lunes, 23 de octubre de 2017

DÉJAME DORMIR






No me dejen despertar. Que continúe el mundo sin mí.
¡Qué pasen los días y los años y mis ojos no se vuelvan a abrir!
¡Qué se vaya la vida, no me importa, pero déjenme dormir!
Porque todavía puedo sentir tu olor en mi cuello.


No me dejen despertar, porque te escucho reír,
Tras un halo de luz atravesando las cortinas
Y de pronto, estan tus ojos desnudándome con malicia,
Mientras tus manos contienen mi cintura.


Qué continúe el mundo sin mí, pues no le pertenezco.
Dejó de rotar al extinguirse tu voz.
Frío y desamparo lo invadieron. Yo perdí.
Fui esclava desde entonces: hambre y oscuridad.

Qué pasen los días y los años, que se arrugue mi piel,
Pero soñando que envejezco contigo, hasta dejar de respirar,
Los dos contra el mundo, como soliamos ser,
Tomados de la mano al perdernos en la noche.

Qué mis ojos no se vuelvan a abrir, si con eso te puedo besar.
Retroceder el reloj hasta el día que te tuve a solas,
Conquistar las aristas de tu hombría y el deseo,
Saciar por fin, la deprivación de la carne.

Qué se vaya la vida, para ir a buscarte entre quimeras,
Aquí no hay espacio para coincidir, el universo se expande a propósito
Y mi necesidad aumenta en exponencial cada segundo.
Me duele abrir los ojos. Esta realidad solitaria. Déjame morir.

Déjenme dormir, déjenme imaginar que nada ocurrió,
Que seguimos siendo jóvenes, terminando de crecer,
Descubriendo los albores del amor sin saber bien qué es,
Los dos con nuestro idioma secreto.

Porque todavía puedo sentir tu olor en mi cuello,
Porque todavía puedo ser, por una noche la luz que te le hace falta a tu vida,
Porque andas vagando en mis sueños siempre,
Porque yo todavía te amo.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

jueves, 12 de octubre de 2017

EL ALFA Y EL OMEGA





Niebla al pie de las montañas,
Una gota de lluvia que cayó en mi labio,
La ansiedad de tus manos
Y mi deseo en pausa.

Pólvora lanzada al aire en un suspiro,
Miles de puntos de ignición desplegados,
En el espacio ente tu mirada y la mía:
Cánticos susurrados por los muertos.

Un bamboleo inocente en el viento,
Con olores dulces del renacer de septiembre
Acarreando recuerdos olvidados,
Instando a la noche a dejarse caer.

Amenaza de tormenta en tu piel,
Premonición de terremotos al despertar,
Los sentidos de los videntes degenerándose,
Porque yo soy el Alfa y tú el Omega.

La comandancia de los mares ofrezco,
A cambio de invocarte hoy, en el zaguán,
Los misterios del porvenir desgranados
A quien traiga noticias tuyas pronto.

Universos se despliegan ante mis ojos,
Pero son ciegos para verte regresar,
Así como lo son para encontrarte entre las cartas
Barajadas en la mesa al preguntar por ti.
Atracción repulsiva para juntarnos en el mundo,
Malicia contenida por venganza,
Trayendo sufrimiento nacido del amor puro:
El dolor más grande que nadie ha sentido.

Niebla al pie de las montañas,
Una gota de lluvia que cayó en mi labio,
Cataclismos profesados al reencontrarnos,
Porque yo soy el Alfa y tú, el Omega.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

miércoles, 12 de julio de 2017

LA RESURRECCIÓN




Un domingo 2 de julio, en tierras lejanas la selección de fútbol lloraba la pérdida de la copa. Aquí, un médico mataba a balazos a personas dentro de un casino y un candidato arrasaba en las elecciones primarias para la presidencia... Yo te volví a ver.

