martes, 23 de agosto de 2016

EL CIELO EXANGÜE






La puesta de sol cuenta una historia transfigurada en un déjà vu constante, distorcionándose el tiempo un poco con el cambio de hora, quedando todo revuelto, cuando, de repente los implicados se odian y se vuelven a amar, pero esta historia con cada sucesión de días, se comienza a cargar de magnificencia hasta lo absurdo, casi irreal como la que acaba de extinguirse detrás del término de una marea enardecida que pelea contra el mundo porque está sola el día en que todos andan en pareja dibujando corazones donde la espuma besa a la arena.

El sol le hace galardones de oro a la luna, quien lo observa desvanecerse para complacerla al entregarle  el trono del firmamento sin peleas ni celos, como viejos amigos cómplices de un delito, mientras las olas se arremeten con todo su poder frente a las rocas, destruyéndolas y culpándolas por la mala fortuna parida al encontrarse con su amado en la franja que no les pertenece a ninguno de los dos, ni mar ni firmamento, ni tierra ni cielo, sin embargo, siempre ahí, divisoria, porque pagan los pecados cometidos en el principio de los tiempos,  cuando el mundo se incubaba, y porqué no los sin cometer. Esa franja, terreno de nadie y donde sólo ahí se permite el romance.

Hoy, justo hoy, el cielo se queda exangüe en un degradé de colores carmesí y azules intensos, ofreciendo su sangre por consuelo al mar y ella lo cura con vapores salinos, escociéndole los lánguidos brazos suplicantes por hacerle el amor bajo el escondite entregado por las nubes tímidamente celestinas. 

Ella llora y maldice su desgracia, mientras la luna coquetea a la distancia con su galán el viento que le cuenta de los sonetos escritos para ella entre susurros y caricias delicadas. Cánticos angelicales con mensajes de esperanza y fuga… Ella ruge y hace desaparecer todo tras una cortina de agua elevada hasta el espacio al tratar de alcanzarle sin lograrlo y la espuma la corona con pastos arrancados desde su fondo por piedad. Tan hermosa como peligrosa que parece ser un fantasma penitente vagando por el horizonte sin saber si existe o es otro invento del atardecer, caminando en un pie en el filo de la angustia y la muerte.

Muestra sus lágrimas en el estallido de las olas y la masacre de sirenas, su rencor contra el destino.

Aparece ya la puesta de sol. El telón está a punto de caer  para concluir la obra, y la infaltable gaviota se cruza por el medio. También está sola y en secreto, sufre de amor por sol… 
Pasa todos los días cuando sabe que mirará a la mar y aletea tan fuerte como puede, por sí en una de esas, le regalara una sonrisa…Se presenta a la misma hora sagradamente todos los días desde su nacimiento para ver si el sol se enamora de una gaviota enloquecida de ansiedad por amarle en pleno. 


Escrito por: Francisca Kittsteiner.

sábado, 20 de agosto de 2016

CARTA CERTIFICADA POR FAVOR.





Soy yo, con la experiencia de los tropiezos acarreada con la edad y con la decision que alguna vez escaseó tomada por las astas. Todavia escasea, pero aprendí a cruzar los ríos y a renunciar a lo que se pueda perder con tal de la posibilidad de obtener lo que se quiere.

 De la noche a la mañana sentí la necesidad de reparar los  daños, quizás sea  condicionada por la vocación, no sé, sólo sé que aquí estoy, comportándome acorde con el tiempo, haciéndole honra al alma vieja y dando la cara por aquella chiquilla obtusa a la que  llamabas  Dalilah y respondía a la voz de su Samson. Nadie me ha vuelto nombrar así.


De repente, aparecieron  ecos de voces ya habladas susurrando en mi oído palabras que en su tiempo no supe oír y que hoy retumban condenando la estupidez parida por la juventud. Si tan sólo se pudiera regresar las horas con la ilusión senil de tomar tus manos al caminar en la noche. Pero no se puede. Lo que sí se puede, y nunca es tarde,  es pedir perdón por si acaso. No se donde cometí imprudencia, pero por si acaso.

Existe ese rumor inquietante en el aire advirtiendo porvenir, siempre incierto, pues es una lengua que sólo el alma puede entender, obligándola a permanecer alerta por si algo en el universo decidiera cambiar, mortificándola cuando se muere en la inconsciencia, mostrándole imágenes tiernas de un reencuentro postergado en el tiempo, la vida desplegada ante nuestros pies, mientras hace que los sueños una vez compartidos dejen de serlo y se conviertan en realidades cumplidas para el regocijo de nuestros corazones.

"Qué hubiera pasado sí" es la pregunta que ronda por las marañas neuronales y no deja de repetirse volviéndose insostenible el correr del día, al punto que me obliga a romper la promesa de permanecer entre las sombras para que mi nombre no cause más dolor. En este minuto, el orgullo puede irse a la mierda porque es menester confesar lo que traigo en el pecho, antes de que se pudra y termine envenenándome por la falta de entereza de no haber hablado cuando se suponía. Ahora sé lo qué decir. Ahora sé qué hacer.


Y entre tanta locura aparece un oasis que puede salvarme la vida; ya pasaron dos años… Y una vez me dijiste que te alejarías por dos años… Plazo cumplido.


Hay algo todavía vivo. Hay algo que, pese a que me aniquila un poquito cada minuto, me mantiene viva un día más. Puede ser la decisión de la  muerte que rondaba a la felicidad de marcharse lejos, liberándote de sus ataduras para que puedas volver a mí. Ahí únicamente tú  tienes mandato. No puedo obligarte, sólo puedo escribir... A lo mejor también me cruzo por tus pensamientos ¿Es así?

No es la primera vez que las letras son  a propósito de ti… Hay cientos de papeles dando vueltas por todos lados, contando el paso efímero de tu presencia vanagloriosa en estos recodos mas, verte un domingo, alteró el sentido del orden establecido, causando que un terremoto derrumbara la farsa enmascarada por el sucedáneo de una existencia feliz a la que ya me había  acostumbrado, al pretender rellenar vacíos con estudios, charlas con amigas sobre rememoranzas del colegio, la contemplación de una foto puesta en el escritorio ( foto que tú mismo me diste para una Navidad ), viajes constantes al lugar favorito del mundo con tal de sacarte de mi cabeza. 

Destrucción masiva. 
Holocausto sentimental. 
Armagedón de soledad.


 ¡No puede ser coincidencia todo esto! ¡No es posible!  ¡5 años en la misma ciudad, a un par de estaciones de distancia, un año las facultades casi al lado y nunca el destino fue piadoso!  ¡Nunca!  Y ahora que vuelvo a casa, con las esperanzas deshechas, te he visto dar innumerables paseos… No puede ser coincidencia. El destino grita con los pulmones llenos de sangre, la decidia de la voluntad y sus consecuencias, las historias contadas cuando me secuestraba la melancolía y acudías a rescatarme con tu voz particular. Grita el suspenso entre nosotros y la consumación de los planes aguardando a la vuelta de la esquina. ¿No lo oyes? Grita....

