jueves, 23 de febrero de 2012

ALEA IACTA EST



- “¿Vendrás a rescatarme de mis miedos? ¿Estarás aquí al amanecer? – Se preguntaba mirando por la ventana del dormitorio, embelesada con el centelleo de las luces en la calle y la penumbra dentro, la fanfarria de los postes y el humo de un cigarro en plena combustión. - ¿Algún día dejaré de estar tan loca? – El resplandor de una lágrima enajenada cayendo por el perfil era lo único que se percibía dentro de la casa.
Bajó las escaleras adivinando la distancia entre peldaño y peldaño. Puso música para que continuara el desfiladero de cristales líquidos desde sus ojos hacía el vacío y se acomodó con las piernas cruzadas en la última esquina de un sillón. Cuando hay que sufrir, hay que hacerlo con estilo. 
Le temblaba la mano que sostenía la caravana de arabescos grises al compás de una melodía supurante de morriña emponzoñada, mientras que la mirada jugaba a rehuir de todo lo tangible, ubicándose en una ranura del piso desnudo, ahí estaría a salvo de escrutinios maliciosos.
Era septiembre y el reloj dictaba las 11:15 pm; al día le quedaba poco, y decidiendo asimilar la agonía que causa saber cuándo no se volverá a respirar y el corazón se detendrá. Había empezado a pensar en él…
Hace dos años que ella era Penélope a la espera del regreso de su Odiseo y ahora que vuelve, la tientan los enemigos, sembrando en su cabeza marañas venenosas producto de la envidia al saber del vestigio delirante que nace en el brillo de sus ojos, por verlo próximo en sus brazos. Por él se había conservado intacta, tal y cual, como podría recordarla, firme ante las llamativas ofertas de olvido, de extraerlo desde su esencia más pura y ante los encantos de amantes dispuestos a todo por ocupar el lugar clausurado que él dejó cerrado con llave imaginaria y tan fuerte como el acero forjado en condensación perfecta.
- ¡Sofía! – Dijo. Estaba al teléfono.
- ¿Qué pasa? ¿Qué hora es? – La había despertado.
- No sé, pasado las once… ¿A cuánto estamos hoy?
- Emm… ¿Siete? Ocho si es más de las doce.
- ¿De septiembre?
- Obvio… ¿Qué pasa?
- Nada, nada. Adiós. Vuélvete a dormir.
- Sí, y tú deberías hacer lo mismo… y no abuses del champagne
- No he bebido.
- Sí, yo tampoco. – Fue sarcástica y colgó.
Era la fecha que celaba desde su partida, cuando la niebla no permitía grabar detalles de distancia finita y el frío se infiltraba por los huesos como una enfermedad de la que no era apropiado escapar o más rápido se conjuraba a la muerte. No parecía cierto que el tiempo que una vez demoró tanto en agotarse, cuando los segundos tomaban siestas previo de desaparecer extintos, de un instante a otro, volara en un parpadeo cargado de ansiedad. Era gracioso mirar en retrospectiva y acordarse de las maldiciones conjuradas, el odio a ella misma por permitirse la licencia de admitir un romance ilícito antecesor de la desesperación en el último beso, de todas formas ¿Qué ganaba el destino al separarlos, juntarlos, volverlos a separar y hacer que se extrañen? ¿Disfrutaba al tenerlos lejos? ¿Eran simples partículas en constante repulsión y sus cargas eléctricas los mantenía en los extremos diagonales en una habitación gigante, observándose, deseándose sin poderse alcanzar?
Dos años no parecían nada, más se tardaron en entender que provocaban lo mismo en el otro y que era indiscutible la veracidad de un sentimiento casto, pero al tener conciencia de la caducidad de los límites, el resto del tiempo actuaba de analogía con la eternidad y la paciencia, destrozándole los nervios sin poder pensar en algo que no fuera el momento en que él cruzaría la puerta, refugiándola en sus labios cianóticos, prometiéndole que no habría de partir jamás. Las vicisitudes de lo que se quería la tomaban por rehén amenazando con desintegrar el cuadro por concluir, donde solo faltaba poner la firma del autor.
¿En serio lo seguía amando con el mismo ímpetu que creía? ¿Podría ser que su cabeza la engañase y que en vez de que hubiese pasado el lapsus, transcurriese la mitad? ¿Y si no eran dos, sino doce años? ¿Era igual el calendario al otro lado el continente? ¿No lo afecta el cambio de horario? …¿Y si él la dejó de amar? Entonces, prefería ser carroña de los buitres, alimento de gusanos, nada, y ya la nada era algo. 
Necesitaba distraerse de esas conjeturas traicioneras o perdería sus cabales.
Tomó un libro y se dispuso a leer. Quizás la fantasía la ayudase a atusar la realidad llena de andróminas que hacen doler partes que ni siquiera se tenía conciencia que pudiesen doler con grima y boato opalescente, precisando la vigilia, porque sus ojos se quedarían abiertos, encendidos como faroles que alumbraran la media luz circundante pendientes de cualquier cambio, cómplices con sus oídos adiestrados en las remembranzas de una voz camuflada en el susurro lascivo, profunda con espacios en blanco, para que cuando el ruido de los queltehues cantando al acorralar a los espíritus vagos que pedían sacrificios de crías efímeras, no la distrajesen y su boca que echaba de menos probar el Chardonnay añejado en los barriles labiales ahumados y pálidos que ese hombre traía en sus carnes.
