miércoles, 31 de mayo de 2017

DIJE TU NOMBRE




Y ahí estaba yo: diciendo tu nombre en voz alta. Se escucha tan raro tras tantos años de silenciarlo cada que insistía en patalear causando caos y destrucción en la calma que me inventé.
Dije tu nombre, pero no por ti, sino por azar, por mero capricho o una coincidencia entre nubes. Sin embargo, lo dije y dolió.

Lingotes de ausencia comenzaron a encerrarme con el paso de los segundos mientras el eco de mi voz todavía se expandía entre cada letra de aquel nombre hecho sinónimo de desvelos, necesidad y latencia.

Sola, envuelta en la bruma levantada de un recuerdo polvoriento de cuando fui feliz y tu sonrisa adormecía a mis demonios  por las noches. Sola contra el mundo. Sola, devuelta al momento en que me rompiste el corazón: Un día sin fecha de febrero, con la luna en fulgor y la última frase obtenida de tu boca… "No me busques más"

Ahí estaba yo. Empapada de una realidad que no me gusta,  con un futuro vacío mirándome de reojo, un par de copas de vino cuando me vuelva a atacar la melancolía  si llegase a soñar contigo un día de estos. Veo venir tormenta camuflada bajo la excusa de primaveras tempranas o romances placebos. Destrucción por todos lados  y sábanas congeladas.

Dije tu nombre y miré con ternura los ojos  azules del que tenía delante. Con una  expresión de idiotez puesta en la cara  imaginé que te nombraría al llegar a casa esa tarde y el resto de las tardes por venir, todavía sin percatarme de dónde estaba, porqué tu nombre se coló de mis labios y hace cuanto no nos vemos. No entiendo porqué duele tanto. 

Hacía frío, como siempre después de las 4 pm, en mayo, con la noche aproximándose lento y penitente, como queriendo demorar el tormento que acarrearía tomar el auto, viajar poco más de una hora, con el parabrisas escarchado dibujando historias en cristal, llegar a una casa oscura, sin nadie excepto por el  olor a recuerdo viejo y el ruido de tu voz desprendiéndose del papel mural. Era mejor quedarse ahí. Los pacientes no hacen preguntas, no persiguen, no carcomen. 

Silaba tras silaba, estocada tras estocada, año tras año y cicatriz tras cicatriz, desfilaron rindiendo honores al sufrimiento que profesé por ti. En dos segundos se desbarató el circo y gobernó la rabia, por haberte perdido y ahora sin poderte encontrar. Rabia por no saber distinguir un palpitar normal de uno patológico,  una proliferación benigna como podría ser algo muy parecido al amor de un cancer estrepitoso con sensación de vacío. 
Comenzó a llover. Hace algunos meses no me tocaba mirar el agua correr desde dentro de las ventanas del hospital. Tiene un tinte nostálgico, y se siente rondar la muerte entre los pasillos. Hay tanto silencio. Tanto pesar. Hay tanto y estoy sola. 
Dije tu nombre y no te enteraste.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 



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