domingo, 18 de octubre de 2009

LO QUE ME DEJÓ LA IDIOTEZ




Todo lo que tengo es un papel en anchura
Con la cara despierta infinita ternura,
Haciéndome caer en la insoportable hermosura
De un sentimiento bastardo que mi vida tortura.


Me extrae el alma, el gozo, la premura,
Las silabas, las palabras, las canciones y amarguras
Aunque todo lo que tengo es una hoja con pintura
Realzando los detalles de su magnificencia finura.

Son los ojos hipnóticos, los labios y el alma que procura
Contarme sus deseos de la carne en locura
Entre la sonrisa que me deslumbra con imposible blancura
Haciendo flaquear a las recepciones errantes de mi bravura.

Lo llamo con silencio cuando la noche está oscura
Para que acompañe a mis ganas de terminar la censura
Y poder sentir el roce de su mano con travesura
Por el contorno de mi cuerpo pintado con tintura.

Violácea, cobriza a ratos cuando invade la mesura
Por recobrar el aliento perdido en la fisura
Del deseo corrompido por trescientas torturas
Cuando baja el frío y la llegada del calor apresura.

Todo lo que tengo es una hoja con costura
Que lo muestra abrazándome por la cintura
Cuando su rostro alguna vez se cobijó en la soltura
De mis manos tiernas abriendo de su corazón, la cerradura.

Todo lo que tengo es su suspiro petrificado
Que resuena en mi cabeza como rezo condenado
De un preso que espera a que dicten su pecado
Por haber amado cuando no fue amado.

Todo lo que tengo es su imagen en mi memoria
Idealizándolo cada que pestañeo la historia,
Tantas veces hilada sin parsimonia
Que le merecía la tragedia que no alcanzó la gloria.





ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

viernes, 16 de octubre de 2009

sombrero negro


Baja la mirada,
No permitas que nadie sepa lo que está ocurriendo,
Esconde las lágrimas que son derramadas
Bajo la larga vista del sombrero negro.

Baja la mirada,
Guarda para ti lo que pasa en tu mente,
Di adiós al amor del que estas embrujada,
Entre las sombras hurañas del sombrero imponente.

Baja la mirada,
Y olvida todo lo que el olvido esta reprimiendo
Y de una ves y por todas reconoce que estas enamorada
Del rostro cálido que se divisa a través del sombrero negro.

Baja la mirada,
Corre a sus brazos y obedece s tus pensamientos
Dile cuando le amas y cuéntale que estas condenada
A mirar sus ojos y a besar sus labios, a ser presa de tus sentimientos.

Baja la mirada,
Y da vuelta atrás, porque es prohibido amar a un obsoleto,
Que con las desgracias del tiempo maldecirás por estar encantada
Por el veneno maligno que conjuró aquel sombrero viejo.

Baja la mirada
Y divaga por la sonrisa que no perdura en el tiempo,
Quita todo de tu cabeza desconcertada,
Menos al amor, el odio, la venganza y ese sombrero negro


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

TORPEZA




¡OH! Torpeza mía
De caer enamorada del que no debía,
Por dejar que mis fuerzas flaquearan cada día
Cuando de fuerzas era de lo que presumía.

No hice nada mientras se reducían,
Porque enloquecí con los ojos que veía,
Llenándome de recuerdos, muerta en melancolía,
Al estar segura que de otra vida le conocía.

¡OH! Torpeza mía,
De ilusionarme de la belleza que no se reprimía
Al seducir mi candidez que pronto consumiría
Con las caricias que placer me  entregarían.

¡OH Dioses crueles! Si siempre supieron lo que se esgrimía
Por qué me dijeron que su amor aún tenía
Resultando ser verdad lo que mi pecho presentía,
Las posibilidades derrotadas que la nada adormecía

¡OH! Torpeza de amar a quien no me amaría,
Y regalar mi corazón al que no lo merecía,
Por dejarme viva cuando de sufrimiento gemía
Porque ya no era yo la que su corazón poseía.