“Si tan solo estuvieras aquí – Pensaba, dejando el libro sobre la butaca con una página doblada. – Si tan solo no te hubieses marchado...Yo seguiría habitando segura en tus brazos a salvo de pesadillas recurrentes que me hieren al mostrar el final de lo que todavía no se alcanza a escribir. Seguiría somnolienta sin ánimos de querer recobrar sentido, porque soy feliz ahogada en la utopía del romance primero ¬– Se calló, afirmándose la frente con las manos y acomodando tras la oreja un mechón de pelo que resbalaba por la cara. – Si no llegas a casa hoy, mi cielo, no existirá septiembre 9…”
Un reconcomio inexplicable se le enredaba en el pecho, impidiéndole respirar, clavando alfileres oxidados en los pulmones por donde se escapaba el humo del sus sueños que se incineraban en el caudal de sus dedos embetunados con tribulaciones: ¿Volvería Troya a arder? ¿Helena se convertiría en esclava? ¿Moriría Aquiles de llanto?
Salió al patio, estiró una alfombra en el pasto húmedo y el vaho salía a borbotones de una taza con café que rato antes había preparado. Corría un poco de viento, hacía frío, pero no era nada que no se pudiese soportar, de hecho, sentir entumecerse le daba a entender que estaba viva todavía.
Los perros labraban de una esquina a otra, como si se contaran secretos en claves que ella no podía descifrar. Aullaban con ramalazo compartiendo el insomnio, el plenilunio y la espera.
“Ay mi amor, créeme que he tratado de extirparte de mis emociones, que he querido continuar, pero estás aferrado de alguna parte a la que no tengo acceso ni voluntad de decisión. Sigues, aunque te fuiste y me dejaste sola… - Bostezó estirándose. – Dime, mi vida, ¿Por qué siempre te cruzas por mi mente, cuando pienso que he encontrado descanso de mis tormentos y termino hablando de ti con nadie, conmigo y con tu memoria?” Sorbió el brebaje ya templado dejándole un gusto amargo en la boca. 
Los perros enmudecieron, las luces descendieron al igual que sus fuerzas, parecía que el cansancio ganaba de a poco terreno, robándole la lucidez, poniendo cadenas en sus pestañas y tapándola con espigas multicolor. El soplido del viento le cantaba al oído acunando sus ambiciones de semiinconsciencia. Durmió cuando el reloj marcaba las 3:10 am.
Las ondinas comenzaban a salir emborrachadas por el dulzor del rocío, bailando tangos orgiásticos con las hojas volátiles que caían en torno a la alfombra humedecida. Bailaban sin interesarles la presencia de un humano es sus ritos fecundos, porque no le temían sino que les inducía una especie de compasión despreciable, desazón más que otra cosa. Luego, las alcanzaron los duendes para tratar de conquistar la ilusión de las ninfas, exigiéndolas como consortes, para que contasen monedas de oro dentro de la tierra antes que los arreboles tiznaran el firmamento de sangre. Entonces, la cacería estaba dispuesta.
El pavoneo de caderas corriendo, enardecía los mares de bajos instintos en los duendes, insatisfechos de cabalgar salvajes sin riendas, ni monturas sobre el vientre encuerado de cuanta virgen entregada al servicio del amanecer encontrasen en el camino, extrayendo de sus pechos la ambrosia utilizada como calor en tiempos de hielo y la avalancha de gimoteos cargados con lujuria extinguía la luminiscencia en todos lados. La masacre se prolongaba hasta donde los ojos tuvieran alcance. 
 Los árboles atacaron con estocadas de resina pegajosa impidiendo el avance de las tropas mercenarias y el atisbo de los líquenes detenía las flechas dirigidas a la colonia de princesas solares que gritaban por ayuda, martirizadas por la fricción de sus espaldas y el vaivén sexual entre sus piernas con ñácaras. Cuando ya estuvo muerta la última, los duendes se marcharon, encontrando de frente el cuerpo de la mujer con labios azules, cabellos con agua y resplandor por doquier. Era el mejor tesoro que podían albergar en sus arcas.
Se arrimaron en su cuello, escalando por sus prendas hasta desarmar las barreras de lo íntimo y lo permitido, como si no les hubiese bastado acabar con el reino ondino, sino que tenían hambre de expandir fronteras.
Pasaron sus manos cubiertas en fango por los el contorno de la cara, estremeciendo la piel y trayéndola de regreso al despertar.
- ¿Ignacio? - Pensó que podría ser él, pero no había nadie cerca. Los duendes, las nodrizas cadavéricas, los arqueros arbóreos se esfumaron y los perros volvieron a ladrar.
El universo se contrajo hasta lo absurdo y quedar albergado dentro del espacio que la retina le ofrecía como hogar y tras de sí refulgían en centelleos los diamantes esparcidos sobre el manto tácito del fondo con terciopelo, en donde las galaxias jugaban a dibujar mensajes dictados sin ortografía que seguir, con tal de ser descubiertos por sus respectivos destinatarios, el resto, no sería capaz de unir los puntos de luz descubriendo la verdadera función de los cometas lanzados desde el regazo de Hera.

