sábado, 21 de agosto de 2010

Amnesia



Creo que nací un 21 de julio cuando el ‘92 todavía estaba de moda. Según cuentan no he cambiado mucho desde entonces, cosa que no podría afirmar o desmentir porque no me acuerdo. Estaba presente, sí, pero no tengo una imagen sólida de mi apariencia, pues aún no me atacaba la vanidad de pasarme horas mirando al espejo a alguien muy parecido a mí, aunque en ningún caso, yo. He crecido, ya casi han transcurrido 19 años y la desmemoria de la vejez comienza a afectarme, no logro acordarme si ese año era bisiesto o qué día es hoy.


Nunca he sido muy normal que digamos, siempre nostálgica de tiempos que siquiera alcancé a vivir, encontrando placer al pasar una tarde escuchando tangos alcohólicos que desvanecen entre sus acordes las penas que se condensan dentro de mi pecho.
Me gusta extrañar a los que se han ido, y vez que puedo, escapo un poco de la realidad para escribir una que otra idea vaga que se anida en mi cabeza. Hay veces que paso semanas con el título de mi próxima "creación" (si es que las puedo llamar así) y cuando me siento con lápiz y un papel dispuesto a morir por complacer mis vicios, las palabras no fluyen, se estancan, madurando la brutal decepción de mi lógica, seguramente, debatible.
Puedo pasar horas mirando el cielo, sin que algo perturbe mi meditación de fantasías utópicas, esperando, siempre esperando que mi suerte llegase a cambiar al avecinarse un fenómeno que haga un quiebre en mi vida, un tanto monótona: De los sueños, a los libros, de los libros a más libros, y de ellos al sueño que, para aprovechar tiempo, continua repasando lo aprendido cuando la luz era el emperador de la ciudad. Pero que conste, no me acuerdo ya de quién soy.

Otra cosa, para ahorrar espacio en mi cabeza, he decidido escribir todo en tres idiomas al mismo instante, así puedo regodearme de mi facilidad para los idiomas y mato de un tiro, al aburrimiento, que sigue en su afán de rondar cerca de mis pasos, pese a que le he dicho y en reiteradas ocasiones, que no me interesan sus propuestas de un romance de media estación. Ya estoy muy vieja para esos trotes.

Tengo un vestigio de recuerdo que me gustan las magnolias y que juré a mis cojines, entregar mi corazón entero, en oferta, con mi alma y mis latidos, a quien supiera diferenciar el cambio en el brillo de mis ojos cuando las veo florecer. Esa sí que es una promoción tentadora.
También siempre he supuesto que llevo a cuestas más años de los que llevo respirando en esta tierra, que antes de mi concepción estaba dispersa en partículas con carga eléctrica, preferentemente positivas, esperando reencarnarme en lo que puedo afirmar que soy y que para traerme aquí salieron a cazarme con estas redes de mariposas, metida dentro de una célula y obligada a nacer como humano, mejor todavía, como mujer y sin embargo, no recuerdo nada.

Creo que mi canción favorita es una en italiano y parece, pero no estoy segura, que hablo italiano y otra cosa con I... ¿inglés tal vez? quién sabe. Bueno, me gusta y aunque de levanta ánimos no tiene nada, cuando soy presa de lágrimas circenses que hacen acrobacias en mis mejillas y se lanzan en trapecio sin red hacia el vacío, es inevitable dibujar una sonrisa en mi cara.

Acabo de encontrar un papel que dice: recordar que tienes una meta que cumplir. ¿Cuál de todas? podría ser cualquiera: mi carrera, mi casa, mi auto, mi nobel de literatura, dejar de fumar, conocer a Mel Gibson, viajar a la luna y colonizar ahí, aparecer en un billete de $3.000, ayudar cuanto pueda, y que en los futuros libros de lenguaje, historia, ciencias, me da igual cuál sea, salga mi nombre con una foto de mi juventud; quedar para la posteridad y convertirme en leyenda. Pero, acuérdate, yo no me acuerdo.


De repente me dan ganas de un trago con menta, limón, hielo y mucha azúcar, aunque cuando voy a prepararlo, no sé qué hago en la cocina con limones partidos, una batidora y una botella de ron blanco sin tapa encima de la mesa, después salgo al patio, prendo fuego a un cigarro y comienza mi obra dramática a surgir desde lo profundo de los arrepentimientos de lo que he hecho (es lo único de lo que de verdad se puede arrepentir alguien, todo lo demás, es puro relleno), a buscar imágenes en los arabescos que forma el humo al expulsarlo de la boca, al elevarse hasta desaparecer entre el resto de los gases que circundan los pulmones.
Luego, cuando ya me dan escalofríos pongo una canción antigua, puede ser que las escuchasen mis abuelos, pero no importa, a mí me gustan y punto. Canto a todo lo que da mi voz, espantando lejos a los cuervos que quieren verme caída dentro de una depresión nunca vista desde los tiempos de Hamlet y sus conflictos existenciales, pero soy fuerte, eso creo, y resisto cuanto pueda, distrayéndome en recuerdos de un amor que no recuerdo haber amado, mas, posee nombre, apellido, dirección y edad. Me doblego cuando las sensaciones que se supone sentí al primer contacto de labio con labio, estremecen mi piel dormida hace mucho por falta de cosquillas juguetonas que se aventuren brazos arriba hasta llegar al cuello vestido solo con una cadena y un colgante, un abrazo que pareciese que te quitará la respiración apenas bajes la guardia y la guardia nunca estuvo pendiente de hacerle frente a lo que el destino podría traer consigo como un tipo de ofrenda colectiva que únicamente favorece a los que saben leer entre líneas y le buscan la quinta pata al gato. 


Hay veces que olvido cómo me llamo y mucho no me preocupa, porque es solo un nombre, una forma que tienen de identificarme, lo gracioso es que los nombres se repiten unas diez mil veces más uno dentro de un rango de tres cuadras a la redonda, entonces ¿Qué caso tiene que olvide que me llamo Francisca Lizzette Lucero Kittsteiner? No le veo lo grave, o quizás ya me volví loca.

Ahora que veo, hay un gato caminando por el ancho de una pared que no supera los dos centímetros, me comparo con él, el elegante caminar que nos distingue del resto, la sensualidad de una mirada que dice mucho más que un recorrido por el diccionario, la sencillez lasciva que está impresa en cada corcoveo de una espalda al descubierto. Si somos iguales.
Vi un zorzal y me fui por un instante a volar con él, hace mucho que no veía uno por estos lados dejados en el tintero por Dios y no sé exactamente qué se encuentra haciendo la figura de ese amor que no recuerdo haber amado sacudiendo el polvo que dejó congelados a los besos que nos faltaron dar y que ya es muy, pero muy tarde... Comienzo a convencerme que es mejor dejar de inmortalizar los momentos vividos antes, y vivir en el tiempo que me corresponde, actuar como si tuviera 18, porque esa es la edad que se dice por ahí que tengo y permitir que el olvido ataque donde quiera atacar, para llenar de nuevas cosas, cosas que de seguro ocurrirán cuando termine de escribir tanta porquería junta, cosas que definitivamente, me harán olvidar.......


Yo, una mujer que no sabe qué nombre le dieron, qué edad tiene, qué vida ha vivido, cuántas ha vivido, qué tipo de gustos le gustan, qué amores ha querido, qué lágrimas ha llorado y menos el por qué, qué metas se ha propuesto a cumplir, declara, en pleno uso de sus facultades mentales relativas (todo es relativo, cariño, todo), que no le interesa recordar lo irrecordable....se acaba la cuestión.




ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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