sábado, 18 de junio de 2016

LAS MIGAJAS DEL MANTEL

Alumbró un lunes con la bruma besando los retoños de las rosas que luchaban por no morir abrasadas por el frío. Parecía que el polo se hubo  trasladado a esa ciudad sin aviso previo escarchando los ventanales inmensos de una habitación que sólo Dios sabe cuántas lágrimas ha visto sacrificadas, cuántas veces en el piso se reparó un corazón ya casi extinto y cuántas veces le escupieron a la cara recriminando el silencio profesado cuando le pedía consejo. Dios no hablaba, por no menos no ahí. 
Había amenaza de dolor en el aire con tormenta viniendo desde el este. "Seguramente en la playa haría un día exquisito” Pensó.

Andaba mal algo, los átomos chocaban en sus oídos gritando la alteración en lo común del orden, desesperadamente en fuga porque tenían miedo. También lo podían percibir sin encontrarle significancia a nada de lo que pasaba a esas horas, cerca de cuando el sol está por nacer, devolviendo aunque sea un poco de consuelo al mundo tras espantar a las alimañas cobijadas en la oscuridad. Había hielo suspendido en el aire congelándole la nariz en cada inhalación, pese a que en la casa la chimenea ardía perpetuamente. Ese lunes no había menesteres por cumplir y a nadie le importaría si se quedaba enredada en las sábanas un rato más. No tenía sueño y su ritual favorito para recuperarlo era pensar en él hasta volverse a adormecer con una sonrisa en la cara. 
Todos los días lo llamaba con su conciencia con un susurro que viaja infinidades de océanos para dejarle un beso en la frente y un escalofrío apoderándose de su espalda. Así sabría que era ella quien le besaba. Siempre él aparecía en el sueño invocado a la fuerza cuando el sueño natural se marchaba al carajo, con un amor hibernado y su vida puesta a los pies de esa mujer. Ella lo esperaba para ver si se podía cambiar el curso que había tomado el destino al equivocarse en el camino y perderse lejos de su cuidado receloso. Todos los días, al despertar, a media noche cuando los ojos se rehusaban a cerrarse, cuando leía el siempre itinerante libro sobre la mesita de luz, cuando ponía la radio antes de entrar a la ducha, cuando su mente estuviera libre, la ocupaba con él.  
Ese día no llegó.
 
Ella repasó varias veces el lugar destinado para ellos, aunque fuese de mentira e imposible de concretar, existente sólo en sus pensamientos. Cuando se suponía que él debía levantarse del sofá para entrar en escena, no lo hizo. Sin embargo, lo sentía cerca, estacionado en el derredor de sus afanes, como si siguiera sentado sin lograr verlo, retenido por algo ¿Miedo? Jamás. Cómo podía infringirle miedo. 
Arrugó los ojos con todas sus fuerzas una última vez para que su cabeza expulsara las trabas disfrazadas de confusas conjeturas al no entender lo que pasaba.
Se levantó. 
El sentimiento de ausencia se acrecentaba conforme se iba desvaneciendo la juventud de la mañana haciendo que los rumores cotidianos se transformaran en intranquilidad en su estado más puro, le temblaban las manos y sentía la dicotomía entre lo real y lo inventando que ofrecen las esperanzas mal paridas. Eso de sentirlo cerca y después lejos, no sentirlo, silencio y que ahí esté de nuevo tan hermoso como recordaba, la estaba volviendo loca, porque pese a todo, a los años, a la ruptura, a los viajes gratuitos con destino a la mierda, las risas, las historias que se contaban, se aferraba como podía a la posibilidad de un " Tal vez, mañana sea el día".

De pronto, cuando terminaba de lavar los platos del almuerzo ahogada en miles de canciones sufridas, al mirar hacia la calle, lo supo. Él se había marchado a otra fantasía para complacer las mañas de la que llegó, quizás hace cuánto tiempo, a ocupar el lugar que le pertenecía.  
No era que la olvidó ni muchos menos dejó de amarla, eso imposible, pero aprendió a hacer espacio en su corazón para otras pensando que si tenía paciencia, algún día le dejaría de doler la pérdida de su Pandora.  El nombre rimbombante enmudecería, extinguiéndose lentamente en la decrepitud de la amnesia selectiva a la que la confinó y aparecería otro para levantarle alabanzas, otro que calmaría sus pesares con canciones de cuna hechas especialmente para él. Ese era su mayor deseo, que dejara de doler.

Sucumbió  ante los devaneos inconscientes de una niña senil muriendo con el pasar de los años que permaneció a su lado, pero sin tener las fuerzas para alejarse de ella porque la necesitaba para completar los vacíos que le quedaron en el alma al nacer. Inevitablemente había que hacer algo.
 
Un 25 de diciembre, cuando cayó la noche en todo el mundo y la atmósfera cargada de amor se desplegaba con el atardecer, la fue a buscar, haciendo de cuentas que aquí no pasó nada después de no hablarle por más de un año. Conversaron de lo que no se sabían caminando tomados de las manos como desde el primer día, felices hasta que el reloj en su alharaquero estrepitoso anunció que ya la noche estaba muy avanzada para seguir vagabundeando.  La dejó en su casa y nunca más la volvió a ver. Hacía tanto frío como hoy y puede ser que también haya sido un lunes... Maldito lunes.
Desde entonces ambos están inconclusos con el orgullo metido en el medio: Ella consumida en buscarle respuesta a la desaparición repentina del amor de su vida camuflado como mejor amigo, inventando escenarios para reencontrarse en momentos exactos del pasado en común, cuando las cosas marchaban a pedir de boca y el mundo era pleno, así al menos podría verlo en sus recuerdos y nadie se lo negaría. Él, huérfano de sentimientos porque nada podía superar al magnetismo que despertaron los ojos de aquella mujer, nadie lo conocería tan bien adivinándole el pensamiento incluso antes de que él mismo lo pensara. No podría rellenar los huecos en su alma desecha, pero era el precio que debía pagar si quería sobrevivir a las trampas que va poniendo la muerte circundante a la felicidad. Él no quería morir y si no daba media vuelta, moriría de felicidad.
Ese lunes ella supo que él descansaba en brazos ajenos cuando pudo dejar de ser tan imbécil, volver a buscarla y retomar la historia donde fue que la dejaron, en ese 25 de diciembre 3 años atrás.  

No asfixiaba su ausencia porque sabía que aunque amara a otra y durmiera en otro pecho, seguiría siendo suyo como siempre lo ha sido, y que hiciera lo que hiciera y la reemplazara con quien fuera, él le había regalado el corazón siendo críos todavía y ella no tenía intención de devolverlo.
Después de ella, sólo podría entregar a quien viniese las migajas que quedaron en el mantel. Los dos lo sabían.


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 
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