Ha pasado el tiempo y se nota. Poco queda del niño de mirada diáfana que un día rellenó mis ausencias.Ya más viejo, algo maduro, sanado y reconstruido, sin las cicatrices que te hice. Ahí  estabas, en la foto de una amiga. La última vez, aparecía yo en el medio, con mi piel tostada irradiando felicidad por reírme de las estupideces que susurraste en mi oído... Casi 10 años en la memoria...La amiga, tú y yo.

Un domingo, 2 de julio, a  nueve días de tu cumpleaños y a 19 del mío, la vida me escupía en los ojos con desfachatez al traerte súbito  al aquí y ahora, cuando ya empezaba a acostumbrarme a esta dicotomía  de "tú en tu mundo y yo en el mío" siendo que, en esencia, es la misma porquería: El manejo expectante de un segundo dilatado.

Amplitud y lejanía, vaivenes contrariados por la fortuna de una jugada al azar, la decrepitud del raciocinio  y el insomnio atrofiándome de a poco, hace que mi mundo sea menos atroz de lo esperado  al quedar oscuro tras la sequía de tus ojos en mis días. Todo límite se disuelve a su mínima expresión para extrapolarse a otro jamás conocido. Siempre se puede llevar todo un poco más cerca al punto de quiebre, sin estar lo suficientemente en riesgo como para perder el aliento en un descuido.

Así se pasan los días aquí: Una rutina insostenible con cosechas fructíferas de cansancio en expansión, tanto que abunda, sin dejar cabida para el sueño, porque en la inconsciencia se libran peleas con los demonios habitantes en mis pensamientos y despertar significa haber vencido, tras dejar lágrimas de sangre sobre cadáveres de monstruos regados al sol. Despertar y caer en lo profundo de un abismo con el correr de las horas, para llegar a dormir y reanudar el ciclo, hasta ese domingo.
Fue el hecho de saberte bien, lejos del alcance de mi maldición, lo que hace que respirar costara menos, sin causar más dolor. El aíre continúa siendo poluto, pero ya no tiene sabor a alquitrán, tiene sabor a domingo 2 de julio, una cosa inexplicable, como la amalgama entre la mierda y la miel con chispas de ilusión disecadas para adornar el vacío avecinado en un futuro cercano que construyo sin saber bien para qué.
Creo sentir una pulsación distinta en la rotación de la Tierra, un vaticinio que me fue concedido hace ya tanto, pero quedado en latencia por los siglos de los siglos...Hasta ahora.
Algo tuvo que haber pasado para que tu foto haya salido a flote después del naufragio sin sobrevivientes que nos destruyó la vida.

Cuando alguien quiere ser encontrado es cuando más se esconde... Ya había desistido de buscarte sin victorias , y de pronto, se acaba la partida de ajedrez: No hay escondites, no hay más anonimato, ni misterios conspirativos, ni alineación planetaria, ni calendario Maya. No hay nada, excepto algo alterando el sentido del orden.

Han pasado 39 horas desde que cerré los ojos por más de cinco minutos. Tengo miedo de no volver a abrirlos, porque una vez pedí, entre llanto amargo, ver tus cara una vez más antes de morir...

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

viernes, 7 de julio de 2017

SAN JUAN SIN LUNA





Quise entrar al mar y tocar el horizonte.
Quise quedarme ahí hasta que me salieran branquias.
Quise seguir caminando hasta que mis pulmones se acostumbraran o simplemente, dejar de respirar.

Me quedé mirando, enajenada del mundo, ausente de mi misma, el correr de las horas, y el tamborilear de los segundos en el entrecejo, sin mover un músculo, porque ya no estaba. Creo que nunca estuve. Era una cáscara de la que solía ser, vacía por dentro y tan frágil ante la amenaza de una exhalación, que los resquebrajos se comenzaban a notar sin prisa. Me convertí en espacio cargado de desesperación y angustia, oscuro cuando la reverberancia de la luz aparece, e infertil para la alegría. Hace tiempo, casi una vida atrás, fue que parí la última... Las risas desde entonces, son todas mentirosas para aminorar el batallón de preguntas que se puede levantar si alguien se enterase de lo que ocurre: Caos y muerte.

