jueves, 13 de octubre de 2016

BESOS EN EL MARMOL

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¡    - Voy a salir! – Grité antes de cerrar la puerta.
-          - ¿Dónde vas? – Contestaron.
-         -  A perderme por el mundo.

Necesitaba ir a verte. La ausencia se hizo insostenible esta mañana, con la añoranza de un abrazo cándido para volver a ser una niña llorona de 5 años refugiada en su lugar favorito de mundo: Tus brazos.

Había melancolía rondando el aire, insuflándome los pulmones para asimilarse en lo más profundo del ánimo. El olor a tu piel de apoderó de mis recuerdos... 

¿Dónde estarás ahora?

 Iré a buscarte. Necesito hablar contigo.

Los aromos florecidos, el petricor levantándose del piso, la cuidad bajando revoluciones con la aparición de los arreboles y esa latencia de la venida del día de todos los santos, haciendo mixtura con la saciedad del espíritu al saber próximo el reencuentro entre lo nuestro.
Todo me gritaba tu nombre. 
Todo me hacía sentir ganas de lanzarme al vacío y escapar contigo ¡Es que te extraño tanto!

Te fuiste muy pronto de mi lado. 

Nunca he estado sola, es verdad, siendo rodeada de amor por doquier, empero no es lo mismo. Me faltas… ¡Por la cresta que me faltas! Quizás ahora, mientras me distraigo con caminatas al azar, me esperarías en casa con el almuerzo calientito sobre la mesa… Pero no. La vida es cruel y hay que aprender a vivir sin lo que más se quiere, a hacer de tripas el corazón y continuar mientras el alma se desgarra de dolor en silencio.

Un acontecimiento horrible, marcó el final de todo y tres meses se tardó en destruirse el mundo. Lo sabías y no me dijiste, simplemente, te fuiste. Yo no entendía, y aunque no me creas, sentía las advertencias de la disipación de la alegría por estos parajes. Todavía no regresa. Se pudo hacer perdido al alejarse tanto y por tanto tiempo ¿Quién no?

Tal vez por eso adoro tanto el mar. De una u otra forma, me trae reminiscencias tuyas de cuando gastábamos las tardes enteras caminando por los roqueros afilados con pies descalzos. Desde entonces, no importa si llueve, si el mar está enardecido, si acaba de haber un terremoto y se evacuó la costa completa o si vienen a invadir los marcianos, cada vez que me voy a la rivera de las olas, me paro a observar el bamboleo de las aguas, a pies descalzos sobre las rocas y te mando un beso, todo mi amor, un par de oraciones y la promesa de volvernos a ver.

Nunca dejará de doler, estoy segura. ¡Te amo tanto todavía! Quiero dejar de quererte así. Me hace mal, aunque intentar es inversamente proporcional al cariño guardado. Se me antoja que me caigas mal.

“¿Dónde metí las llaves? ¿Las traje? ¡No puedo ser tan tonta de no haberlas traído! ¡Aquí están!”  Ya tenía la cartera en el suelo con el contenido desparramado en el cemento.
Abrí la puerta y ahí estabas.

Te besé hasta congelarme los labios, dejando el mármol con labial rojo, mientras caían las lagrimas contenidas arruinándome el maquillaje (como si no me demorara nada en arreglarme las ojeras cada mañana).

“Te echaba de menos, pero ya vine. Parece que te gustaron las flores que te traje la última vez. ¡Qué falta que me haces!”

18 años pasaron y recién fui capaz de hablar de ti sin anhelar la misma muerte que te apartó de mi lado, abuela.



ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 


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