Haber renunciado a mi orgullo, es testimonio de la pureza de las intenciones (es a lo que más me aferro, pero languidece siempre ante ti). ¿Qué  ha traído el puto orgullo? El lado derecho de una cama vacío llenándose de escarcha porque no conoció a quien le traería primaveras en resurrecion. Aún me pregunta si algún día albergará lo que le prometí cuando le cambiaba complicidad por quimeras. Y entre tanto que le contaba a las almohadas sobre ti, se me aburrieron por lo que decidieron  llamar al lado izquierdo de tu cama, el que te  convencería de pasar la noche conmigo en vilo y sin cansancio, sino reberberantes y persecutorios. No hay respuesta todavía. 

Me recrimina que le mentí, le levanté fantasías y no he cumplido, pero no me entiende, no entiende que recorrí el mundo con tal de provocar una coincidencia y volverte a ver, sin resultados.


No sé qué hiciste conmigo.


 Tal vez fue no haberte besado de improviso, pero cómo  hacerlo si las mañas consumen. La iniciativa nunca ha sido lo mío sino todo lo contrario, el resguardo bajo la fachada de víctima de un robo sutil de besos ansiosos... Hasta ahora, los besos han de hurtármelos, porque así  de la nada, no se entregan... No me da el cuero. 

Tengo el corazón duro, sí, y también  las piernas de hilachas, la voluntad de un caracol con hemorragia cerebral, pensamientos repletos de veneno listos para atacar cuando tengan el momento, raciocinio por toda la humanidad que me hace analizar a la fuerza universos paralelos en dos segundos para no invocar a un paso mal dado, y no está de más decir,  el anhelo vehemente de ver aparecer tu figura al final del pasillo dispuesto a conversar, como dos adultos,  la ausencia de determinación. No pido otra cosa que no sea eso, una charla con altura de miras para saber qué  mierda fue lo tan grave entre los dos como para llevarte a desaparecer.


Soy ésta mujer, la con el instinto más vibrante que nunca porque siente aquí dentro, en el lugar donde cree,  habita el alma, que pronto los caminos se van a fusionar hasta llegar a un callejon sin salida, donde nos quitaran las las barreras, permitiendo, por fin mirarnos a los ojos y los ojos no saben mentir.

 Esa sensación terrible de tener conciencia de lo inevitable. ¡Somos inevitables! El Opus magnum del destino que se aburrió de jugar con nosotros ¡Espabila! ¡Deja ya la tonterita!


Soy esa mujer, que volvió  luego de haber discutido con la niña que solía ser, con el mejor consejo o  más bien,  la reminiscencia ofrecida por la chiquilla insulsa... El soplo de que hace tantos años  atrás, cuando el verano daba sus primeros albores, me buscaste, me hablaste y te ganaste mi corazón de a poco. Me la debes. Ahora me toca a mí. ¡Espabila!


Con cariño.


Esta mujer. 


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER.



miércoles, 17 de agosto de 2016

DE CUANDO GANÓ EL ORGULLO

¿Un mundo? ¿Cuándo la distancia ha hecho su trabajo? Hay lazos que no se pueden romper y hay vidas que no se pueden separar. Te lo dije.

Es como si de una forma viciosa se persiguiera el rastro de caminos conocidos, pese a  nunca haberlos andado, simplemente por engatusarse en el perfume de una piel añorada: O tú sigues el mío o yo sigo el tuyo.
La estela nunca desaparece, aunque dos metros de nieve le caigan encima, son más poderosas las jugarretas tortuosas tendidas por el destino cuando se aburre ¡Me importa un reverendo rábano que juegue a lo que quiera! Pero por Dios, nos deje tranquilos.  O nos junta de una vez y definitiva, o nos manda a cada uno por su lado, tú en Marte y si me permite, me cambio de galaxia.

Levantarse con el presentimiento de verte, casi todos los días y deambular con los ojos abiertos, los oídos afinados y el corazón vulnerable, para que llegada la noche, cuando le estoy poniendo llave a la puerta, algo muera en mi interior por no haberse cumplido, me está quitando la cordura gota o gota, al buscarle la quinta pata al gato con tal de hacer coincidir cualquier cosa con tu nombre: Procurar, por ejemplo, que el cabito de la manzana se salga justo cuando, recitando el abecedario, se le da vueltas hasta llegar a la letra inicial de tu nombre (Aunque sea a la fuerza). Se supone que delata a quien está pensando en ti. Nunca comí tantas manzanas.

Vuelve la esperanza de reparar el daño en lo que no alcanzó a existir. Un cabal agonizante me escupe en la cara el hecho de tu olvido. musita fracasos por todos lados. No sé perder. Quizá te soy indiferente y soy yo la penitente de un fantasma, estando menesterosa de ti, por apegarme a lo conocido y sucumbir ante el terror horrible de arriesgar el amor a lo incierto.  ¡No puede ser! El instinto me dice que no es así, sino la desesperación engendrada por el raciocinio. La razón no siempre tiene la razón… “Principio de incertidumbre”.

¿¡Para qué seguir haciéndonos los tontos!? Aún puedo sentir a tus pensamientos llamando a los míos y más por las noches, mientras apareces intermitente en mis sueños con mensajes sin descifrar, pero que cuentan una vida entera al parpadearme ilusiones de que todavía mi nombre genera ruido en tu planeta.  ¿A        quién hay que darle explicaciones? Si esto es entre tú y yo ¿Al orgullo? ¿Y qué sacas?  Tú, allá tal vez dónde, llenándote el vacío quién sabe con qué y yo aquí, otra vez escribiendo porque le tengo miedo a dormir y que no vengas a conversar un rato antes de abrir los ojos cuando cante el gallo.
Tú y yo sabemos que aunque hagamos lo imposible para tratar de vivir en paz, tú en tu rincón y yo entre mis libros, siempre está el viento advirtiendo porvenir, diciéndome que me extrañas y diciéndote que te espero, noticias lleva y trae, besos lleva y trae, es por eso los escalofríos sentidos a media tarde. ¡Somos muy cínicos! Haciendo como si nunca hubiera pasado, nunca habernos conocido, dejar correr el tiempo hasta convertirse en varios años, rellenando resentimientos con pieles prestadas, después de encontrarle un sucedáneo al amor, sin preguntarle jamás a nadie por los huesos del otro y muriendo de ansias por mandarnos recado…

No nos hablamos, no nos vemos, no nos “amamos”, no nos “buscamos”, no nos interesamos, y sin embargo, tú y yo, sin querer, aprendimos a hablar viento. 


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

jueves, 11 de agosto de 2016

EL PACIENTE DE LAS 12

                 


  Ocurre algo particularmente extraño. Hoy atendiendo en lo cotidiano del día a día  y la rutina del hospital , con la escarcha  en las ventanas y los ojos fijos en el reloj ansiosa de que dieran las 12 para poder salir y terminar la jornada, apareció un hombre dolorido del pecho, con tu cara, tus ojos cansados, el mismo brillo que vi al conocerte, pero marchito por la edad. Era un fantasma de las navidades por venir. Y de la nada me encontré preguntándome qué será de ti, si acaso te habrá tratado bien la vida o le habrás encontrado cura al amor.... ¿Por qué cada cierto tiempo, como intervalo sagrado o un bien, un paroxismo de demencia, algo se encarga de recordarme tus recuerdos? ¿Será por ésta historia inconclusa entre los dos? ¿Será el exceso de cafeína apoderada de mis nervios la que me hace alucinar o quizás, tú invocándome a la distancia? ...

- Cuénteme ¿Qué puedo hacer por usted?
- Tengo miocardiopatía de Takotsubo, doctora, y ...- Me ausenté un segundo.
- ¡Ah! Síndrome del corazón roto... - Interrumpí.