Quise entrar al mar y congelarme...

El mundo pasaba por mi lado sin darme cuenta, sin importarme un carajo el agotamiento de la paciencia de los espectadores. Pasaba y se me iba la vida.
Pasaba a conciencia del desperdicio, sin embargo, no me moví. Él miraba sin decir palabra alguna. Yo sabía que me observaba. Me sentía segura, con esa certidumbre que nadie me prometió, de saberlo dispuesto a salvarme por si atacaban las ganas maliciosas de plantarme un tiro en el medio de la cabeza. Sabía que me detendría

Quise quedarme ahí y echar raíces, con él al lado, pese a que nunca se lo dije. Yo me quedé...


Amenazas de porvenir repleto de mierda, se levantaban por el oeste, disfrazadas de esperanzas caducadas antes de ser ofrecidas. Una sucesión de mañanas inagotables, impuros y con brío, llegaron de golpe sin darme tiempo de defenderme con estrategia de contraataque. Masacre por todos lados. Cadáveres de días, sangre pastosa extraída de los relojes regando el pasto, metrallas de segunderos incrustados en las paredes, mis ojeras tocando el piso, y mil heridas imaginarias al pensamiento degenerándose en demencia temprana. Cuando bajé los brazos, ya no estaba.

Gasté tanto tiempo tratando de mantenerme a flote, temiendo ser consumida por el abismo del futuro incierto, pese a la reberverancia de la vida misma, que no sé cuando se fue.
Yo pataleaba por no sucumbir ante lo desconocido. Me aferraba a los restos de cordura resagados para poder darle un sentido a tanta deprivación. Yo había dejado todo con tal de vencer. Incluso lo olvidé por un instante... Fue estúpido pensar que al voltear estaría ahí... Fue estúpido pensar que me rescataría...De mí.

Hoy quise volver a entrar al mar, y sentir, por dos segundos tu ojos sobre mi hombro, cuidando mis pasos...
Aquí no hay mar...


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER



miércoles, 31 de mayo de 2017

DIJE TU NOMBRE




Y ahí estaba yo: diciendo tu nombre en voz alta. Se escucha tan raro tras tantos años de silenciarlo cada que insistía en patalear causando caos y destrucción en la calma que me inventé.
Dije tu nombre, pero no por ti, sino por azar, por mero capricho o una coincidencia entre nubes. Sin embargo, lo dije y dolió.

Lingotes de ausencia comenzaron a encerrarme con el paso de los segundos mientras el eco de mi voz todavía se expandía entre cada letra de aquel nombre hecho sinónimo de desvelos, necesidad y latencia.

Sola, envuelta en la bruma levantada de un recuerdo polvoriento de cuando fui feliz y tu sonrisa adormecía a mis demonios  por las noches. Sola contra el mundo. Sola, devuelta al momento en que me rompiste el corazón: Un día sin fecha de febrero, con la luna en fulgor y la última frase obtenida de tu boca… "No me busques más"

Ahí estaba yo. Empapada de una realidad que no me gusta,  con un futuro vacío mirándome de reojo, un par de copas de vino cuando me vuelva a atacar la melancolía  si llegase a soñar contigo un día de estos. Veo venir tormenta camuflada bajo la excusa de primaveras tempranas o romances placebos. Destrucción por todos lados  y sábanas congeladas.

Dije tu nombre y miré con ternura los ojos  azules del que tenía delante. Con una  expresión de idiotez puesta en la cara  imaginé que te nombraría al llegar a casa esa tarde y el resto de las tardes por venir, todavía sin percatarme de dónde estaba, porqué tu nombre se coló de mis labios y hace cuanto no nos vemos. No entiendo porqué duele tanto. 

