viernes, 11 de marzo de 2011

PATRAÑAS


Parece que el destino nos quiere juntos, pese a que hemos renunciado al trayecto que hay que recorrer tomados de la mano, pese a que hemos separado los caminos, en los miles de desvíos que nos presenta la vida y nos resignamos a continuar sin compañía, justo ahora que aprendí a olvidarte de una manera extraña fundida con el recuerdo apetitoso de tus besos ahumados con chardonnay del 2001.
parece que el azar está ligado a tu nombre, a tus mandatos y deseos y hacen de mí una esclava que tiene que acatar con la cabeza baja, sumisa ante la redención que profeso a tu imagen sagrada, consumida por las acciones que la vulgar coincidencia me obliga a realizar. ¿Qué tienes? ¿Qué haces? ¿Qué tipo de trato tienes? ¿Y con quién? ¿Por qué nos siguen nombrando juntos? ¿No es acaso que esto terminó mucho antes de empezar? ¿Por qué Ignacio?
El mundo entero no es lo suficientemente grande como para perderte en un lado y yo en el otro. Hay algo que insiste en mantenernos unidos (aunque muchas veces yo no quiera), que juega a acercarnos hasta el límite que podemos soportar, nos acostumbra a la presencia punzante del otro, a las discusiones triviales y las competencias por el último beso tibio del día y de la nada, uno tiene que partir lejos (como tú hace un par de años), recomenzar a vivir en absoluta soledad, hacer de tripas corazón, secar las lagrimas y continuar… ahora, soy yo la que tengo que cambiar de rumbo, más cerca de ti que de mí en este instante, y no porque lo así lo dispuse, sino porque el “destino” me manda, se camufla como LA oportunidad que tengo de salir de donde estoy y de ser grande en un futuro pero ¿estarás tú en él? ¿Y si no acepto? ¿Y si me quedó petrificada con cemento en los pies? ¿Tendré que ser valiente? ¿Otra vez?

Parece que la batalla encarnizada que libro con mis pensamientos por expulsarte de mi cabeza, la perderé conforme pasen los años y los Dioses hagan de nosotros lo que les plazca, destruyéndonos, acabando con nuestras esperanzas porque tienen envidia de lo que sentimos estando en esta cercanía relativa a la hemos habituada, solo, y en esto hago hincapié, porque no tenemos alternativa. Nos envidian y descargan sobre nuestras cabezas la furia que los victimiza. Nos odian y disfrutan con el sufrimiento que provocan en mí cuando te vas, vuelves, luego te vas, y no regresas y en ti, cuando desfallezco por un abrazo, por las veces que juro al cielo no repetir tu nombre, porque me hace daño, aunque es lo único que me mantiene cuerda, que me exige resistir.

Sea lo que decidamos, es lo que nos tocó, la infinita separación, los reencuentros con puntos suspensivos, las noches que nos faltan por concretar y que son causal de mi funesta demencia, los rastros de tiempos mejores, las maldiciones que invento cada vez que se repite la historia, cada vez, que recuerdo el porqué de todo, cada vez que te arrancan de mis brazos con premura dejándome a tirada a mi suerte, lamentando el hecho de haberte conocido y contigo al amor, el cariño, mi perdición.
Cada vez que intento borrarte, hay algo que me recuerda que dejaste marcas de fuego en mi piel, que hay senderos inexplorados por las manos y que tientan al descubrimiento y conquista de lugares que nadie ha habitado antes. Hay veneno en mis labios para quien intente probarlos y que no seas tú, hay alambres en mis ojos, paredes en mis oídos, ladrillos en mis pies y nieve en mis pensamientos, es la condena que cargo por amar a quien no debía, por retar al destino y salir perdiendo.

Cada vez que me alejo de ti, hay más de una forma de toparse con tus ojos verdes escarlata.
Cada vez que trato de odiarte, crece el ímpetu maquiavélico de arrepentirme de lo que he dicho, y castigar mi lengua por profanar tu sagrado nombre…

Esta vez…me abandono mi afán y me entrego a lo que se viene… beso los azotes que he de sufrir.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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