¡Cuántas veces tendrá el destino que gritarme a los oídos los errores que cometí!  Puede ser que tú también lo hayas padecido y nadie lo sabía, lo más lógico era culpar al amor maltrecho nacido en la juventud. 

Debí haberme reportado enferma en la mañana, así no estarías bailando flamenco en mis lamentaciones, fantasma de las navidades pasadas.
¡Maldición!


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER.

miércoles, 10 de agosto de 2016

EL DESPARRAME

Pensó que está vez sería fuerte. Nada ni nadie la haría llorar, porque por mucho tiempo derramó  lágrimas  sin agradecer, así que se convenció durante meses de recuperar la entereza perdida hacía  ya varios años. Otro espejismo.

Pedazo a pedazo se fue descomponiendo el ímpetu de sus fuerzas, languideciendo como hilachas al aire, cuando empezaron a humedecerse los ojos, advirtiendo la destrucción del mundo en la inundación de Noé. Sin control el desfiladero de lágrimas fue corriendo el maquillaje, repitiéndose para si misma " que no te vean llorar" "no te puedes dar el gusto" " espera a casa". No obedecieron y lo mejor era echarse la chaqueta encima pretendiendo dormir, mal que mal, era un viaje de una hora.
Bastó una palabra ¡UNA! Para que su felicidad se fuera por la borda y los reproches de sus pensamientos tomarán venganza por dejarlos pospuestos cuando los tiró  en algún camino. ¡Esa puta inseguridad que desgracia la vida! Tan inteligente para algunas cosas y tan tonta para otras... Por primera vez en quizá  cuantos meses lloraba por ella y por el tango bailado con la decepción toda la mañana. Duele menos cargar con un corazón roto que ver desplomarse en el espejo.
Iba en caída libre al mismo infierno del  que salió a duras penas. "La miserable condenada a sus pensamientos"  ¿ Por qué  atacan? ¿ Por qué lastiman tanto?. Todavía no se secaban las costras de las llagas infringidas al escapar y de nuevo al fondo, por último quedarse estoica, insensibilizada hasta que hubieran cicatrizado, pero ella no vino con un botón de "ON/  OFF emotions" defecto de fábrica.

¿ Qué  ganaba con llorar? El martirio.  Nunca es suficiente.

Una vez quiso colgar los guantes, pero fue por cansancio. Durmiendo 1 hora al día, así  no hay cuerpo si aguante, sobre todo cuando se lleva al límite para probar valía.
Hoy quiso colgar los guantes porque era infeliz. Así  No hay alma que aguante.

Golpe, tras golpe, tras golpe. Sabia que el huracán no había amainado y probablemente, nunca lo haría,  todo este tiempo ha estado suspendido en esa calma que precede a la calamidad. "¡Qué  venga! ¡Qué  Me mate luego si va a matarme! ¡ Aquí lo espero!" resonaba a gritos sordos en su cabeza.
No saber curarse, cuando se anda curando al resto. Las contradicciones del destino.
No se puede suturar la confianza y dar analgesia a los dolores espirituales. No se puede reanimar a las ganas de continuar. No se puede tratar cuando ya no hay nada más por hacer.  ¿De qué  valía curar al resto!

Se va agotando la hora y el maquillaje sigue corrido, las lágrimas no dejan de caer, la conciencia pide escape o dormir y no despertar. Estan muy desparramados los pedazos de ella para intentar recuperarlos y poder escapar nuevamente desde el abismo. Trabajo perdido, como ella.

¿Por qué  siempre se quedaba sola con sus demonios? Tortura.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER.

sábado, 6 de agosto de 2016

DE CUANDO TE ESCRIBÍ UN POEMA.




Si quieres saber, te diré:

Se comienza con una palabra desencadenando una reacción de ideas descabelladas dentro del pecho. Luego hay que hacer de tripas corazón y del rencor cariño para inventar un mutante extrovertido, congelando el tiempo un instante tan minúsculo incapaz de contener un alfiler dentro.
Se llora escribiendo para entender los reconcomios inexplicables que yacen aletargados en el fondo del mar azul encerrado en unos ojos tristes, en el prado verde de un alma y en un otoño inexorable de un cuerpo cansado.

Es difícil encontrar un por qué, transformarlo en un quién para morir con las ansias de averiguar el cómo, tras vender el alma a cambio del cuándo. Tener un romance de cinco minutos perdurando para siempre en la memoria de un agonizante por volver a amar.
Se siente la necesidad de ser feliz de la nada y no pedir más, o bien, quejarse de todo lo que no se hizo, dijo o querido entender.

Odiar, amar, vivir, morir, agradecer, renegar, pedir, dar, aprender, querer todavía más, y renunciar al universo, invocar a la trascendencia cuando se desnuda el pensamiento frente a un papel ardiendo de deseo por los toqueteos sagaces de un lápiz bailarin, que cuentan, después de hacer el amor, el motivo de tanta exuberancia para escribir un simple saludo. Hay tantas formas de saludar, que las palabras son prescindibles, la piel innecesaria, las distancias un chiste y el orgullo una cucaracha.

El mejor amigo de cualquier razón es el siempre impecable desgarro del silencio, en la exactitud ofrecida por el despliegue de imágenes soltadas de tiempos mejores al imaginar el protagonismo del romance entre un hombre medieval, venciendo a los gigantes de viento,  cabalgando sin rumbo y  la fantasía de enamorar a su Dulcinea tan terroríficamente idealizada.

Es entonces preciso volver a nacer con cada nueva mirada regalada al alba…

No todo empieza con un "érase una vez" y termina con un "vivieron felices para siempre", ni se trata de la princesa en peligro y el amor del príncipe encantador,  se trata de hacer el mundo un tanto mejor ocupando escenarios para que tú y yo sigamos siendo tú y yo, pese a que nunca lo fuimos. No hay muerte, ni destrucción, ni caos o despedidas, ojos vidriosos ni corazones rompiéndose. Aquí, donde sólo yo puedo gobernar, la historia comienza con un "Ahí estaba él. Ahí estaba ella." y termina con un "No había nada por hacer, seguían amándose y esta vez, no lucharían contra eso."

Así fue como te escribí el primer poema.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER.