Juro por mi llanto, pensé que yo sería
La que en las noches sus sueños velaría,
Y a sus demonios ahuyentaría,
Pero, nunca imaginé que no se quedaría…



ESCRITO POR: FRANCISCA KITSTEINER


miércoles, 14 de octubre de 2009

El mejor momento de mi vida


El mejor momento de mi vida podría definirlo como: indeciso, porque ocupa tantos lugares al mismo tiempo que se vuelve casi insostenible la tentación de separarlo en capítulos o segmentos pigmentados con la fanfarria de elegir al mejor, relegando al resto a la vulgaridad de lo común, cuando, si lo piensa con la mente fría y la sangre alborotada por la hipotermia que te produce la escarcha matutina, cada instante es maravilloso por naturaleza.

El mejor momento de mi vida fue cuando aún no tenía conciencia propia, cuando todos los recuerdos que juro tener, resultan ser habladurías que suelen escucharse en las reuniones familiares, luego de un par de copas de vino añejo sobre la mesa y algunos más derramados en el mantel, desdibujando la realidad en la que aseguramos vivir , cuando, en verdad, estamos sumidos en una abstracción infantil ineludible, viendo felicidad donde sea que los ojos decidan posar su foco, riendo de todos los gestos que una cara puede formar.

El mejor momento de mi vida podría ser cuando decidí no volver a tomar decisiones sobre asuntos terrenales como: el qué me pondré mañana o qué cocinaré para el martes quince de julio de veinte años en el futuro o cómo titularé esto. Simplemente hacerle caso a las fantasías o a los primeros instintos que se atrevan a surcar por una mente falta de cabales cuerdos donde alojar. Solo decidir cuando el día amanece nublado y si tendré el valor de pasear por el patio en cueros o cubierta con todo rastro de indumentaria presente en casa.

El mejor momento de mi vida fue cuando experimenté la alegría de un amor maltrecho, porque me enseñó a ver la belleza que se oculta tras las lágrimas teñidas de lápiz delineador, la acidez de un adiós melosos luego de digerirlo tiempo antes de tener que decirlo en serio.
El insomnio producido cuando una persona te consume tanto que hasta se apodera de tus sueños, rezos, oscuro del pensamiento y dolores que son dolores, sino cosquillas punzantes que corroen la carne hasta encontrar hueso y grabar ahí con agua el nombre, las futuras fechas que serán malditas para el resto de la vida, o hasta que la memoria siga funcionando. Lo importante que es tener cerca un trozo de papel y un lápiz que escriba para desquitar en ellos lo que se carga en la conciencia y en el espíritu por el tiempo inmemorial.

El mejor momento de mi vida fue cuando vi al mar agitarse furioso y bravo porque le estaban robando un caracol escarlata y sus golpes rozaban mi rostro con caricias brisaceas, corona de sal depositada en mis sienes y grilletes de algas que formaban parte de una caravana funeraria para los náufragos perdidos contemplando el horizonte. La bruma se levantaba escondiendo lo pasos incautos que regalaban los que pisaban las riberas enlutadas, aquella tarde de Julio condenado a viciar de Septiembre, mientras los peces jugaban a teñir el mar con sus lomos metalizados traslucidos entre el manto grueso de agua turbia de rencor y delicada de melancolía por la falta de su hijo querido. Lloraba, el pobre la ausencia del caracol, pero lloraba en realidad, porque no podía encontrar el mejor momento de su vida.
Habría de estar ahí por todo el tiempo que ya había estado y nueve mil veces más, sin que nadie el preguntase por qué la soledad, cuando su única distracción era acoger las lagrimas de la lluvia y los abrazos de los amantes entre la espuma rabiosa de sus labios salados.