Hacía frío, como siempre después de las 4 pm, en mayo, con la noche aproximándose lento y penitente, como queriendo demorar el tormento que acarrearía tomar el auto, viajar poco más de una hora, con el parabrisas escarchado dibujando historias en cristal, llegar a una casa oscura, sin nadie excepto por el  olor a recuerdo viejo y el ruido de tu voz desprendiéndose del papel mural. Era mejor quedarse ahí. Los pacientes no hacen preguntas, no persiguen, no carcomen. 

Silaba tras silaba, estocada tras estocada, año tras año y cicatriz tras cicatriz, desfilaron rindiendo honores al sufrimiento que profesé por ti. En dos segundos se desbarató el circo y gobernó la rabia, por haberte perdido y ahora sin poderte encontrar. Rabia por no saber distinguir un palpitar normal de uno patológico,  una proliferación benigna como podría ser algo muy parecido al amor de un cancer estrepitoso con sensación de vacío. 
Comenzó a llover. Hace algunos meses no me tocaba mirar el agua correr desde dentro de las ventanas del hospital. Tiene un tinte nostálgico, y se siente rondar la muerte entre los pasillos. Hay tanto silencio. Tanto pesar. Hay tanto y estoy sola. 
Dije tu nombre y no te enteraste.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 



sábado, 22 de abril de 2017

MATEO 7:7




Pedí absolución y la tuve. Cargar la cruz costó menos cuando el camino dejó de ser empinado, mostrando después de tanto tiempo, la hermosura de un amanecer.
Ya no hubo clavos en las manos. Se habían borrado mis pecados.

Pedí que me quitaran la memoria, y ahora sé muy poco, casi nada, como si gran parte de mi vida hubiera sido extirpada, cual tumor donde no correspondía, quedando sólo una cicatriz mal hecha recordando lo olvidado ¿Qué será? Ni puta idea.

Quise empezar de cero, para esta vez hacer las cosas como corresponde: Bien y a la primera. Resultó, por lo menos hasta aquí. Cambié la casa, cambiaron los muebles, las flores, los jarrones, los libros y los cobertores, renovación de otoño sacando las telarañas del balcón, guardando el árbol de pascua (Sí, en abril, servía de adorno al lado de las otras plantas. Relleno de plástico, si se quiere), para hacerle espacio al "visitante permanente" acarreado por el éxodo universitario que sufrimos los que somos de lejos...

Pedí descanso, y la revoluciones comenzaron a bajar en caída libre hasta detenerse el motor. No me gusta. No sé qué hacer con tanto tiempo libre. Prefiero la vida a contrarreloj, dormir poco y estresarse como si fuera por deporte. La flojera llama flojera...


Pedí tranquilidad y se fue tu nombre a perder entre la bruma. Hoy los días son claros, pero sin dejarme sentir el calor del sol, como si tuviera que sobrevivir del recuerdo de sus rayos dorándome la piel en días parecidos a los que se presentan tras cada anochecer cargado de frío con su hielo en suspensión.

Pedí que se apagaran los incendios... Ahora hay desolación.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

martes, 4 de abril de 2017

EL OFRECIMIENTO




No hay sanidad en este asunto, querido.
No hay descanso en el sueño, porque hay vacío
Y se expande a expensas de mis inseguridades,
Inmensas como la improbabilidad de todo.

O los dos juntos para siempre y contra el mundo,
O mátame aquí mismo y no prolongues la muerte.
No es justo que juegues así con mis afanes,
A sabiendas que te pertenecen desde el principio.  

O es conmigo o no es con nadie, no hay opción,
Porque tan mío como el oxígeno en mi sangre,
Sangre que es tuya, latir que es tuyo,
Corazón enfermo de amor por tu causa mezquina.

Conmigo llevo todo lo que puedo ofrecer:
Un corazón forjado al fuego de mil desahucios condensados,
Las noches convertidas en días y mis días por tus días,
Un amor maduro por tanto tiempo haber hambruna.

La pureza del alma como lo puede ser luego de ir al infierno,
Un infierno divino bajo el resguardo de las sábanas,
Todo lo que sé por resolver tus conflictos,
Y mi sueño completo por velar el tuyo.