martes, 2 de agosto de 2016

LOS DICHOS DE MARTE



Hubo plenilunio cuando julio nacía en 21 y el invierno dio tregua mandando lejos al frío glacial que se había apoderado de las noches esa semana  y  las estrellas alumbraban las promesas del mundo invitando a los perdidos a enamorarse del sol  en vez de desperdiciar la vida jurando devoción al desengaño.
Un puñado de luceros se desparramó en el universo, marcando el camino de regreso a la cordura después del fallo en el alumbrado marchito por el vendaval. Hay que saber leer al cielo, puede ser traicionero cuando quiere.  Y ahí estaba Marte sonriendo con galantería porque buscaba seducir una última vez en la noche, antes que el orgullo se le hiriera todavía más al no encontrar quien se lo sanase, pero nadie elevaba la vista, a nadie le interesaba verle sangrar. Es el pago por ser inalcanzable: La soledad eterna y un lecho vacío.  Marte no quería renunciar a la posibilidad, pese a la sapiencia de ser en vano.
Susurros de ánimas penitentes comenzaban a llenar la brisa nacida en las copas de los árboles. “Está cerca – Decían. – Ten paciencia. Espera.”
Una pasó por mi lado tomándome la mano en su desesperación por hacerse notar, aunque debí haberle dicho que eligió mal a quien reclamarle atención, porque mis ojos fueron robados tiempo atrás y sólo me quedaba el recuerdo de los espíritus pasando por las calles a media noche, sin saber si pertenecían a la luz o a las sombras. Me quedé en silencio. No era necesidad destruir las esperanzas de un alma condenada y yo no quería estar sola.
La respiración no se congelaba ni dejaba vestigio de su existencia y las sombras tenían insuficiencia de amor, mientras lloraban por un nombre resucitado desde la angustia de dos tazas de café enfriadas sobre la mesa. El café nunca volvió a tener el mismo sabor, era algo parecido a la extinción lastimosa de besos que nunca le di y a la momificación paulatina de estos labios faltos de uso, pero suplicantes de reconsideración por los males cometidos y las decisiones arraigadas. Es cruel pensar que aquellos que les juraron fervor sean los mismos que me los condenaron a la sequía y al tormento. Nunca nos pudimos besar.
La atmósfera se cargó de melancolía cuando la noche brillaba con más ímpetu y se me escapó la sombra sin aviso.  Se detuvo el tiempo mientras conversábamos sobre negocios con la luna: Ella me deja echar un vistazo al futuro de vez en cuando y yo le cuento poemas cuando aparezca triste tras la cordillera. Son diez años que llevamos con lo mismo. ¡Cómo pasa el tiempo Dios mío! Asimismo, ahora se me fue la mitad de la madrugada hablando con ella.

Sentí la insinuación de una fantasía y sus manos desnudándome con una cadencia vehemente, el recorrido de su respiración por las profundidades de mi piel y el placer alzándose al encontrarnos en una profecía susurrada para un día de octubre, atrapados en un sillón, después de probar valentía al empeñar ese beso que nunca nos dimos e invocar en un par de perversidades al instinto de despojarse de la ropa y hacer lo que no se ha hecho. Hasta entonces, su sombra se fugó con la mía para consumar su amor, porque atadas a nosotros, no se podrían encontrar, por culpa de ese orgullo condenatorio que no le deja volver a mis brazos, pese a que ambos sepamos de la desidia implicada en esta lejanía forzada. La mayoría de las veces nos obligamos a la mayoría de todo… Todo transmutado en nada…Nada después de un corazón en trizas…Corazón que él me dio y yo no supe… Corazón que yo le di y él rompió.
Si ellas se perdonaron, si ellas se buscaron, si ellas se fugaron para hacer el amor bajo el amparo de plenilunio cuando en julio nacía el 21 ¿Por qué nosotros nos retenemos?

Lloré mirando al cielo y Marte me dijo “Feliz cumpleaños, hija de Poseidón.” 

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

jueves, 28 de julio de 2016

LOS DOCE PASOS





“Espera. Detente. ¿Qué estás haciendo? Analiza. Compara. Observa. Detente otra vez. ¿Dónde fue que se dejó la razón? Respira. Abre los ojos. Continúa. Habla.”


Los doce pasos por seguir antes de llegar al meollo del asunto. Doce…
  1.  Espera: Baja las revoluciones y para de pensar por un instante. Así no hay motor que aguante.
  2.  Detente: Ya es hora de descansar.
  3. ¿Qué estás haciendo? : Ni la más mínima idea.
  4. Analiza:  ¿Qué tengo por perder? Quien no se arriesga no cruza el río. Arriesgarse siempre es una buena opción.
  5. Compara: Lo mejor de ayer, versus lo mejor del día contra lo mejor del porvenir… Difícil.
  6. Observa: No sé dónde estoy. Me perdí. No me diga. Estúpida.
  7.  Detente otra vez: Hay que salir de aquí ¡Ya!
  8. ¿Dónde fue que se dejó la razón? : En la banqueta de un parque, entrada la noche cuando diciembre era 25, no sé hace cuántos años atrás.
  9. Respira: Respirar no duele más… No duele…Hay olor a magnolias en el aire. Amo las magnolias. Voy a plantar un árbol por aquí cerca. 
  10. Abre los ojos: En el mundo se desplegó la luz al fin. Demonios...¡Terminamos! No soy yo, evidentemente son ustedes. Me aburrieron. Me voy a ir a coquetear con el  sol. Le hace falta a mi piel dorarse un poco.
  11. Continúa: Siempre para adelante que para atrás no cunde, tampoco para los lados, mira que no somos cangrejos.
  12. Habla: Resolví la vida y sus próximas cuatro reencarnaciones y sólo me falta por saber qué mierda te diré cuando te vuelva a ver. Un “Hola! No, es muy vulgar. “Buen (Inserte aquí la zona horaria que le corresponde) muy formal. “Te odio" (¡Mentira!) seguro se desata un holocausto, con lo buena para pelear que salí. Pasar en silencio sin dirigirle ni la mirada, no se puede, no es cortés y apuesto a que luego voy a andar lamentándome todo el día por no haberle dicho algo. ¿Y si lo miro con insinuación? Quizás qué cosas puede pensar. Tal vez, con un ademan exagerado de una venia con la cabeza le nombre por su profesión, demasiado telenovela extranjera. ¡Ya sé! “Mira dónde nos venimos a encontrar”… No, me suena a sarcasmo (Miri dindi nis vinimis i incintrir. ¡Tenía que ponerlo en ese tono! Es tan chistoso.) “Hola baby” ¡TE PA-SAS-TE! ¡Me rindo! ¡Cresta! …Empecemos con los doce pasos de nuevo. 

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

martes, 26 de julio de 2016

DE CUANDO MORFEO ME QUISO



Morfeo me tiene de rehén desde hace tiempo y comienzo a pensar que se ha levantado en encanto por mi silueta pues, mis párpados pesan más de lo normal y las sábanas se me enredan impregnándome con fragancias febriles y nupciales… La noche se agota como un suspiro lánguido al viento al ver caer las flores de los duraznos y el día reclama posesiones que no le pertenecen haciendo flaquear a mis fuerzas por falta de soporte, cansancio por doquier, fantasías por cumplir desvaneciéndose antes de nacer y Morfeo no deja de rondar mis pasos.
Esto me pasa por jugar a cautivar a un Dios y haberme convertido en el preso que le quitó la libertad a su captor. Me mata la melancolía habitante en las noches de plenilunio cuando me recuerdas amor mío, porque tu recuerdo reaviva el mío sin una forma racional de explicar el cómo, y la conjugación peligrosa entre la dicha y las miles de lágrimas de los dormidos en combate que derramaron afligidos cuando las balas les arrancaron los ojos por amor.

Me llama. Me acosa. Me hostiga, pero no importa porque me acostumbré a la presencia casi predadora de un dios noctámbulo observándome dormir mientras él no sabe del placer provocado por la caída del telón en el último acto: El letargo invernal. 

Entre tanto tiempo pasado en vagancia por el onírico, se desenvolvieron mis afanes, dejando al descubierto las verdades mantenidas en secreto incluso para mí misma. Son peligrosas.

Descubrí que vivo esperando, creyendo más bien dicho, que al cruzar la calle encontraré a quién sea el dueño de tantos poemas escritos porque sí, de los que no he pensado y que palpitan pidiendo escapatoria, de los que ya pensé y no escribí, de todos los que tienen título y los que no, al que provoque en mí el despliegue de encantamientos sensuales conocidos desde el nacimiento y todavía sin probar su poder. 

