sábado, 25 de febrero de 2012

DE VEZ EN CUANDO


De vez en cuando, siento la necesidad imperante de correr a tus brazos, quedarme ahí, quieta por lo que me reste de vida, para poder respirar tranquila, alejada de las malicias precarias que no tienen nada más qué hacer que corromper la cercanía mutante en la que estoy condenada a pasar el tiempo esperando a que todo se transforme en algo positivo que me sirva para soportar el dolor de verte dormir tan cerca, pero sin jamás llegar a alcanzarte, aunque desde donde me encuentro pueda sentir el tic toc de un corazón incesante, que posiblemente esté empezando a dejar de quererme con el ímpetu que en sus comienzos sintió. Es ahí cuando se despilfarran las caravanas de lágrimas azucaradas en carrera hacia el piso llamando a los tambores para que acompañen la caída de la tirana, que no quiere dejarte ir lejos, ni cerca, ni a ningún lado donde mis ojos vigilantes no te puedan alcanzar.
Y así avanzan las horas y no te das ni cuenta de que el amanecer esta próximo, que con los primeros rayos de sol, tendré que secarme la cara, esconderla de la vista del universo y plasmar en ella la sonrisa maquillada que todos los días me ves lucir, por si existe la casualidad de que te vuelvas a enamorar o simplemente, me correspondas con una. Es cuando el tormento que debo pagar por todos los pecados cometidos en vidas pasadas comienza a tomar lo que ya no me pertenece con el solo afán de humillarme por completo. Tengo miedo, sí, pero no de que todo quede en suspenso, sino de ya no poder ver entre el amparo lóbrego algún destello de luz, de no oír un suspiro que me haga recordar que sigues al lado, conmigo, cerca, mío… Tengo miedo de no saber vivir, que se me hubiera olvidado con el paso de los años, y que todo se reduzca a una fracción insignificante de porquerías baratas que los amigos dicen cuando no se les ocurre alguna cosa que te haga volver a sonreír por inercia. Tengo miedo de las pesadillas que me asechan, de que se concreten, de que ya no me despiertes de mis sueños de terror y me abraces tierno hasta que me vuelva a dormir cuando ya las has espantado.

De vez en cuando, me gustaría gritarte en los oídos para que veas que sigo firme con la misma convicción que hace 5 años, que este es mi lugar y de aquí nadie me mueve, ni ahora, ni después de muerta. Alzar la voz entonando los cánticos de batalla que en algún discurso tuve que haber dado en el tiempo aquel en que la conquista valía la pena y eras tú. Te lo repito, mi cielo, esté es mi lugar y nadie podrá borrar mi nombre de tu pecho, porque ahí fue donde me convertí en emperatriz, mártir y santa, porque ahí desembocan mis lamentos y los mejores poemas nacen de tu piel. Entiéndelo, así como estas palabras son mías, también lo son tus labios, tus besos y la caricias que tus manos tienen para entregar, entonces, ríndete a mis rezos y complace mis suplicas, porque de aquí no me muevo sin conseguir lo que hace tiempo me quitaron de los brazos mientras dormía y yo miraba el amanecer, tu cariño primero.
Ya no me desespera la sapiencia del tiempo que se ha derrochado o de las cosas a las que me he negado esperando la luz verde para partir corriendo a tu lado, sino que ahora, me destroza el alma pensar en que lo que me queda de vida se me irá sola, quizás sin volver a ahogarme en la melaza de un amor tan grande como el de los Dioses del Olimpo, y tú ni te enterarás de mi defunción reciente. Me da pánico el simple concepto de un jamás, pero si ese jamás está acompañado de un siempre y un vivieron felices los dos, me postraré ante los pies del destino a besarle las manos y a maldecir mi pasado que osó a gastarse sin ti…

De vez en cuando, me gusta pensar en que tú no existes y veo un comienzo prometedor forjándose en el horizonte.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER


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