lunes, 2 de mayo de 2016

DE CUANDO APRENDÍ A PARPADEAR





Se acumulan los días de meses ya muertos sobre mis ojeras, pasando lentos y cargados de promesas lastimosas rellenas con tus ojos, el recuerdo de tu sonrisa al mirarme de casualidad y el dejo de protección que entrega el viento con algo parecido a tu olor. Llegan. Pasan. Se van.

Agoto las esperas perdida en el cuadriculado de una libreta al alcance, queriendo escribir otra cosa ajena a tu existencia, pero la mano baila a voluntad propia y tratando de plasmar en papel cuánto es lo que siento el dolor que le causé. Si tan solo hubiera sido valiente, quizás ahora te besaría a mi antojo

Una que otra canción se cuela entre la conversación que entablo sagradamente al aparecer los arreboles con el mar, robándose por un minuto mi conciencia para llevarla donde sea que te encuentres ahora, rogando al cielo que tus pensamientos  no  hayan caído en hermetismo para mí y que el escalofrío que recorre mi espalda sea porque mi nombre fue pronunciado por tus labios o que simplemente, por cualquier excusa, te encuentres dando un paseo por mi cabeza, como antes solías hacer.
Hay canales que no se pueden romper.
Hay vidas que no se pueden separar.
Hay falta de recursos si de saber de ti se trata, como si nadie en esta tierra se tomara un instante para retenerte en su memoria, transformando todo en supuestos  nacidos de más especulaciones y especulaciones paridas para mantenernos lejos.
A veces me pregunto si seguirás viviendo y dar cabida a un no, es traicionar a mis propias ganas de aferrarme al aliento. Ya te perdí una vez y viví. Perderte dos, lanzaría la bala en medio de mi sien.

Cómo te puedo explicar el menjunje de cosas que proliferan  en mi cabeza cuando el insomnio aparece puntual a media noche, trayendo consigo los mejores años de los dos, antes que el racionalismo, las leyes, los enfermos, el dolor, la rabia, más insomnio, lejanía, cercanía, lejanía otra vez y el metro en hora punta atacaran a matar, entregándome  un ensayo con detalles de cada momento en que la historia pudo haber cambiado, si alguno de los dos hubiera sido valiente. Aquel día de marzo, ya casi 6 años atrás, cuando la universidad aparecía como un universo desconocido y no como un carga por sobrevivir, tú de pie y yo obviamente escribiendo en un rincón, en mi casa a media tarde, tras volver de ir a tomar un café, cuando te acercaste para juguetear con mi cabello, en aquellos tiempos tan largo y oscuro como la agonía que profeso ahora, y dejar un beso plasmado justo donde se siente el fervor de la sangre al subir por el cuello, aquel día, en ese preciso cuadro, pese a todo lo que pude haber dicho antes, quise y no sabes cuánto, pararme de la silla y devolverte el beso. Pero no pude.  Vivía con culpas y temor a mi conciencia, a lo que diría el mundo, a las consecuencias de mis actos… ¡Esa puta crianza a la antigua de señorita de sociedad! ¡Los putos modales y lo que es correcto y lo que no! ¡Los putos pecados que proclama la iglesia! ¡Mi puta cobardía!
Aquel día, si me lo hubieras pedido, habrías podido desnudar algo más que mi corazón…
Es eso lo que más me corroe. La sapiencia de EL momento en que la vida sustentó su fututo ¿Por qué no me lo pediste?
Se rumorea que este cuerpo joven, aunque más frío que el agua de Pichilemu, alberga un alma tan vieja como Matusalem, con secretos traídos cada vez que resucitaba y apropiándose  de dos cosas: La continuación de nuestra historia la última vez que coincidimos varios siglos atrás y conocimientos que no todos los humanos pueden sobrellevar ¿Cómo crees que sabía cuando algo pasaba contigo? ¿Acaso no te dije el aviso que me dieron las olas sobre su revancha contra las personas por arrebatarles propiedad, inmediatamente después del día en que la tierra decidiera cambiar su eje tras haber dejado masacre en la mitad de este país? ¿Acaso no te dije que nos volveríamos a encontrar?
Se rumorea por ahí que fuimos lo único que no pudimos tener por adelantarnos al destino y juntarnos cuando era prematuro al tener tan corta edad…

El error fue mío por jurar amor cuando se tienen 16. Por jurar amor tras convencerme que así debía sentirse el amor. Por jurar amor porque era lo que se esperaba. Por jurar amor a sabiendas que jugaba a perder.  Por jurar amor y dar vuelta el mundo  por perseguir la ilusión encendida por la luz de unos faroles, cuando pude haber probado las maravillas de un sol.

El error fue tuyo por creer que por bruja adivinaría la verdad. Por creer que no estaba ciega y en mis cabales. Por haberte acercado a saludar.  Por haberme prometido devolverme a las aguas. Por haberte hecho indispensable y luego desaparecer.  Por no haberme besado como Dios manda. Por no haberme desabotonado la cordura. Por no haberme venido a buscar…

No sé si es una cosa de conciencia o de retribución por los males causados o es el punto de lo tarde que aprendí a parpadear y no encontrarte cerca, morir de a poco en desesperación por no verte regresar a mí y hacer como si los años no pasaron y seguimos siendo los chiquillos más ancianos que jóvenes, solos contra el futuro, pero siempre de la mano, cuando todavía en la inocencia, planeábamos una vida para los dos y mira si es cruel el destino, al hacernos cumplir exactamente lo planeado para estas alturas aunque tú por tu lado y yo por el mío.

Es la maldita memoria infinitamente masoquista que para probar sus alcances, trae cada detalle de cada conversación para buscarle los errores o alguna segunda interpretación pasada por alto, tanto así que ya tiene su frase favorita y tú la razón.
“No quiero que el día de mañana te encuentres preguntando qué hubiera pasado si”
Pues bien, aquí estoy haciéndole honor a tu advertencia, torturándome, maldiciéndome, ahogando mi llanto contra la almohada para no despertar a nadie. Aquí estoy, viendo el tiempo pasar.

Dónde estabas cuando te llamaba como sólo nosotros podíamos hacerlo. Dónde estabas ahora que te dedico un “Buenas noches”. Dónde estabas cuando se asentaron mis cabales, cuando brillaron un suspiro, desintegrándose al ver que no estabas.
Dónde estaba cuando me ofreciste tu corazón y la luna. Dónde estaba cuando era a ti a quien atacaba el insomnio. Dónde estaba cuando el dolor se hizo insoportable. Dónde estaba la última vez que me viste pasar.
¡Estoy postrándome a tus pies! ¿¡No es eso lo que querías!? ¿Verme ocupar el sitio que un día te hice llenar? ¡Estoy, a mi manera, tratando de enviarte un beso si es que alguna vez lograras leer lo que escribo! ¡Aquí estoy, pidiendo perdón! ¡Aquí estoy, buscando otra oportunidad!


De nuevo dieron las 5 de la mañana de un domingo como tantos otros, con tu nombre claveteando en el entrecejo e imaginando que aquel día, sí me paré del asiento… 


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 
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