Soy la Penélope a la espera, vigilante del horizonte por si aparece su Odiseo.
Soy Delilah sin Samson ni cabellos por cortar ni fuerza por robar. 
Soy la Cenicienta sin baile al que asistir, porque el príncipe murió.  
Soy Aurora que al pincharse con el huso perdió la belleza y la juventud. Nunca dormí.  
Soy Pandora sin la caja y perdí la esperanza. 
Soy Perséfone raptada por la muerte que no puede regresar a la tierra en primavera.

Soy tan sólo una más que se está quedando sola por tonta. 

SIN DAÑOS




Todo viento vuelve a soplar a favor y la brisa salina ilusiona a mis esperanzas benevolentes ¿Serán tergiversaciones andróminas de mi eterno enemigo radical, el destino? ¿Será la intervención piadosa de algún ángel que ha concebido conmigo un extraño tipo de romance gregoriano? ¿Será que he caído en la demencia senil conjugada con la fantasía casta de una niñez dejada en trozos por las secuelas del pasado todavía tibio en su ataúd? ¿Será que mi muerte es venidera y se me ha dado la absolución de los enfermos?  ¿Serán enredos venenosos con marañas disfrazadas de cláveles tácitos que enamoran a mis recuerdos y los desintegra a su mínima expresión? Pueden ser tantas cosas que, de repente, prefiero creer que no alcanza a ser algo, pues así, la felicidad de la que ahora presumo, no se transfigura en decepciones prematuras y bastardas… Si no es nada, entonces y sólo entonces, no puede hacer daño.

Queda tan poco tiempo para soñar que ya estoy empezando a echar de menos la vitalidad entregada una vez acostumbrados al cansancio crónico.  Algo más nació conmigo un día lluvioso de julio, en año bisiesto y cuando el ’92 estaba de moda, que me mantiene en suspenso, llamándome a lo lejos para dejarme siempre prendada del maldito suspenso que no hace otra cosa que revolver mis inseguridad a fuego lento y condensado… Un suspenso en suspenso. 


LA MORTAJA



Hay tantas cosas pasando por mi cabeza en este momento que no sé por dónde empezar a tomar el inventario del desquite emocional. Hay tantas ansias acumuladas, tantos planes asumidos que todavía no son concretos, tantos sueños distorsionando por completo los límites entre lo real y lo inventado, lo permitido y lo sano; llego a pesar que vivo más en un mundo irreal y no aquí afuera donde debería estar anclada a lo racionalmente tangible, aunque no estoy segura hasta qué punto es mejor aceptar el vencimiento de mi estadía en esta fortaleza ilusoria, que abandonarse a la pérdida de esencia y volver a pisar tierra. Pienso con fiel firmeza, que todo puede ser real, sólo depende de los sentimientos despertados al vivir una que otra cosa. Mis personajes se convirtieron en mis mejores amigos, en amores que han robado, deshecho y embellecido mi corazón y son tantos los que convergen porque son lo que fui, lo que soy y seré y espero ser, lo que tendré, los hijos que pariré, la casa que tendrá mi insignia en la puerta con sal de mar arrojada en el umbral para dejar afuera a los malos espíritus.

Si tan sólo existiera la forma de estar segura y con pruebas en mano, que estos disparates no se esfumaran al llegar el alba, no como las promesas que me infrinjo con ánimos nefastos de no cumplir

¿Tendré mi recompensa? ¿Habría descanso en mi imaginación inmensamente prolifera? ¿Lograré lo que afano con tanta desesperación? ¿Habría calma en el tormento de los remolinos que son mis ojos al caer la penumbra y encontrar un lecho vacío con sábanas de metal? ¿Se ocupará el lugar sin nombre en medio de mi pecho y que busca su identidad perdida? ¿Alguna vez estas palabras tendrán otro destinatario que no sean mis ojos? ¿Mis poemas los conocerán generaciones que todavía no ha sido concebidas porque aún no nacen ni sus abuelos o encontraran la muerte conmigo? ¿Es probable que haya estado soñando todos estos años siguiendo algún tipo de pesadilla escabrosa o es un dulce remanso el despertar que me espera con el contacto de los labios del que viene en mi rescate?  Se ha corrido la voz acerca de la existencia de una joven amortajada viviendo en algún lado del foso con dragones y no ha habido valiente, lo suficiente, que arriesgue su vida y la salve ¿No valgo la vida de algún caballero acaso o me faltan aptitudes, belleza, destreza, inteligencia? ¿Cuándo fue que perdí el sentido de mi misma? ¿Dios escucha mis suplicas? ¿Las entiende? Espero y confío, o mátame aquí.  


ESCRITO POR: FRANCISCA  KITTSTEINER 

DE CUANDO FUI LA MUERTE



Y el día vuelve a sucumbir sin nadie que lo llore mientras las nubes se condensan en petequias de alquitrán. El auto sigue avanzando por la carretera y le rezo una oración por el descanso de sus albores.
Parece hacer más frío del esperado para la hora, tanto así que el mismo frío comienza a advertir catástrofe y te vi partir. En ese momento también se extinguió mi aliento.

Era martes, el segundo de un junio peculiarmente crudo, cerca de las 7 de la tarde y yo iba camino a la capital después de un día de trabajo larguísimo, cuando los cielos explotaron en caravanas de arreboles desatando una exhalación cargada de dolor.
En dos segundos habitó la oscuridad en el mundo y las almas llenaron de lamentos el aire anunciando el paso de la Muerte llorando su miseria, pero al ver mi rostro supo que el infierno se enraizó en la tierra.
Preguntó el porqué de tanta hiel mezclada con melaza, de la decidua de los ojos hinchados tras la tormenta, si acaso tenía nombre el aura de resignación que delataba la causa y si era el mismo que a ella le robó el corazón.
Preguntó la razón de mi silencio a la fuerza, y si no era mejor el amor confeso que el amor profeso.
Tomó mi mano, caminamos, y dijo “Entre los vivos vagamos los muertos, querida.”

Se quedó conmigo lo que duró la inmensidad dejándome conocer su condición más pura y que alguna vez fue mujer, aunque por guardar mutismo con desespero terminaron por destruirle el amor, aquel hombre que le desgració la vida con besos mentirosos. Me mostró entre cuentos de personajes ajenos que había empezado a transitar el mismo camino tomado por ella hace tiempo ya, sugiriéndome con sutileza la reconsideración del asunto, pues aún no era tarde para buscar la salvación. Entonces cuando amanecía julio, tomé la decisión: Mejor amor confeso que amor profeso, con las consecuencias que fueran y en caso de fracaso me iría corriendo lejos donde se pueda olvidar.

Bajé las defensas traídas desde la cuna para exponer mi esencia frágil estacionada en la encrucijada ofrecida por un término tan simple, sin alcances y que siempre complica las cosas. Lo miré de frente y sentí que la Muerte se había ido porque ahora era yo quien tomaba su lugar. No puede haber dos Muertes en un mismo sitio, es un monopolio macabro por el peso acarreado tras robarle el alma a quien se descuidase un segundo.

Nunca hubo nada, aún habiéndolo todo. La vida misma no tenía sentido desde entonces. La catástrofe llegó a mi puerta. Por primera vez lágrimas.