Poesías cada día con tu nombre al dormir,
Mi último suspiro y mi primera exhalación,
Los brazos dispuestos para cuando quieras llorar
Y más fuerza que nadie para cuando te toque caer.
  

Dale un motivo a mi existencia y quédate un segundo,
Sólo un segundo, detenidos, sin hablar,
Para entregarte lo único que puedo ofrecer:
Un alma vivaz, adiestrada con los siglos.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

viernes, 17 de marzo de 2017

DESISTE DE MÍ



Despertar en las noches inundada en llanto,
Cuando la conciencia se jacta de mi soledad intermitente,
Y sé que es mi culpa porque nunca fue normal amarte tanto
Y traerte aferrado como un cáncer latente.

Trato y lo digo, de dejarte a la deriva de mi olvido
Naufrago ebrio de romance lascivo y abrazos,
Para desterrarte de mí y exorcizarte de lo vivido,
Rompiendo los cristales frágiles que contienen nuestros lazos.

Ya no escucho canciones de amor correspondido,
Porque en todas ellas tu voz dulce y amarga abunda,
Haciendo sangrar a mi amor entre indiferencia escondido,
De tu imagen con ojos de marea profunda.

Amor mío, vete para poder amar a otro, tras la larga espera,
Quita tus manos de mi piel acaramelada con rosas amarillas,
Desaparece de mi sueño donde tu poderío prospera,
Y no me vuelvas a besar porque tus labios son cuchillas.

                Te prohíbo, amor mío, cruzarte entre mis deseos bamboleantes,
Sacudir con tus dedos mis penurias y el dolor ingrato.
Quiero reír, no por ti, sino por las esperanzas cautivantes,
De vivir sin andróminas repletas de miedo barato.

Ya no quiero quererte de esta forma invisible,
Porque duele más que la muerte a tientas y peligrosa,
Dejando exangüe a mi voluntad hasta lo insostenible,
Por culpar a mí nombre por tu angustia culposa.

¿Es verdad que no esperas mi deceso prematuro?
¿Ni anhelas que deje de respirar por mala fortuna?
¿En serio me quieres dentro de tu futuro?
¿Por qué hay tanta mierda en toda esta tortura?

Siempre digo que será la ÚLTIMA vez que te escriba algo,
Pero sigo dedicando mis palabras a quién no vale la pena,
¿Podrá ser esta la ocasión en que encuentre tranquilidad en el letargo,
O me continuarás asechando como quejumbrosa condena?


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER


APOCALIPSIS






Llueve y Dios se ha enfurecido conmigo y sus gritos son los truenos que escucho allá afuera, mientras  las luces de los relámpagos,  se convierten en sinapsis tardías de pensamientos eclipsados por postergar lo inevitable, el momento preciso en que ya no haya que ocupar palabras y el sueño por fin sea relegado al olvido… Cuando yo sea valiente y escuche la voz tortuosa de las nubes, tome su llanto para bañar la piel del objeto de mis males, esos ojos cansados de camuflarse con los otros y de cargar con los zafiros del faraón bajo las cejas, ahí recién, resucitaran los Fénix. 

Han pasado años y sólo ahora creo entender lo que me dicen las estrellas con su centelleo afanoso a través de las cortinas tiznadas de tantos cuerpos quemados tras perder la guerra diez mil veces antes de volver a respirar.  Me dicen que sea asertiva y pelee por la escafandra dorada que me han robado desde el resguardo de mis aposentos, que mate si es necesario, todo con tal de obtener lo que por ley es mío, pero que mucho no importa, porque ya rondan los ladrones disfrazados de mendigos que pretenden tomarla cuando yo desista de mis afanes de permanecer siempre despierta. Cuidando. Asechando. Queriendo…Pero desde lejos...Él miró al vacío. ¿En qué piensa el vampiro?

