martes, 6 de febrero de 2018

A LO ROJO SE VA EL TORO.







-        -  Epa, epa, epa… ¿Qué haces dando tumbos por aquí? Nadie aparece después de tanto tiempo porque sí… - Dije al aire tras oír tu voz escarbando en mis recuerdos.

“¡Ay mi Fran, cómo se nos pasó el verano tan rápido!” Tenías razón en ese entonces, se nos hizo poco entre conversaciones mundanas sobre ideales distintos, tragos de tequila mirando las olas a medio turno de trabajo y música extraña para jugar a ser unos wurlitzer, pero no había vuelto a pensar en ti. Mis espacios vacíos los llenaba otro nombre, casi surreal por estas fechas, fórmulas de conversión a dosis pediátricas y un sinfín de síntomas apiñados para tal y cual enfermedad. Tú, de pronto fuiste, una buena anécdota para contarles a las amigas entre cervezas y cigarros.
-         - Aquí nos conocimos – Dije – y si nos volvemos a encontrar, tiene que ser aquí.

El día había aparecido cubierto de nubes de mar a cordillera, las olas reventaban con una fuerza magistral, se respiraba sal y olor a cochayuyos arrancados desde las profundidades: La atmósfera perfecta para salir a caminar sin rumbo.
Eso provoca los días grises en mí, la revitalización del alma austera, un golpe brutal de energía… A todos no se nos da eso del sol radiante.

Hacía ya tiempo no vestía de rojo, puede ser por las inseguridades levantadas con el correr de los años, pero “Qué más da – Pensé – A lo rojo se va el toro.”
Puse algo de brillo en mis labios, un par de aretes al tono, pantalón ajustado y sombrero de ala ancha para encubrir la mirada. Caminé horas por una playa al borde del abandono, colonizada por resto descuartizados de medusas sin suerte. No sé en qué momento el sol hizo su entrada triunfal, deshidratándome las ganas por descubrir lo que había un par de kilómetros más adelante.
Hice planes a futuro, conversé con el mar sobre mi mal de amores y él rió, organicé la lista del supermercado, canté a todo pulmón, luego de asegurarme que nadie pudiera escuchar, recé por mis muertos, agradeciendo el legado que me dejaron en bandeja, esperanzada en la idea, de algún día, poderlos abrazar de nuevo y contarles que después de todo, no lo hice tan mal, recogí un par de hultes secos para dárselos a mis perras al volver a casa. Son iguales que niños: se entretienen con tan poco. También agradecí por ellas.

Ya se me había acabado el agua cuando caí en cuenta que la tarde se escapó sin aviso. “Si tan solo el mar fuera potable, nada me detendría.”
Retomé camino conocido, sin importarme lo empapado del pantalón al ponerme a jugar a la tiña con el mar y media hora más tarde, una ventolera malintencionada me distrajo quitándome el sombrero. Levanté los ojos y sobre un socavón de arena, estaba este personaje de pelo oscuro alborotado y lentes de sol sumido entre las líneas de un libro amarillento recibiendo el respirar salino de las aguas en carnaval.
-          -   ¡Ay mi amor de verano, cómo se nos pasaron tan rápido estos años! – Suspiré tras percatarme que el niño que conocí había proscrito para darle paso a un hombre con el que, de seguro podría ser yo misma.
Me hice la desentendida y con paso raudo avancé sin mirar atrás…
Esa costumbre de sabotearme las coincidencias, es más fuerte que yo.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER

© Francisca Kittsteiner, 2008 - 2009.
- Franykityzado por Klaus, ©2009.