El muchacho de torpe andar desapareció tras la bruma del invierno luego de escucharme hablar a cerca de mis intenciones con sus afanes. Quería jugar y jugó a probar valía con una presa arisca y tan fácil de cazar para sus ojos.  ¿Por qué los ojos son un abismo suicida?
No había intención de quedarse y no lo hizo, a sabiendas que era el último golpe que soportaría mi corazón en desahucio. Le importó un carajo.
Me robó el soplo de esperanza sin deferencia como el trofeo de sus conquistas por estos lados, convirtiéndolo en el manifiesto de sus hazañas para encontrar los secretos de las sirenas.

Me quedé vagando por las calles sin aliento, pensando en que si tenía suerte, tal vez, un día de estos cuando alcance mi cuota de almas en secuestro, me revoquen la condena.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

martes, 19 de julio de 2016

LA RETRIBUCIÓN



Se levantó un olor a recuerdo viejo
Cuando marzo daba su último suspiro
Volviendo poluto y difícil el aire que respiro
Al aventurarme futuros en la imagen de un reflejo.

Consumación tardía de círculos inconclusos,
Rastros de algo conocido y dejado atrás:
Un amor tan inmenso y cortado al ras,
Estando varados y de nuestros pesares reclusos.

Siento la premonición de tu presencia venidera
Y la aniquilación de los suspensos entre los dos,
Para reunir de una vez estos caminos separados
Y matar al frío con esperanzas de primavera.

Puede ser algo parecido a un perdón tierno
O la sapiencia que ya no hay más rencor
Porque los años pasaron añejándonos el amor
Que Dios me promete llegará antes del invierno.

Se levantó un olor a recuerdo viejo y tú,
Necesitando la seguridad que en tus brazos existía
Porque ésta mujer pide por sus pecados amnistía
Porque se quedó ciega antes de ver la luz.

Es como si el tiempo quisiera ser benevolente
Repitiendo la historia al entregar otra oportunidad
Porque te he visto tantas veces vagando por la cuidad
Que creo que reparar los errores debe ser lo más prudente.

Déjame invitarte un café y conversemos
Para condensar los años que estuvimos separados,
Siéndonos indiferentes cuando seguíamos enamorados,
Así que hagamos las paces ¡Y por Dios! recomencemos.

Ven y te explico la razón de tanto revuelo.
Hubiera sido fácil dejar todo tal y como estaba,
Pero en mis noches había algo que faltaba
Y era poder decirte con besos lo mucho que te quiero.

Por eso hay un olor a recuerdo viejo a estas horas.
Se alcanzó el equilibrio y se pagó el dolor.
Ahora ven, entrégame caricias revolucionarias de calor
Y dime entre suspiros que tú también me adoras.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

jueves, 14 de julio de 2016

LA PROMESA DEL INFIERNO





Hay algo que no logro entender: Si sólo fue un beso, un mísero beso producto del fervor lascivo del exceso de alcohol en la sangre, la agitación nefasta de la música en descontrol y la complicidad guardada quién sabe desde cuándo, si fue eso y nada más ¿Por qué sigo sufriendo las secuelas de lo que no se concretó? ¿Por qué no consigo descansar y gasto el tiempo pensándole y en cómo volverlo a besar, cómo hacer que esto transmute y que se vaya o que se quede, pero pronto una opción?
No encuentro tranquilidad en ningún lado, en ningún momento y creo formas autótrofas de desterrarlo, pero únicamente logro que vuelva y se aferre más donde no puedo controlar… ¿Por qué el destino afana en hacerme trizas el corazón?

“Pídeme y te daré por herencia las naciones y como posesión tuya, los confines de la tierra” Salmos 2:8

Justo cuando he decidido renunciar, en la misa de las doce, como llamado de atención o como un mensaje camuflado para ajustarse en un momento preciso, aparecen los Salmos.
Pido y no llega, será porque solicito mal o agoté el límite de peticiones permitidas en una vida completa, se olvidaron de mí o continúo prendada de cosas que, a sabiendas de su calaña dudosa, me obstino en poseer a como dé lugar. Comienzo a convencerme que sí agoté mi cuota de peticiones.

Justo ahora que siento que ya no hay vuelta atrás mientras pierdo la conciencia fantaseando con lo que no va a ocurrir con quien no resultó, me abofetea esto. Quizá tengo que pedir cualquier otra cosa, o estoy malinterpretando todo… “Los confines de la tierra” ¿Es el infierno? ¿Me quemaré por egoísta? ¿Me condené?

Puede ser que me haya escapado en un éxodo olvidado en el tiempo, cuando los ángeles habitaban en el calor de las brazas mezcladas con los vapores de sulfuro y los demonios bailaban al compas de cánticos divinos mientras rezaban de rodillas y entre medio no existía la humanidad. Puede ser por eso que soy como un pez fuera del agua.
Siempre he sabido de la carga de un alma vieja, muy vieja, por esa sensación de conocimiento adquirido a través de la experiencia que no se condice con la edad que se dice tener. Quizá sea por el alma vieja los continuos déjà vu o el poder escuchar los pensamientos ajenos.
Puede ser que mi alma sea fugitiva y procedente de donde manda el Cola ´e flecha y por eso hacen oídos sordos allá arriba. No me quieren oír y yo me aburrí de suplicar migajas por compasión. Se me van todos a la cresta y se termina la cuestión.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

lunes, 11 de julio de 2016

ATRAPADA EN EL CUMPLEAÑOS

Atrapada en un taco.  Poco más de treinta minutos para avanzar un metro.
En el túnel de la autopista, autos a todos lados y el inevitable olor a combustión entrando por las rendijas del aire. A este ritmo moriré intoxicada antes de dejar el atochamiento. Hasta la señal de la radio se perdió entre tanto concreto ¡Gracias al cielo por los reproductores de música! Y al libro polizón en mi cartera, aunque a la larga no me sirvió de mucho: Un rato leía un párrafo, después pasaba el cambio para avanzar, volvía a leer y mi mirada quedaba prisionera del parabrisas sin ver nada, sin cansarse de no parpadear. Mente en blanco. Avanza Francisca. 
Pensé en ti. Pensé en lo mucho que me gustaría que en vez del abrigo blanco puesto en el asiento del copiloto, estuvieras tú tomándome la mano o leyéndome el horóscopo, quizás tú conducirías y yo cantaría dedicándote versos. No sé si ya aprendiste a conducir. Tengo hambre, con este calor mataría por un helado de menta. 
Pensé en el edificio nuevo construido cerca de mi departamento, cerca de todo, a la mitad del mundo, enorme, con la suficiente luz como para vivir tranquilos y un espacio virgen perfecto para la biblioteca. Entre tus libros, los míos, la llenaríamos en un dos por tres.

Pondríamos un diván inmenso donde perderse entre besos camuflados bajo la excusa de ver una película un sábado en la tarde cuando no haya nada por hacer, luego de ir por el café, un par de croissants, o bajar el bistró por una pizza cuando ataquen los antojos
.
Pensé qué se sentiría despertar prisionera de ti, ahogada en tus ojos, famélica de tus labios, cubierta de nada salvo tus manos. No quiero un televisor en el cuarto. Mejor una radio.  Sí, una radio que oculte los suspiros elevados al cielo cuando se desata el caos tras el contacto ponzoñoso de tu piel y mi escarcha, y que sirva de reloj por esa vieja costumbre de medir el tiempo en canciones. Hace 4 millones de canciones te conocí amor mío.