Flaqueza atormenta, pero cansa en demasía mantenerse siempre a la defensiva... ¿Por qué?  ¿Qué  hay que esperar? La seguridad cuesta manterla.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 

lunes, 13 de marzo de 2017

LA COINCIDENCIA





Coincidimos en tantas cosas, que era fútil llegar a donde nos encontramos ahora.

Nacimiento, incluso el mes, país, cuidad, ¿infancia? No recuerdo pero no se pude descartar, sitios, intereses, afanes, obsesiones, decisiones, sentimientos, penas, maldiciones, volatilidad, escapes, horas, idioma y si no, estaban los suplementarios, que también coincidían, amor… Dios… y no coincidimos en el tiempo.

Coincidimos en bromas, planes, resguardos, noches, caminatas, libros, canciones, fantasías y resurrecciones y hasta lo hicimos al querernos olvidar.

¡Tan frágil es la memoria y tan seductor querer cambiar un mundo con tal de arrancar de la cabeza al dolor causado por un corazón mal habido!
Hiciste ajeno mi nombre y mis ojos. Enmudeciste tu boca para exhortar a la amnesia. Es probable que todo mi mío yazca en la pila de la basura de recuerdos por eliminar y lo hiciste, me olvidaste, pero por cuánto.

Yo armé una estrategia: cada que me perdía  en reminiscencias tuyas, bendecía tu vida y liberaba las ataduras, como devolviendo al aire los suspiros robados, ponía una canción triste, parpadeaba un par de veces mientras dibujaba un corazón en un papel, luego lo rompía. Llené la casa de  confeti y resultó.

La mente olvida. Supresión selectiva.

Había paz por un intervalo breve y algo parecido a felicidad forzada, la que viene con sonrisas dibujadas en caretas plásticas y copas de brandi. Paz de la barata, para no morir convertida en carroña de buitres entre preguntas sin respuestas y brazos colgando al vacío.

Cambió de estación y renuevo de hábitos. Limpieza de otoño y ahí estaba otra vez: Algo tuyo destruyéndolo todo.
Nos olvidamos. Coincidimos al recordarnos. Fojas cero.

Coincidimos en los versos, las fuentes y los deseos lanzados en monedas teñidas con niquel, los abrazos, las distancias, los planes a futuro y tú, conmigo, en el día después de mañana y alguna película de Disney un domingo cualquiera.


Coincidimos en la calle al salir a dar un paseo, en sueños invocados por somníferos o cuando la noche es muy vieja y por dignidad hay que acostarse, en quimeras sin sentido en un principio, pero siempre con un trasfondo codificado por las estrellas, en mensajes enviados en botellas tiradas al mar, en alguna suplica por lo que sea, en esta vida y en todas las anteriores.

Hay una creencia antigua que dice que las almas eligen cuando reencarnarse para poder encontrarse con su igual en cierto periodo determinado, la cuestión radica, en que no todas las veces es para ser felices, se puede conjurar a la destrucción mutua si las ansias son demasiadas. Parece que se nos pasó la mano. No sé, ya empecé a desvariar, tiene que ser el calor. No estoy acostumbrada al aire sofocante de ningún lugar. Me duele la cabeza.  Vaya a saber Dios, si coincidimos en eso también.

Coincidimos en no buscarnos cuando el huracán tocó tierra, pero no me vengas a decir que no coincidimos en preocuparnos por la sobrevivencia del otro. ¿Cómo llenar tantos espacios inconclusos que antes ocupaban tus abrazos? ¿Cómo ahogar esta suerte de inquietud percibida en las vibraciones el universo cuando siento tu presencia rondándome desde las sombras? ¿Cómo hacer que todo esto se acabe pronto?

Me  cuesta creer que no volvamos a coincidir.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER


miércoles, 22 de febrero de 2017

ESCLAVITUD






No ha salido de mi cabeza. Me atormenta su ausencia, como sintiendo su vigilia permanente sin saber si es real o es un invento mío por aburrimiento o falta de anécdotas nuevas para escribir.

