martes, 2 de agosto de 2016

LOS DICHOS DE MARTE



Hubo plenilunio cuando julio nacía en 21 y el invierno dio tregua mandando lejos al frío glacial que se había apoderado de las noches esa semana  y  las estrellas alumbraban las promesas del mundo invitando a los perdidos a enamorarse del sol  en vez de desperdiciar la vida jurando devoción al desengaño.
Un puñado de luceros se desparramó en el universo, marcando el camino de regreso a la cordura después del fallo en el alumbrado marchito por el vendaval. Hay que saber leer al cielo, puede ser traicionero cuando quiere.  Y ahí estaba Marte sonriendo con galantería porque buscaba seducir una última vez en la noche, antes que el orgullo se le hiriera todavía más al no encontrar quien se lo sanase, pero nadie elevaba la vista, a nadie le interesaba verle sangrar. Es el pago por ser inalcanzable: La soledad eterna y un lecho vacío.  Marte no quería renunciar a la posibilidad, pese a la sapiencia de ser en vano.
Susurros de ánimas penitentes comenzaban a llenar la brisa nacida en las copas de los árboles. “Está cerca – Decían. – Ten paciencia. Espera.”
Una pasó por mi lado tomándome la mano en su desesperación por hacerse notar, aunque debí haberle dicho que eligió mal a quien reclamarle atención, porque mis ojos fueron robados tiempo atrás y sólo me quedaba el recuerdo de los espíritus pasando por las calles a media noche, sin saber si pertenecían a la luz o a las sombras. Me quedé en silencio. No era necesidad destruir las esperanzas de un alma condenada y yo no quería estar sola.
La respiración no se congelaba ni dejaba vestigio de su existencia y las sombras tenían insuficiencia de amor, mientras lloraban por un nombre resucitado desde la angustia de dos tazas de café enfriadas sobre la mesa. El café nunca volvió a tener el mismo sabor, era algo parecido a la extinción lastimosa de besos que nunca le di y a la momificación paulatina de estos labios faltos de uso, pero suplicantes de reconsideración por los males cometidos y las decisiones arraigadas. Es cruel pensar que aquellos que les juraron fervor sean los mismos que me los condenaron a la sequía y al tormento. Nunca nos pudimos besar.
La atmósfera se cargó de melancolía cuando la noche brillaba con más ímpetu y se me escapó la sombra sin aviso.  Se detuvo el tiempo mientras conversábamos sobre negocios con la luna: Ella me deja echar un vistazo al futuro de vez en cuando y yo le cuento poemas cuando aparezca triste tras la cordillera. Son diez años que llevamos con lo mismo. ¡Cómo pasa el tiempo Dios mío! Asimismo, ahora se me fue la mitad de la madrugada hablando con ella.

Sentí la insinuación de una fantasía y sus manos desnudándome con una cadencia vehemente, el recorrido de su respiración por las profundidades de mi piel y el placer alzándose al encontrarnos en una profecía susurrada para un día de octubre, atrapados en un sillón, después de probar valentía al empeñar ese beso que nunca nos dimos e invocar en un par de perversidades al instinto de despojarse de la ropa y hacer lo que no se ha hecho. Hasta entonces, su sombra se fugó con la mía para consumar su amor, porque atadas a nosotros, no se podrían encontrar, por culpa de ese orgullo condenatorio que no le deja volver a mis brazos, pese a que ambos sepamos de la desidia implicada en esta lejanía forzada. La mayoría de las veces nos obligamos a la mayoría de todo… Todo transmutado en nada…Nada después de un corazón en trizas…Corazón que él me dio y yo no supe… Corazón que yo le di y él rompió.
Si ellas se perdonaron, si ellas se buscaron, si ellas se fugaron para hacer el amor bajo el amparo de plenilunio cuando en julio nacía el 21 ¿Por qué nosotros nos retenemos?

Lloré mirando al cielo y Marte me dijo “Feliz cumpleaños, hija de Poseidón.” 

ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER 
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