Yo cocino. Tú lavas.  Pero no me pidas queque. Jamás lo aprendí a hacer. Cualquier otro antojo te lo concedo y hasta te lo invento para satisfacerte. Con lo que me gusta la cocina, feliz me olvido del cansancio. Recuerdo, de cuando éramos jóvenes que te gustaba el merengue que te preparaba para los postres de invierno. No comías nada más que un merengue italiano con cascaritas de limón, o de cuando  en un arranque locura te cociné un almuerzo con pasta, ajos y mantequilla. Habían días en que era lo único que teníamos.  Éramos estudiantes pobres. 

  Un Sauvignon Blanc, tus besos y mis manos, Harina por todos lados. La comida no era lo que terminamos cenando. 

¡Arrancadas a la playa! Siempre que podamos o al campo o a donde quieras, lo importante es arrancarse. Tengo ganas de una locura pensada hace tiempo, pero sin concretar porque me faltas todavía. Han pasado unos cuantos años desde, que en una de mis fugas, descubrí una playa donde ni los espíritus de los náufragos han ido a parar. Imagino extinguirse en el deseo de hacer el amor a la orilla del mar cuando el día despierta nublado y la necesidad de consumación aparece rondando entre los cuentos soplados en el viento. Tú y yo y el reventar de las olas bautizando la maravilla de renacer tras subir al cielo, descender a los infiernos y resucitar al tercer día. Creo que eso nos falta: Tres días de resurrección ¿Te apetece? A mí sí.
Te ofrezco también, al regresar a la casa, un par de erizos recién arrebatos del mar y cuenta la leyenda que mis pisco sour son los mejores de Pichilemu, prender la chimenea y conversar en la alfombra. Si en ese momento se te ocurre sorprenderme, acepto sugerencias, aunque no habría mejor que tu pecho para descansar después del amor. Buena idea. Quesos, jamón y un Riesling, dicen que el vino es mejor en tus labios. 

¡Decoremos a tu gusto! Yo me conformo con floreros en el fondo con conchitas de mar, velas en los rincones, un bar en una esquina para los viernes en la noche luego de llegar del trabajo, un lugar donde guardar mis cuestiones de tejido y pintura y la ambientación del dormitorio. El resto es todo tuyo, incluyendo este proyecto de muchas personas desdobladas en un mismo cuerpo y todas las noches del año, excepto una. Me dejas sin planes del 23 de junio, porque es cuando se reúne el aquelarre para bailarle a la luna. Este año me quede conversando con un extraño bajo la higuera. Simpático el tipo, me regaló brevas  tan dulces como la miel.
.

Pasa el cambio. Avanza. Freno de mano. Seguimos.

Algo nuevo: Los zapatos. Algo viejo: El vestido de graduación ¡Tan lindo! Algo azul: El collar de zafiros comprado con el primer sueldo cuando me dio por ser chef.
Ceremonia en las rocas debajo de la casa de los viejos en Pichilemu. Ahí aprendí los secretos del mar, qué mejor para aprender los secretos de una vida juntos. Por eso quiero raptarte a esa playa, porque el mar tiene que dar su venía. Es un trato que tenemos los dos.

-          ¡Fran! ¿Dónde estás? – Amiga desesperada llamando por celular.
-          Atrapada en un taco en la Costanera Norte, Diana. En una hora más estoy por allá.
-          Fran... Van a ser las siete. Nos íbamos a juntar a las cinco.
-          ¡Perdón! Tuve mucho trabajo en el Hospital. Todos decidieron enfermarse hoy, pero te lo compenso.  ¡Yo pago la cena!
-          ¡Esto es histórico! Francisca invitando la cena – Evidente el tono sarcástico, como si nunca le hubiera invitado algo… Estúpida. – Hoy 11 de julio, cerca de las siete de la tarde, ocurrió el milagro. – Se rió a carcajadas. – Amiga, bromita. Sólo trata de apurarte. Ya llevo dos Bitter franceses por esperarte. Al tercero no respondo. – Siguió riendo.
-          Ya llego. Pídeme uno con coñac. Nos vemos. Te quiero.  – Contestó y colgó. Ahí quedé. Estoica - un Bitter no será lo suficientemente fuerte, desempolvaré el recurso de Tom Collins... varios. 

Lunes 11 de julio… Cerca de las siete de la tarde, pegada en un taco, después de haber planeado una vida entera en esta fantasía cruel de no asumir todo esto, me faltó una cosa: Feliz cumpleaños, amor mío, dónde quiera que estés.




ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

lunes, 4 de julio de 2016

QUANDO RITORNERAI



Ya no te echaba en falta. Me había resignado a caminar descorazonada por el mundo repitiéndome hasta el cansancio no mirar atrás, ni a los lados, ni al cielo insolente para no encontrarte en una esquina un día de estos.
Sería caminar mirando al frente con un objetivo por perseguir, que de ninguna forma serías tú o lo relativo a ti, porque si había fracasado en la cruzada por recuperarte era evidente la falta de criterio de mi parte para cosas de este estilo. Entonces sería exitosa.
Esa fue la consigna a seguir lo que me restaba de tiempo, después de que llegaras desbaratándome el orden, dejándome caos, tempestad y lágrimas vinagres…

Ya no te aparecías intermitente por aquí y había días que olvidaba recordarte, tampoco seguí rezando por ti, porque como todo en el planeta se trata de hacer las cosas rápido, poner tu nombre en mis plegarias era una pérdida del tan valioso e increíblemente escaso tiempo para dormir.

Dejaste de sonreír en mis sueños y pese a que se hicieron tormentosos e inconstantes, se bamboleaba el descanso en mi cabeza inquieta porque ya no tenía al catalizador de sus quimeras, que si bien le dibujan un mendrugo de risa a la conciencia, al entender la condición de fantasía de los recuerdos que aseguraba suyos, comenzaba a desmoronarse la moral tras morir de pena.
Era un sueño plagado de sobresaltos, pero no por tu causa, sino por las trampas y chinches tiradas al piso por el demonio alojado en el rincón al lado del ropero en mi habitación.  Ahora que mi atención no tenía dueño, podía reclamarla para él y asustarme. Sin embargo, lleva tanto tiempo en ese rincón y lo ha intentado tanto que ya hasta me cae bien. Hay días en que conversamos.

No he vuelto a soñar.

Ya no me preocupaba mirar el reloj afligida por su carrera acelerada, falta de tregua y no verte regresar. Ya no había nada que ocupara mi pensamiento, excepto que el tiempo no iba a alcanzar para terminar de leer lo que resta por estudiar.
No dolían los minutos, ni los días, porque eran minutos y días menos para llegar al objetivo.
La mortificación del tic-tac afanoso, venía condicionado a tu nombre.

Ya no recordaba tu voz. Había logrado exorcizarla de mi sistema reemplazándola en todos los vacíos que dejó con el sonido del mar al recogerse. Fue tan fácil aguantar el peso del mundo en mis brazos.
Un murmullo de agua se instaló en mi cabeza sin nunca dejar de sonar, arrullando a los arrepentimientos que no tenían nada mejor por hacer que contarme entre susurros el error más grande capaz de cometer. Se acabaron. Comenzaba a desvanecerse lo lóbrego de tu vibrato al cantarme versos de amor eterno.