Cada día, sagradamente, sin un horario fijo, pero de preferencia al anochecer, aparece su recuerdo recriminándome por la soledad, tan familiar estos años, que agota mi existencia, por tomar las decisiones erradas, doblar mal en las esquinas de cada camino por donde transité, por no haber escuchado en su momento y ahora, resignada a vivir del fantasma habitante en mi conciencia.

Dos años … Esta semana se cumplen dos años desde su retumbante “no me busques más” que me rompió el corazón, dejándome a la deriva al perder lo único que pensé sería incondicional: Él.
Reniego de su nombre tratando que duela menos la latencia del fracaso. A puertas cerradas puedo escribir con amor, pero a la luz del día, no tengo la licencia de hacerlo… No puedo.
No diré ninguna palabra amarga en su contra.
No diré ninguna palabra dulce a su favor.

Algo me mantiene inquieta, a la espera, pese a que trato de ignorarlo, palpita, corroe, molesta y hace mariguanzas, impidiéndome olvidar. Tengo la convicción de volver a verlo, de tener una especie de absolución, aunque todavía no sé dónde fue que cometí el error. Quizás no entendí sus intenciones. Quizás perdí la razón, porque para ser franca, no tengo ni una puta idea de sus huesos y yo espero, sin garantías de nada, a sabiendas del desperdicio inherente de una vida, que bajo ningún prisma, ha sido bien aprovechada, como si la destrucción fuera parte importante de su esencia.
La desperdicio en la espera ¿Por qué? Nadie sabe.

Imagino sus manos desnudándome, su piel estremeciendo la mía, su voz gimiendo mi nombre, mordiéndome los labios al besarme.
Tormento… Tormento es saber que pudo ser real, en un día y lugar específico, resguardados por el sol de una tarde tranquila de marzo, seis años atrás ¿Pero qué sabía de la vida hace seis años? ¡Cómo le explico eso si no me quiere ni ver!

He escrito más para él que las páginas del libro a medio terminar desde el colegio ¡Y llevo 462 páginas por Dios!… Dios sabe que es verdad todo lo que digo, cuánto es que le extraño y lo prolíferos que son mis sueños con su silueta dando tumbos de cuando en vez. Quizás cuánto durará todo esto.

Se levantó un viento añejo, parecido al de finales de octubre, moviendo las copas de los árboles cuando el calor no podía ser más asfixiante, adormeciendo mis pesares ya casi convertidos en concreto seco. Te recordé todavía más, pero el sueño hizo lo suyo, secuestrándome lejos, permitiendo el descanso aunque fuera un momento.

Me fatiga tu falta.
Me pierdo en fantasías contigo al lado.
¿Dónde estarás?
La muerte debería ser por piedad.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

viernes, 10 de febrero de 2017

EXHUMACIÓN






Las noches eran febriles. Alguien me perseguía. De algo debía escapar.

No conseguía descanso, sólo ojeras arrastrando hasta las rodillas, malhumor y párpados pesados cargados de concreto.
Miedo de cerrar los ojos  y ser atrapada. Estaba convencida de no salir con vida. Tarde o temprano.

Imágenes sórdidas de parajes oscuros polutos y siempre llenos de corredores infinitos, poblaron de pronto cada aspecto parecido a un sueño, con coincidencias distorsionadas  hasta lo familiar amalgamadas con el extravío del conocimiento: En medio de nada. Ni muy soñando, ni muy consciente. Perdida.  

Noche tras noche la misma tortura, con voces reconocibles entre los recuerdos de viejos amigos olvidados por el correr de los años, advirtiéndome el peligro de quedarme quieta.  “Huye” “Escóndete” “Te busca” se repetían, retumbando el resto del día al disolver los limites de la cordura, para llenarlos con especulaciones sobre el significado de bajar escalaras sin llegar a un verdadero final: Muerte.