No había nubes en el horizonte y el calor se filtraba hacia las raíces del pasto, convirtiendo a la escarcha en rebordes dorados de hálito seductor alrededor del vestido decorado con talabartes de indiferencia.
Por alguna extraña razón ya no veía transcurrir los recuerdos delante de sus ojos, él no la atormentaba con el intermitente aparecer y desaparecer, en las cosas que se dijo o las que se callaron sin solicitud. Muchas veces imaginó que ese día sus nervios no la dejarían en paz ni aunque la anestesiaran con la expiración. Correría de un lado a otro tirándose los cabellos por no saber en qué entretenerse, subiendo y bajando las escaleras sin cambiar nada en el derredor de los muebles, destruyendo sus vestiduras con tal de encontrar la indicada o sencillamente, no se cubriría en absoluto (¿Qué mejor que un cuerpo al natural?), pero no, nada había sido como debía. Estaba ahí, quieta, sin moverse, intrínseca en un trance que no necesitaba inducción ni vías de escape en caso de emergencias. Era como si no le importase nada ni nadie.
Desde hace horas que no miraba el reloj dar vueltas y detenerse ¿Era esto normal? ¿Había muerto y no le avisaron? ¿Era ella Raquel Bustamante? ¿Le quitaron el alma y dejaron atrás la escoria?
Dios musitaba los vaticinios pragmáticos acerca del futuro de la humanidad entre canticos agridulces inervados con arrepentimientos en dispersión, escupiendo saliva tóxica sobre los techos, tratando de advertirles de las consecuencias lacerantes que acarrean sus acciones, pero parecía ser que ninguno se acordaba de su vidorria, a excepción de ella que balbuceaba con nauseas una especie de súplica por su perdón.
En algún momento la radio se apagó dejando que el ruido que hace la espuma al desvanecerse proliferara sin controles que la estancasen justo cuando todavía no puede lastimar al éxodo de fantasmas que huyen desde sus lápidas mohosas hasta el confín del mundo. Estaba todo en tanta calma, que al caminar los ecos de las pisadas producían sinfonías celestiales estirando las últimas notas antes de introducir, de nuevo, los susurros divinos, creando réquiems exquisitos. Había dejado de molestarle el silencio.
Subió las escaleras con parsimonia, pasando por la baranda los dedos largos que apenas parecían deslizarse encima, haciendo pausas regulares de respiración entre un peldaño y otro y al llegar a la habitación, abrió las cortinas para contemplar el amanecer cargado con nostalgia y con el vuelo de los pájaros que traían comida en el buche para alimentar a sus hijos, ver la decantación de los vapores lunares y darle paso a la coronación del sol sobre la sien de la gran ciudad. De seguro no hay una cosa más maravillosa que el arribo de los astros en persecución infinita.
Le dio la espalda a la ventana cuando sintió repiquetear la alarma del tren que pasa a las 7 desde el norte al sur, y las sombras se adentraban por el piso hasta sus pies, tirándole los pantalones y transfigurando las imágenes que reflejan las baldosas; un nublo de miedo comenzaba a formarse sobre sus hombros y pesaba.
- ¿Qué quieres? – Preguntó sin levantar la vista. – Pensé que ya no volverías.
- ¿No volver? ¡Estás loca, querida mía!
- Entonces ¿Por qué ahora y no antes o después, sino que ahora? ¡Ahora! – Empezaba a exasperarse.
- Porque es ahora cuando tenía que volver… Ha pasado mucho tiempo y veo que sigues fumando ¿No quieres una copa? – Ella asintió. – Detrás de ti, querida.
- ¿Voy a poder despedirme?
- No. No podrás hacer nada.
- Ya veo… ¿Y dónde venía?
- A dos cuadras y media. ¿Terminaste? Porque tenemos que irnos antes de que él llegue.
- Sí, ya acabé. ¿Cómo fue que me metí en esto? Ya ni me acuerdo.
- Yo tampoco, pero ¿Sabes? Tenías razón: no existirá septiembre 9…– La sostenía por la cintura. – Cierra los ojos y exhala.
- Ignacio… - No volvió a abrir los ojos y la presencia lóbrega me esfumaba por los rincones.
Ignacio la encontró al rato con el cigarro aun consumiéndose y la copa de vino blanco chorreando por la pared.

- Y no pudiste esperar solo un par de horas más… - La abrazó queriendo despertarla, que lo mirase y le dijera que era solo una broma, pero no. Ya era muy tarde.

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER
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