Era feliz de nuevo.

Si volviera a tener tus ojos en frente, de seguro no los distinguiría de la muchedumbre porque cegué a los míos cuando decidiste romper mi corazón por vengar al tuyo.
Estaba decidida a no perderme en el universo indómito oculto tras el brillo casi celestial de tus ojos caoba, por muy tentador que fuera. No otra vez.

Deambular ciega era mejor.

Ahogaba el ocio continuamente peligroso cuando de olvidar se trata, entre libros de difícil entendimiento, criterios diagnósticos, tratamientos y la contemplación obsesiva del mar para sentirme segura de los ataques silenciosos del inconsciente. Sin ocio no hay divagación, sin divagación no existe peligro.

Era otro día sin nada en particular, salvo por el frío glacial que gusta de anidarse en el tuétano, el día cuando respirar no significaba jadear por una brisa de oxigeno, cuando las estrellas cintilaban porque esa era su función y no para llevar mensajes de amor codificado, fue ese día, al caer la tarde que sentí la rotura del lazo invisible hilado con diamantes y condenado a mantenernos unidos desde el mismo instante de la concepción. Pensé que la libertad dejaría un sabor amargo por los recodos, pero no, era igual a cuando se recuerda un menester pasado por alto, un “Ah, verdad, eso era”.
Él era libre, yo era libre, la vida se supondría benevolente y preñada de las posibilidades entregadas por el albedrio nunca más preso de tus manos. Era libre.

Ya no era necesidad conocer tu paradero, ni menos salir a buscarte por si al dar la vuelta en la esquina, coincidiéramos, así que hice lo que se hace cuando no hay nada por hacer: Servir una copa de vino, armarse de cigarros, tomar un libro y salir al jardín a mirar el cielo. Toda la vida funcionó para traerme paz. Fue la última vez que paseaste por aquí.
Ahí estaba, con el presentimiento resucitado en palpitaciones azarosas del destino, convencida de que hiciera lo que hiciera, el magnetismo tuyo seduciría al mío y le haría el amor desde lejos, siempre de lejos, porque juntos nunca pudimos.
Al caer la tarde, justo cuando el sol daba sus exhalaciones terminales, deseaba que los sueños abandonaran Nunca Jamás para que antes de morir, pudiera entregarme a ti.
Todos los días, hasta ese día, era igual, pero como pasaste itinerante, cargué en tus hombros la condensación de nosotros y de los vástagos de ilusiones para que al partir, también itinerante, te la llevaras. Resultó.

Ya no me eras familiar y tu nombre se convirtió en bruma disipándose fugaz con los vientos vaticinantes de una vida retomada donde la dejé siglos atrás, cuando era una niña insulsa que no sabía que con un saludo la desgraciaría el amor al entregar el corazón sin notarlo. Ahora forjaría uno con arcilla y conchas de mar, cosa de que si me lo robaran, no se perdiera tanto como el último que tuve y para que quién fuera el ladrón tuviera presente que ese corazón más que a la tierra y a su gente, le pertenece sólo al mar.

Ya no te conocía… Dios sabe que no te conocía.

Ya no me importaban tus eternos devaneos desplegados para comprobar tu valía. Entiendo por fin, que tus inseguridades eran mayores que la mías y yo que me sentía protegida bajo tu abrigo. Gracioso si se piensa.

Ya no tenía qué escribir.


Sumida en lo cotidiano, escuchando una canción sin significancia para llenar el silencio, mientras sacudía el polvo de la mesita de luz, una frase en un idioma particular que necesariamente se asocia a ciertos años, vino y lo derrumbó todo: “Quando ritornerai”. 



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER. 

sábado, 2 de julio de 2016

LA RAÍZ IMAGINARIA



Escuché su voz.

Ocurrió lo mismo que con los olores, por muy añejos que sean, levantan reminiscencias desde el panteón donde se habían extinto.
Jamás olvido un sonido.
Son tantos los años que llevo afinando mis odios para la percepción de los cambios en el reventar de las olas en las rocas por si acaso existe peligro y deba salir corriendo, que los rumores de las voces me evocan recuerdos a la primera.

No estoy segura si son tres o cuatro años que no he escuchado palabra suya, pero su particular timbre de tenores con ese ronroneo cargado de sexo camuflándose entre las vocales mientras instan a las consonantes a hacer el amor antes que la frase se esfume en el aire, es casi imposible de pasar por alto.
La verdad, nunca supe si las vibraciones impresas en su hablar parsimonioso, se debían al miedo que mis ojos encontraron al ver los suyos de cerca, tan difícil como la esencia misma, o se parecía más a la forma de seducir que se inventó para aprovecharse del subconsciente de alguna mujer vulnerable. Ahí radica la cuestión.

Cuando dejamos de hablarnos por razones conocidas sólo por él, debido a la supresión causada por esa amnesia selectiva que siempre acaba olvidando lo que no se suponía, pero que esta vez, sí hizo el trabajo encomendado, estaba segura, abismantemente segura (y a salvo) que en lo que me restara de vida, no lo volvería  a escuchar y pasó.

Tras el ausentismo de su figura en estos parajes , y no sólo de forma física y tangible, sino también en fantasías levantadas por la efervescencia de la sangre cuando ataca la lujuria, en sueños incólumes donde bailamos un tango hediondo a naftalina, en mis plegarias diarias por la salvación del alma de mi gente, los que siguen conmigo y los que se fueron a hacer patria al cielo, en mi cama que nunca conoció, el ausentismo de sus manos en mis muslos, regresó de improviso en lo bizarro de mis utopías, reclamando poderío donde no le pertenece.

Ya había amainado la tempestad y el cielo se abría, corrían vientos frescos de los que revitalizan al espíritu y apareció la luz en mi oscuridad. Lo revolvió todo el muy condenado. Tenía el niño que desfilar por mis sueños.
Había sido un dormir intermitente, febril y complejo seguido de la diva perpetua del insomnio, sin embargo, se aburrió rápido de mí, dejándome exhausta para asegurar la profundidad del descanso. No tuvo que haber pasado más de una hora.
Era una escena donde no tenía nada que hacer metido en el medio, casi como si se asomara Mel Gibson cantando en La Sirenita, pero por esas maldades que sólo las necesidades más ocultas provocan, en este sueño me tocó llamarle por teléfono sin siquiera saber porqué su número había aparecido de forma espontánea  en mi celular, le marqué y al segundo tono contestó diciendo “¿Aló? Hola ¿Quién es?”  Yo no fui capaz de pronunciar palabra.

Cuatro palabras, un recuerdo punzante, la hambruna a causa del deseo inconcluso, mi cabeza siempre masoquista, la seguridad de tenerlo entre mis brazos y bajo las sábanas desnudándome los pudores en un futuro ni tan lejano y concluir, por fin, la exaltación del instinto comenzada hace siete años.

La sumatoria de todo y la aparición de esta ecuación armada para explicar la razón de un capítulo tenebroso, de la forma que fuera y después de haber recorrido todos los caminos posibles dentro del laberinto de posibilidades por si el destino se volvía afable entregando una oportunidad para de una vez y por todas, enterrar al amor tan jodido que nos desgració la existencia, seguía resultando en inconclusión con raíz imaginaria 


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 
© Francisca Kittsteiner, 2008 - 2009.
- Franykityzado por Klaus, ©2009.