríamos ir por un café (como hace 6 años atrás, un día de marzo, cuando la universidad aparecía como un mundo desconocido y no como una carga que sobrevivir y volver a mi casa), que cuando saliera a dar mis paseos en bicicleta por los alrededores, choque contigo y todo se reduzca a risas y nada más, que cuando vaya camino del hospital en la mañana, tú vengas camino de tu trabajo y nos juntemos en la esquina de Amunategui con Huérfanos (como antes) reconociendo que nada ha cambiado, o que todavía exista la unión que nos hizo encontrarnos en esta reencarnación y mis pensamientos llamen a los tuyo alterando tu sentido del orden. Francamente, pienso que todavía nos llamamos.

Aprendí a parpadear, tarde, pero lo hice. De que lo lamento, lo lamento. Que me hubiera gustado conocer la luz antes de todo, me habría gustado. Que aún persigo tus pasos, lo hago. Que traigo mi corazón como ofrenda, para que ahora seas tú quién lo cure, aquí está, es tuyo, así como yo, antes, ahora y siempre. Que te voy a esperar, estoy esperando.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER



© Francisca Kittsteiner, 2008 - 2009.
- Franykityzado por Klaus, ©2009.