Perturbación tomó poderío de mis pasos y miedo de doblar las esquinas al creer que los sueños se pueden hacer realidad (o, en su defecto, no se cumplan). Castigo. Punición. Latencia.

Habitaba un porvenir desabrido de un dulce condimentado con exceso de pimienta y la figura de una esencia en su minuto conocida, pero ahora esquiva, puesta en la punta de la lengua, sin poderla llamar, por saber de quien se trataba y sufrir la amnesia involuntaria del intervalo que ocupó su nombre, hacía mariguanzas para quedarse escondida en el rincón más lejano de mi conciencia.
“¿Qué quieren de mí?” “¿Quién es?” “Alguien, por alguna razón, me está llamando…”
“¿Por qué no le veo los ojos?” Dormí.

Había bruma volviendo sepia el alcance de la vista, con esa escarcha dorada que queda después del amor entre la luz de un farol alumbrando la calle y las gotas de agua estacionadas en el viento. Nadie alrededor, con excepción de uno o dos queltehues cantando la venida del apocalipsis.
Caminé por un largo corredor ceniciento, empañado de recuerdos y el olor a castañas asadas esparciéndose, segura, desempolvando viejos devaneos con la cadencia que pensé, había olvidado tras el desuso, pero que continuaba firme como el primer día.

Sin parpadear y  con esa media sonrisa donde se ocultan los deseos impuros, junto con la divinidad misma, atravesé el corredor con la parsimonia justa, desbordando galardones de sensualidad. Caminé tan largo trecho sin vacilar un segundo.
Detrás de mí, alguien seguía mis pasos. Casi podía sentir su respiración agitándose sobre mi hombro… El calor del vaho… El sabor de la boca que lo expelía. No importó.

Cayó l anoche en un descuido y batucadas de luciérnagas reemplazaron la obnubilación del atardecer cargado con bombas de añoranzas.
¡El cielo estaba en todas partes!  ¡Las estrellas cobraron vida! ¡Romance llenándome los pulmones!  ¡El miedo yéndose al carajo!

Entonces las voces materializaron rostros y los rostros comenzaban a bailar un vals apolillado en medio del pasto rebosante de salpicaduras de una posibilidad.

El universo a media luz y desde sus tumbas levantándose los cadáveres de momentos mejores comandados por los vestigios roñosos de lo que quedaba de mi corazón.

Ya no sentía frío. Mi desnudez había desaparecido por un vestido amarillo hasta el piso y guantes de satín.
Me tomó de la mano.
Lo reconocí.
Le vi los ojos.
No habló.

También había escapado del confinamiento lúgubre que por voluntad propia asumió lejos de mí, repleto de soledad y brío.

Se esfumaron las cenizas con el paso de un viento huracanado con la duración de un suspiro y los helechos empezaban a colonizar las paredes pintadas con cal de los pasillos que transité. Yo flotaba en una serenidad echada en falta. A salvo.

Bailamos hasta que los primeros indicios del amanecer amenazaban con enceguecer a las luciérnagas y aquellos que advertían peligro en un comienzo, descubrían sus coartadas, verdes de envidia y sulfúricos por el fracaso de su misión en hacerme flaquear por temor. Bailamos por todo lo que estuvimos lejos. Bailamos por todo lo que nos faltaba por hacer. Bailamos porque pese a la decrepitud de los años, de las heridas hechas en el fervor del rencor, de las suplicas por libertad y olvido, del veneno procurado por las serpientes envidiosas, ahí estábamos, los dos, otra vez.

Desperté.
Volví a reír.
Y frente a mí, el día en su máxima reverberancia, con los azotes de las olas sobre los roqueros como si no fuera a existir un mañana, la espuma cubriendo la extensión del horizonte y mi corazón palpitando con fuerza tras obtener la absolución. Estiré los brazos al cielo, sintiendo el golpeteo de la sangre en mi pecho. Lo había encontrado.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 
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Tu Arcano del dia

© Francisca Kittsteiner, 2008 - 2009.
- Franykityzado por Klaus, ©2009.