viernes, 11 de marzo de 2011

ÉL...


Él tiene veinticinco, parece de treinta y piensa como si tuviera diecisiete. Yo tengo dieciocho, parezco de veinticuatro y pienso como si llevase ciento cincuenta años acuestas.
Yo soy parte de su vida y mi vida entera se resume a él…
Por él he vivido muchos más años de los que llevo respirando en esta tierra, condensando mil reencarnaciones, adelantando mi futuro y mi pronta muerte con tal de verlo sonreír.
He dejado en suspenso las temporadas que nos enfrentaron con las reiterativas y pérfidas despedidas, manteniéndome intacta, tal cual como él podría recordarme, prendida a la promesa de que volverá cuando amanezca Septiembre 8 y sienta su aliento cerca de mi boca en vez del frío matutino, sin embargo, ese día rehúye de mis encantos lascivos… por él, yo soy Penélope.
Él me ama, es cierto, pero yo lo deseo, lo adoro y lo extraño. Te extraño, mi Odiseo, más todavía por las noches. Falta tu calor trémulo junto a los arcos dorados de mi espalda, el asecho constante en los límites de lo permitido y el pecado. Extraño las invasiones de legiones sanguinarias sedientas de locura carnal, los recorridos a ciegas de tormentos espirituales, barreras pudorosas que contaminan el prodigio de la satisfacción momentánea. Extraño sucumbir ante el insomnio, no por falta de sueño o acumulación de cansancio, sino por su escasez y el miedo lacerante de perder un segundo de su exquisito mirar penetrante, tímido y febril. Extraño no querer dormir, las respiraciones agitadas, la sonrisas a medio morir y el descanso en tu pecho palpitante.
Yo soy la unificación de sus reglas solicitantes y él, es la excepción a todas mis reglas.
Doblega mi voluntad con una magnitud increíble, aunque sigo en pie, erguida y firme, entonces, ataca por donde sabe que faltan vigilantes y puertas de acero forjado en la llama de un amor en explosión retenida, son débiles, haciéndome caer en sus brazos, enredándome en sus sábanas, asfixiándome en besos dulces y desesperación.

Él es el príncipe del cuento y yo la cenicienta a medio camino del baile, divagando entre las opciones que presenta una encrucijada nunca antes conocida, sin mapa, sin madrina, sin escolta ni cochero, solo yo, armada de coquetería ensayada, un lápiz e ideas abruptas con tonalidades de incoherencia clara, con la ofrenda de un corazón casto entre las manos y un abrazo que no aguanta la represión eterna ni un minuto más. Soy una cenicienta descalza que sacrificó sus cristales para adornar las lágrimas que él derrama.

Él se va y yo me quedo, siempre en espera perpetua, disfrutando de los recuerdos tórridos e ignorando las luces fluorescentes de nuevos romances que buscan mi atención con llamados seductores. Cuando él no está, soy ciega porque mis ojos se niegan a ver otra cosa que no sea su rostro hermoso, soy muda porque no puedo pronunciar palabras que atenten contra las suyas y su corazón, soy sorda porque no existe sonido si su voz no está mezclada en el aire de primavera y en los alaridos del mar. No existo, porque no hay pensamientos que camuflen mi agonía. Soy solo un cuerpo al que le robaron el alma, la esencia y los matices de relativa felicidad. Cuando él vuelve, vuelve también Francisca, los colores habitan de nuevo las sombras, se oye música en medio de un temporal, veo auroras desplegarse en el cielo y hablo de mi amor perenne....



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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