El mejor momento de mi vida fue uno que todavía no puedo vivir….
El mejor momento de mi vida fue cuando aprendía a reconocer por la letra una canción con olor a naftalina los acontecimientos de mi existencia, os pasados y los que ahora vivo, cuando cada corchea se transfiguraba formando números de días que no habré de olvidar a la primer casualidad que ose amenazar a mi cordura. Distinguir entre un soneto la amnistía de la inmortalidad musicalizada y llevada a la gloria entre gritos placenteros en acompañamiento de un piano descalibrado, lleno de polvo tras no ser tocado por miedo a corromper su magnitud en progreso, en peligro de extinción y reservado a los dedos cianotipos de un pianista borracho de amores vagos, tristes y muchas veces torpes…

El mejor día de mi vida fue cuando vi en el espejo la imagen de una mujer que aparentaba ser yo sin serlo, tratando de acercarse a la perfección petrificada en un labial rojo italiano con destellos de ilusiones de conseguir un beso de otros labios distantes, pero de ella, aunque lejanos todavía, ya conocidos, probados, robados, inalcanzables, pero a la mano. Cuando esa mujer elevó al cielo un par de oraciones sin pedir nada, solo para agradecer todo lo que ya se le era concedido por beneficencia suprema o favoritismo demoniaco, lo que fuera, lo agradecía. Sin embargo, no era yo, porque aún no vivía lo suficiente como para aceptar que la perfección era un espejismo sediento de inseguridades ufanas y vanagloriadas de un ego monumental proliferado tras una sequía de autoestima continua. Ahí todavía no era feliz.

El mejor momento de mi vida fue cuando levante la vista y encaré a la luna por no alumbrar en el momento en que sus brazos recorrían la aduana de mi cintura juvenil buscando el asilo territorial de un país que no le pertenecía. No alumbró, es cierto, quizás porqué razones no lo hizo, aunque las estrellas formaban nuevas constelaciones de mapas fronterizos de dos cuerpos vecinos aventurándose en la locura de la invasión de mundos perdidos bajo la condena de vestiduras condenatorias.
Cuando vi en el éter dibujada una sonrisa de aprobación luego de diez mil toneladas de reproches por esto y aquello y que al final y al cabo, eran una forma de entablar conversación antes de que el letargo en el que Morfeo me mandó a cumplir sentencia, arrebatara de mi boca la elocuencia explosiva de peleas artificiales de agradecimiento.

El mejor momento de mi vida fue cuando fui valiente para sacar la voz y gritar al viento las verdades que deseaba escuchar tras años de mentiras llenas de perfidias que se convertían en verdad que no era necesario afirmar, porque el destino se encargaba de poner en el camino trozos de un cuadro imaginado en la cabeza, justo antes de perder el control de los pensamientos de esa utopía que se quiere idealizar en la cotidianidad de todos los días, de personas no conocidas por nadie salvo uno mismo, Dios y el Diablo.
Lo grité, me salvé del infierno liberando la carga de mi espíritu agonizante de descanso tras pasar por la terapia del: no volveré a hacerlo, a sabiendas de que no hay otra salida que volver a cometer los mismos pecados una y otra vez hasta que se encuentre otra forma de mentirse y no tener conocimiento.

El día mas feliz de mi vida fue cuando vi en un bosque de pinos oscurecidos por las brazas ardientes del fuego voraz, el revoloteo sacrílego de los pájaros asfixiados de humo acarreando agua en sus alas tratando de sofocar la furia del poderoso elemento que no perdona nada entre los pasos fulgorosos de esos izquierdazos al momento de tocar y preservar lo que no es inmortal.
Cuando los gritos desesperados de los animales me hizo pensar en lo afortunada que soy de nacimiento al estar lejos de peligro alguno, segura entre los recovecos de mis palabras desquiciadas, suplicantes de atención y de ser descubiertas por alguien al que le importe perder el tiempo leyendo abstracciones bizarras de una estudiante sin nada mejor que hacer escribir y quebrarse la cabeza buscando el mejor momento de su vida.

El mejor momento de mi vida fue cuando… conocí la vida, y no estoy hablando de cuando naces y ves la luz, no nada de eso, sino de cuando conoces el significado, cuando dejas de preguntar por qué a mi frente a alguna tragedia, cuando ya puedes afrontarla con la madurez necesaria para dejar pasar las cosas, o con la inocencia enloquecedora al no tomar en cuenta nada de lo que aquí se ha dicho.


El mejor momento de mi vida, definitivamente, todavía no llega.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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